por dany | May 13, 2021 | Paranoyas
Reivindico el valor de la tristeza. Aborrezco la obligatoriedad del triunfo continuo y la felicidad permanente. Sufro, y sufro por sufrir y por aquellos que lo ven.
Acechan tiempos oscuros y presagios peores. Mi retirada a mis cuarteles de invierno se ha prolongado en hibernación primaveral. Se me juntan las penas en ramilletes que decoran mis interiores. Cada nueva ventana que se cierra provoca más oscuridad y hermetismo. Envasado al vacío y encerrado en mí mismo evito al menos contagiar el virus de la pesadumbre y propagar el daño. La congoja también se pega, no quiero ser paciente cero ni foco de infección.
A mi alrededor descubro desde el negacionismo que se niega a aceptar derrotas y derrotismos hasta quien operativiza el dolor para resistir y combatir ante la imposibilidad de victoria. Al menos morirán con las botas puestas. Yo me siento descalzo y cada china en los zapatos en los que vivo me provocan punzadas en mi suelas y en mis anhelos.
En este pozo sin fondo ni luz al final del túnel reconozco tenues luces, candelas temblorosas alumbrando la oscuridad. Asumo que, como yo, pueden desprender luz a pesar de verlo todo negro. Titilan, parpadean y se mantienen a duras penas en un hilo de penumbra incandescente, sufriendo por no apagarse del todo. El alumbrar la más absoluta oscuridad es cosa de valientes. Pero yo no soy valiente. Si fuera valiente…
Si fuera valiente ahora te llamaría y te diría que te echo de menos. Que me gustaría abrazarme a ti, en vez de a una almohada inerte, buscando que la habitación dejara de dar vueltas como un pozo negro que me devora y me envuelve. Que si durmieras a mi lado ahora te despertaría para hacerte el amor, y derramaría mis lágrimas en tu pecho después de derramarme dentro de ti. Y no sabría qué me calmaría más, si correrme en tus entrañas o llorarte encima abrazado a tu pecho como un niño en busca de refugio. Si fuera valiente me diría a mí mismo que me odio, que no me dejo ser feliz y que me gustaría concederme el derecho a serlo, o al menos a intentarlo. Si fuera valiente…
Revolviendo en mis profundidades más oscuras sólo consigo extenderlas. Al final la luz del sentir se ha manifestado como deslumbre cegador, un lastre que me acompaña, me arrastra y trae neurosis innecesarias… Quizá la respuesta correcta sea la superficialidad, el sudapollismo emocional y el individualizarse cada uno en su sombra. Para un amante del fracaso colectivo, de las causas perdidas y los amores imposibles, los triunfos de uno solo saben aún más amargos que la derrota de todos. El retorcer interiores para exprimir hasta la última gota no deseca ni reconforta, siempre hay nuevas humedades dispuestas a pudrirse dentro y a desbordarse fuera. Y tras cada desborde aumenta la distancia a mares que promuevo y mantengo tras cada desilusión por no saber querer sanamente a alguien. Se ve que se me da bien alejar a las personas que quiero de mi vida.
Me siento muy miserable al establecer distancias a veces, por miedo a que, en cuanto se me muestre algo de cariño, yo lo malinterprete y me ilusione, y me lleve otro chasco al no cubrir mis expectativas emocionales. Es el coste de quien no sabe querer, o del que quiere todo y siente que se queda sin nada. En la película «Ventajas de ser un marginado» el protagonista, un adolescente atormentado, decía que «aceptamos el amor que creemos merecer». Por lo visto, no creo merecer ningún tipo de amor. Al final, el deseo me lleva del amor a la tristeza, y de la tristeza al vacío.
Hasta las palabras resuenan huecas tras la oquedad de un discurso sin alma. Ante el vacío que impera en mi interior, se desborda la fuerza descomunal de la nostalgia. El dolor se anestesia ante lo absurdo del estar vivo sin tu latido. Puedes seguir bombeando sangre sin que sean vitales las constantes. Se puede aparentar estar vivo sin declarar la hora de la muerte, aunque haya sido mucho antes. Puede que, en realidad, nada importe lo suficiente para merecer vivirlo si el coste por ello es sufrir así, o peor, vivirlo en un sin vivir.
por dany | Nov 14, 2020 | Cuentos
Vuelve a mirarse al espejo para ver si hay algún cambio. A parte de las ojeras y el rictus, que no invitan a ser optimista, nada que destacar. El intento por sonreír se queda en la mueca que hace dudar de si es adecuado intentarlo, o es mejor permanecer impasible.
