He oído en alguna parte que el abrazo es el beso de los cuerpos. La posible cercanía de quien no puede descubrirse besando pero quiere atraer para sí todo ese calor y ese vínculo a través de un gesto que, en tiempos de individualidad y de precauciones víricas, casi se ha desterrado.
Si tienes suerte, en tiempos en que estás atrapado en las sombras, hay gente, muy buena gente, dispuesta a darte un abrazo de esos que, de tan fuerte que te abrazan, parece que descomponen pero, en realidad, te recomponen.
Para los tristes crónicos, encontrar un destello de felicidad en esos apretones, físicos -porque te envuelven hasta ponerte en un aprieto- y emocionales -porque te estrujan el corazón y el alma- es como vislumbrar una luz en medio del túnel. No te evitan seguir caminando en la oscuridad, pero te alivian por un momento, te guían y te dan fuerzas para seguir adelante.
Se dan pocos abrazos. La pandemia ha sido la excusa perfecta para dar una vuelta de tuerca más al distanciamiento emocional y social que permite controlar a una masa desde el control del uno a uno. Pero también ha derrocado las pocas y frágiles estructuras mentales y emocionales que, a esos crónicos tristes, nos daban respiro para aguantar las mierdas diarias.
A mí no me faltan abrazos. Tengo buena gente alrededor que puede iluminarme un tramo de oscuridad de cuando en cuando. Aun así, a veces, buscas ese abrazo en medio de la oscuridad y te tienes que recordar a ti mismo que ese, precisamente ese, ya no estará nunca. No es nostalgia, aunque sea un paraíso infernal donde suelo ir a veces. Hay cosas que no tienes que entenderlas, sino asumirlas y aceptarlas. De haberlo sabido, me hubiera aferrado a ese abrazo como si fuera el último que daba.
Ese desengaño ya lo acepté y lo asumí, pero aún me pone triste. Y no dejo de valorar los abrazos que me dan como el enorme regalo que son. A pesar de todo, es inmenso el hueco de los abrazos que no puedo dar.
Abracen lo que puedan. Es casi un acto de rebeldía. Un abrazo
El abrazo más sentido que me han dado nunca. Dañel cerrando la presentación de «Cuentos inciertos a verso descubierto»
Hoy hace dieciocho años que enterraron a mi padre. Su ausencia se ha hecho mayor de edad.
Al poco tiempo de pasar escribí estos versos. No es lo mejor que he escrito, ni siquiera lo más bonito… Pero son las letras que han salido de más cerca de mi corazón y de mis entrañas.
Mi padre, mi orgullo
A Papá.
Ahora ya puedo bucear en tu recuerdo
sin que me sangre de dolor la herida
que será cicatriz en mi mente; ahora puedo
repasar sin cegarme “flashes” de nuestra vida.
Ahora sonrío al recordar que me llevabas
de la mano al fútbol, y corrías
para ganarme, y luego te dejabas
para hacerme feliz (yo ganaba y tú “maldecías”).
Y en el bar, con tu botellín
y mi batido, y tu Atleti, y mi Madrid
y tus amigos, y tu ducados, allí
a ti también se te veía feliz.
Y en el sillón recostado
ofrecías tu cuerpo de almohada,
y el ritmo de tu corazón pausado
me llevaba al país de las hadas.
Y en el campo, trabajando
regabas con el sudor de tu frente
campos yermos y huertas secas, dando
sangre para sacar fruto (siempre curraste fuerte).
Reivindico el valor de la tristeza. Aborrezco la obligatoriedad del triunfo continuo y la felicidad permanente. Sufro, y sufro por sufrir y por aquellos que lo ven.
Acechan tiempos oscuros y presagios peores. Mi retirada a mis cuarteles de invierno se ha prolongado en hibernación primaveral. Se me juntan las penas en ramilletes que decoran mis interiores. Cada nueva ventana que se cierra provoca más oscuridad y hermetismo. Envasado al vacío y encerrado en mí mismo evito al menos contagiar el virus de la pesadumbre y propagar el daño. La congoja también se pega, no quiero ser paciente cero ni foco de infección.