Repasando sus tareas pendientes para el día, mientras remueve el café piensa que ya no puede doler más sin asociarlo al dolor físico. Su vida le consume, le aburre y le recuerda que están a punto de extinguirse las excusas para explicar por qué no puede ser feliz. Ya ha usado todas las variables que podían dolerle en el plano emocional. Las críticas han pasado por todos los estadios, desde el quitarle importancia a sus problemas, hasta las feroces que le acusan de victimizarse en busca de compasión. Es difícil explicar que esas críticas alimentan su odio hacia sí mismo.
Antes siquiera de enfrentarse al mundo, ya se ha procurado una coraza que le defienda de lo de fuera mientras se le clava por dentro. Cuando le diagnosticaron como masoquista emocional no supo si sentirse aliviado o asustado.
Hay gente que entiende el masoquismo como el uso del dolor como fuente de placer. Pero su perfeccionamiento ha llegado a tal punto que puede hacerse daño hasta sonriendo, haciendo cosas que disfruta, e incluso queriendo. Ha elaborado la teoría contraria, la del uso del placer, la felicidad e incluso del amor como fuente inagotable de dolor.
Esto último costó lo suyo. Al principio eran pasos fáciles, buscar amores platónicos fuera de su alcance que generaran el rechazo necesario para, cíclicamente, auto-convencerse de su incapacidad para generar amor en otras personas. Ese ejercicio retroalimentaba su baja autoestima, le daba argumentos para flagelarse sobre sus taras físicas y emocionales y le mantenía con los pies en el suelo, incluso hundidos en el barro. Es difícil volar cuando tu realidad te tiene anclado al suelo.
Pero he aquí que hasta a los mejores planes les surgen fallos. Por equivocación, consiguió que alguien le devolviera su amor, y tuvo que inventarse otras formas de sufrir aun recibiendo cariño, deseo y pasión. Hubo de perfeccionar su gusto por el daño, de tal forma que pudiera sentir el rechazo aun siendo amado.
Con el tiempo fue capaz de conseguir sufrir aún con ese cariño, que tradujo en compasión, con ese deseo, que tornó en rutina, y apagando la pasión en sus propias taras físicas y emocionales. Eso sirvió para darse aún más la razón. Incluso con pareja, demostró que el amor no quería quedarse a su lado, pudiendo regodearse de nuevo en un dolor reforzado y más sólido, casi establecido como forma de vida. Consiguió graduarse en la convivencia con ese dolor, extrapolándolo a todas las facetas de su vida.
Pudo traducir un estilo sufridor en el trabajo, intentando paliar sus carencias con dedicación y esfuerzo, sin concederse valor ni consideración. Fue trabajándose la fama de eterno descontento en las relaciones sociales, alternando periodos de dedicación esforzada a sus amigos y familiares, con desapariciones que hicieron enfadar a algunos, dudar a otros, y doler a la mayoría de ellos. Llegó a la categoría de sufridor master sin especialización, por lo genérico de su actitud.
El último escalón parecía encontrarse en el amor verdadero. Esa lucha fue titánica, es difícil apagar esa llama que parece inundarte entero, y aún más difícil revertirla para sacar de ella cotas inimaginables de dolor. En periodos de euforia es difícil mantener la dicotomía entre un máster en amargura y una felicidad plena. Pero ni aun así puede olvidarse la atracción de un adicto al dolor.
Consiguió dar la vuelta al amor puro e incondicional, haciendo un posgrado en la utilización de la admiración, el calor y la conexión emocional más allá de los principios del amor común, hasta conseguir tanto dolor como amor podía generar. Su creación más elaborada fue el dolor y el daño alimentado de amor. Y se fue perfeccionando a base de recabar cualquier tipo de amor, cariño o buena intención hacia su persona para nutrir su odio hacia sí mismo, para fomentar su daño y ahondar en su desconsuelo. Esto generó tanta admiración negativa como angustia a su alrededor. Sus personas cercanas no alcanzaban a entenderle, y las críticas arreciaron ante la incomprensión de lo que estaba sintiendo.
Y ahora, de nuevo, como cada día, vuelve a envolverse en esa coraza que duele por dentro tanto como le inunda de amor por fuera. Al salir de casa ya tiene la estrategia clara: Para cada halago un auto-reproche, para cada gesto cariñoso un auto-desprecio, para cada crítica, sea bienintencionada o destructiva, una frase de acuerdo… Y para cualquier atisbo de amor, ya sea amistoso, fraternal o romántico, una elaborada teoría sobre lo inútil que es malgastarlo con él o lo inmerecido que es… Y un epígrafe más de un estudio sin fisuras para cimentar el desarrollo de la investigación que ha convertido en su estilo de vida: Un Doctorado en Dolor, con Matrícula Cum Laude en Masoquismo Emocional.
por dany | Nov 9, 2020 | Versos
A lo mejor necesito que la nube negra
descargue toda la furia de su tormenta
sobre mí.
A lo mejor mi cabeza necesita del chaparrón
para quitarme los malos pensamientos
a base de sacudir hasta la última gota
que chorree de cada pelo.
A lo mejor calándome hasta los huesos
se me limpia hasta la médula
de mal tuétano.
A lo mejor inundándome la sangre
se me limpia y deja de coagularse
en mis venas la tristeza.
A lo mejor me hace falta
arrastrarme por el barro
para poder remontar el vuelo.
A lo mejor bañándome en las aguas negras
se me quita la costra gris que me recubre
y puede volver a asomar el color.
A lo mejor necesito empaparme
por dentro para reblandecer
los callos del corazón y volver a sentir.
A lo mejor…
por dany | Oct 11, 2020 | Cuentos
Este cuento lo escribí hace unos años, basado, en parte, en experiencias propias, y en lo que me imaginé a partir de esos retazos de historias… Que les guste
Por si acaso
Conservó su número de teléfono en el papel original por si acaso. Ya había “ligado” con ella, había conseguido su teléfono, y no quería más que para poder fanfarronear de ello con sus colegas. No pensaba llamarla, seguramente ella se olvidaría de él y puede que hasta le colgara el teléfono en caso de que a él se le ocurriera hacerlo. Pero no desdeñaba la posibilidad de usar ese teléfono en algún momento.
Así que lo guardó en su coche, en un hueco debajo de un plástico que había para guardar música o cosas que tener a mano. Se diría que no quería ocultarlo mucho, en algún sitio recóndito como la guantera o un hueco más escondido. Era como el paquete de tabaco que tenía en ese hueco, sin tocar, pero siempre a mano por si su ansiedad y su tentación no le daban tregua. Había decidido no resistirse a la tentación en caso de que se le apareciera, y tanto el tabaco como el teléfono los tenía en el lugar más a mano del coche, donde pasaba gran parte del tiempo de soledad y también donde le acuciaban sus pensamientos más oscuros.
De vez en cuando encontraba el papel debajo de la funda del hueco del coche donde esperaba el paquete de tabaco. Al principio sirvió de acicate para pensar en contactar con ella otra vez. De hecho, la chica era guapa, y aunque le había dado el teléfono con la excusa de quedar para un trabajo en grupo, la había considerado agradable y parecía mostrarse receptiva a un contacto personal. Pero eso solo lo pensaba en momentos de optimismo, y se decía que ya habría tiempo para lanzarse a esa piscina.
Cuando más le apetecía llamarla era cuando se sentía triste y deprimido. En esos momentos querría tenerla cerca porque parecía dispuesta a regalar su mirada y su sonrisa a cualquiera que lo necesitara. Y así se sentía él en esos momentos, como un cualquiera y, sobre todo, como alguien que necesitaba ese regalo, un poco de atención, que le restregaran un poco de cariño. Adoptaba una actitud chulesca y arrogante con las mujeres, aunque esa pose le duraba hasta quedarse en soledad.
En esos momentos era cuando más necesitado se sentía y más vulnerable se mostraba, mirándose a los ojos en el espejo del coche, cuando desearía estar mirando a otros ojos que le devolvieran calor y confianza, en vez de temor y desazón.
“Los que duermen boca abajo no sueñan”. Siempre duermo boca abajo, y antes soñaba. Se ve que el peso de la vida sepultó mis sueños. O quizá soy yo el que los sepulta, entre el sobrepeso y el enojo constante. Me siento como Bruce Banner, permanentemente enfadado para poder controlar al Hulk que llevo dentro.
Vivo invariablemente instalado en la melancolía. Intento evitarlo, pero no puedo hacerlo siempre. Más bien, siempre es la palabra que quiero evitar, para tener algún momento de tregua en que no se cumpla la expectativa.
Me preguntan a menudo en qué momento me volví tan agrio. Me recuerdo a los vinos que se abren con la buena disposición de ser bebidos, disfrutados entre amigos, y tomados para animar una noche de fiesta. Pero se quedan a la mitad, y los restos se agrian. Yo me quedé a la mitad en la vida. Los malos tragos los di sin respirar, pero su regusto se quedó en mi paladar. Así que he cambiado mis sueños por despertares con sabor amargo.
Por eso sus dudas alternaban entre las ganas de llamarla y el miedo a abrirse a alguien desconocido que no podía entender lo que él necesitaba en esos momentos. Si estaba de buen humor, no llamaba porque le parecía algo muy serio como para lanzarse a hacerlo en momentos lúdicos. Si el día se le presentaba como gris de ánimo, el miedo al rechazo le paralizaba las ganas de conocerla. Probablemente ella le tacharía de loco y no podrían llegar a conectar, por lo que en los momentos bajos tampoco se atrevía a intentarlo.