A mi alrededor descubro desde el negacionismo que se niega a aceptar derrotas y derrotismos hasta quien operativiza el dolor para resistir y combatir ante la imposibilidad de victoria. Al menos morirán con las botas puestas. Yo me siento descalzo y cada china en los zapatos en los que vivo me provocan punzadas en mi suelas y en mis anhelos.
En este pozo sin fondo ni luz al final del túnel reconozco tenues luces, candelas temblorosas alumbrando la oscuridad. Asumo que, como yo, pueden desprender luz a pesar de verlo todo negro. Titilan, parpadean y se mantienen a duras penas en un hilo de penumbra incandescente, sufriendo por no apagarse del todo. El alumbrar la más absoluta oscuridad es cosa de valientes. Pero yo no soy valiente. Si fuera valiente…
Si fuera valiente ahora te llamaría y te diría que te echo de menos. Que me gustaría abrazarme a ti, en vez de a una almohada inerte, buscando que la habitación dejara de dar vueltas como un pozo negro que me devora y me envuelve. Que si durmieras a mi lado ahora te despertaría para hacerte el amor, y derramaría mis lágrimas en tu pecho después de derramarme dentro de ti. Y no sabría qué me calmaría más, si correrme en tus entrañas o llorarte encima abrazado a tu pecho como un niño en busca de refugio. Si fuera valiente me diría a mí mismo que me odio, que no me dejo ser feliz y que me gustaría concederme el derecho a serlo, o al menos a intentarlo. Si fuera valiente…
Revolviendo en mis profundidades más oscuras sólo consigo extenderlas. Al final la luz del sentir se ha manifestado como deslumbre cegador, un lastre que me acompaña, me arrastra y trae neurosis innecesarias… Quizá la respuesta correcta sea la superficialidad, el sudapollismo emocional y el individualizarse cada uno en su sombra. Para un amante del fracaso colectivo, de las causas perdidas y los amores imposibles, los triunfos de uno solo saben aún más amargos que la derrota de todos. El retorcer interiores para exprimir hasta la última gota no deseca ni reconforta, siempre hay nuevas humedades dispuestas a pudrirse dentro y a desbordarse fuera. Y tras cada desborde aumenta la distancia a mares que promuevo y mantengo tras cada desilusión por no saber querer sanamente a alguien. Se ve que se me da bien alejar a las personas que quiero de mi vida.
Me siento muy miserable al establecer distancias a veces, por miedo a que, en cuanto se me muestre algo de cariño, yo lo malinterprete y me ilusione, y me lleve otro chasco al no cubrir mis expectativas emocionales. Es el coste de quien no sabe querer, o del que quiere todo y siente que se queda sin nada. En la película «Ventajas de ser un marginado» el protagonista, un adolescente atormentado, decía que «aceptamos el amor que creemos merecer». Por lo visto, no creo merecer ningún tipo de amor. Al final, el deseo me lleva del amor a la tristeza, y de la tristeza al vacío.
Hasta las palabras resuenan huecas tras la oquedad de un discurso sin alma. Ante el vacío que impera en mi interior, se desborda la fuerza descomunal de la nostalgia. El dolor se anestesia ante lo absurdo del estar vivo sin tu latido. Puedes seguir bombeando sangre sin que sean vitales las constantes. Se puede aparentar estar vivo sin declarar la hora de la muerte, aunque haya sido mucho antes. Puede que, en realidad, nada importe lo suficiente para merecer vivirlo si el coste por ello es sufrir así, o peor, vivirlo en un sin vivir.
Vuelve a mirarse al espejo para ver si hay algún cambio. A parte de las ojeras y el rictus, que no invitan a ser optimista, nada que destacar. El intento por sonreír se queda en la mueca que hace dudar de si es adecuado intentarlo, o es mejor permanecer impasible.
Repasando sus tareas pendientes para el día, mientras remueve el café piensa que ya no puede doler más sin asociarlo al dolor físico. Su vida le consume, le aburre y le recuerda que están a punto de extinguirse las excusas para explicar por qué no puede ser feliz. Ya ha usado todas las variables que podían dolerle en el plano emocional. Las críticas han pasado por todos los estadios, desde el quitarle importancia a sus problemas, hasta las feroces que le acusan de victimizarse en busca de compasión. Es difícil explicar que esas críticas alimentan su odio hacia sí mismo.
Antes siquiera de enfrentarse al mundo, ya se ha procurado una coraza que le defienda de lo de fuera mientras se le clava por dentro. Cuando le diagnosticaron como masoquista emocional no supo si sentirse aliviado o asustado.
Hay gente que entiende el masoquismo como el uso del dolor como fuente de placer. Pero su perfeccionamiento ha llegado a tal punto que puede hacerse daño hasta sonriendo, haciendo cosas que disfruta, e incluso queriendo. Ha elaborado la teoría contraria, la del uso del placer, la felicidad e incluso del amor como fuente inagotable de dolor.
Esto último costó lo suyo. Al principio eran pasos fáciles, buscar amores platónicos fuera de su alcance que generaran el rechazo necesario para, cíclicamente, auto-convencerse de su incapacidad para generar amor en otras personas. Ese ejercicio retroalimentaba su baja autoestima, le daba argumentos para flagelarse sobre sus taras físicas y emocionales y le mantenía con los pies en el suelo, incluso hundidos en el barro. Es difícil volar cuando tu realidad te tiene anclado al suelo.
Pero he aquí que hasta a los mejores planes les surgen fallos. Por equivocación, consiguió que alguien le devolviera su amor, y tuvo que inventarse otras formas de sufrir aun recibiendo cariño, deseo y pasión. Hubo de perfeccionar su gusto por el daño, de tal forma que pudiera sentir el rechazo aun siendo amado.
Con el tiempo fue capaz de conseguir sufrir aún con ese cariño, que tradujo en compasión, con ese deseo, que tornó en rutina, y apagando la pasión en sus propias taras físicas y emocionales. Eso sirvió para darse aún más la razón. Incluso con pareja, demostró que el amor no quería quedarse a su lado, pudiendo regodearse de nuevo en un dolor reforzado y más sólido, casi establecido como forma de vida. Consiguió graduarse en la convivencia con ese dolor, extrapolándolo a todas las facetas de su vida.
Pudo traducir un estilo sufridor en el trabajo, intentando paliar sus carencias con dedicación y esfuerzo, sin concederse valor ni consideración. Fue trabajándose la fama de eterno descontento en las relaciones sociales, alternando periodos de dedicación esforzada a sus amigos y familiares, con desapariciones que hicieron enfadar a algunos, dudar a otros, y doler a la mayoría de ellos. Llegó a la categoría de sufridor master sin especialización, por lo genérico de su actitud.
El último escalón parecía encontrarse en el amor verdadero. Esa lucha fue titánica, es difícil apagar esa llama que parece inundarte entero, y aún más difícil revertirla para sacar de ella cotas inimaginables de dolor. En periodos de euforia es difícil mantener la dicotomía entre un máster en amargura y una felicidad plena. Pero ni aun así puede olvidarse la atracción de un adicto al dolor.
Consiguió dar la vuelta al amor puro e incondicional, haciendo un posgrado en la utilización de la admiración, el calor y la conexión emocional más allá de los principios del amor común, hasta conseguir tanto dolor como amor podía generar. Su creación más elaborada fue el dolor y el daño alimentado de amor. Y se fue perfeccionando a base de recabar cualquier tipo de amor, cariño o buena intención hacia su persona para nutrir su odio hacia sí mismo, para fomentar su daño y ahondar en su desconsuelo. Esto generó tanta admiración negativa como angustia a su alrededor. Sus personas cercanas no alcanzaban a entenderle, y las críticas arreciaron ante la incomprensión de lo que estaba sintiendo.
Y ahora, de nuevo, como cada día, vuelve a envolverse en esa coraza que duele por dentro tanto como le inunda de amor por fuera. Al salir de casa ya tiene la estrategia clara: Para cada halago un auto-reproche, para cada gesto cariñoso un auto-desprecio, para cada crítica, sea bienintencionada o destructiva, una frase de acuerdo… Y para cualquier atisbo de amor, ya sea amistoso, fraternal o romántico, una elaborada teoría sobre lo inútil que es malgastarlo con él o lo inmerecido que es… Y un epígrafe más de un estudio sin fisuras para cimentar el desarrollo de la investigación que ha convertido en su estilo de vida: Un Doctorado en Dolor, con Matrícula Cum Laude en Masoquismo Emocional.
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!