Ese hueco en el que le aguardaban sus vicios, el tabaco y el papel con el teléfono escrito con caligrafía rápida y limpia, fue, precisamente, el detonante del accidente. Nadie supo nunca a ciencia cierta qué era lo que buscaba en ese hueco, si la hoja o el tabaco, cuando perdió de vista el control del coche, y el golpe fue inevitable aún en lo absurdo de lo cotidiano. El encontronazo dejó sin conocimiento al conductor, que cayó en coma de forma inmediata.
Hace tiempo que no sueño. Ahora duermo de lado, normalmente de cara a la pared. Me pasa desde que duermo en el centro terapéutico. La cama está pegada al muro, y tengo que elegir entre tenerla a la espalda, o de frente. Prefiero tenerla de espaldas, aunque a veces me pongo al revés para centrar la mirada en un punto fijo. Incluso, cuando los pensamientos llegan a marearme, apoyo la frente contra ella, buscando un apoyo físico y emocional, pero solo me devuelve frialdad y me provoca pesadillas que no consigo recordar.
Nunca imaginé que me retirarían el carnet, aunque no me sorprende. Siempre fui un kamikaze al volante, aunque no de esos que conducen de forma temeraria saltándose límites y semáforos, utilizando el coche como un instrumento de desahogo de su frustración.
Más bien soy un kamikaze en el estricto sentido de la palabra. Kamikaze de los que sufren su desesperación, y al acrecentarse ésta en el coche, más de una vez han sentido ganas de estamparse contra alguien (quizá contra uno de esos conductores que utilizan la carretera como si fuera suya y ven al resto como molestos estorbos). Kamikaze de los de acabar con todo de una vez, creyendo hacer así algo bueno por la humanidad.
Por eso no me extraña que, tras un examen médico rutinario, me internaran en un psiquiátrico, me retiraran el carnet, me enviaran a terapia y me exigieran hacer cursos de reeducación de conductores.
Los bomberos fueron rápidos en su labor, y su cuerpo fue trasladado al hospital más cercano. El coche fue remolcado hasta un desguace. Coche y conductor compartieron destino inerte durante un tiempo, y el flujo del olvido se apoderó de ambos. Los familiares del conductor fueron perdiendo la ilusión. Las visitas se espaciaron en el tiempo ante la desesperanza por lo improbable de la recuperación. El coche, por su parte, no sufrió mejor suerte. Las deudas acumuladas por los viajes, la falta de ingresos del comatoso y las necesidades familiares provocaron su venta a un taller de vehículos usados para su reparación y reventa. Algún mecánico estoico decidió quedarse con el paquete de tabaco milagrosamente mantenido en el hueco del salpicadero, y el papel se mantuvo guardado entre el plástico y el hueco durante todo el arreglo.
El tiempo todo lo cura, y el conductor salió del coma meses después. Se sintió mal por lo sucedido, aunque realmente no sabía bien qué había pasado. Sufrió desde entonces amnesia anterógrada que no le permitía recordar lo sucedido en el momento del accidente, así como le provocó dificultades mentales como generar recuerdos desde esa fecha. Intentaría por todos los medios recordar cómo pasó y, sobre todo, qué era eso tan importante que le llevó a apartar su vista de la carretera y perder el control de su coche y de su vida. Por si acaso, se prometió a sí mismo no volver a provocarse esos problemas. Incluso se propuso que otros aprovecharan esa experiencia, y se ofreció voluntario para intervenir en un curso de reeducación de conductores.
Casualidades de la vida, en ese curso está el comprador de su antiguo coche. Esto no sería más que un detalle sin importancia, si no fuera porque el nuevo conductor de su antiguo coche soy yo. Yo conduzco el coche que él conducía cuando sufrió el accidente. Yo soy el que compró ese coche cuando el taller lo arregló. Yo soy el que encontró el papel con el teléfono en el lugar donde se mantuvo todo el tiempo desde el golpe hasta la primera limpieza del coche. Y yo soy el que llamó a la dueña del teléfono.
Ella me cuenta que le había gustado el chico que le pidió el teléfono, y se sintió mal cuando se enteró de que no volvería a clase porque había tenido un accidente. Pensó en ir a visitarle, pero no creyó conveniente acudir, ya que él había decidido no llamarla. Se sintió tonta pensando por qué él no llamó y supone que no se acordará de ella aunque la vea.
Ahora yo vengo a darles de nuevo la oportunidad de volver a retomar ese momento donde lo dejaron. Hablando con ella me parece necesario que el tiempo se vuelva flexible, y que las segundas oportunidades se regalen a quien pueda disfrutarlas. Me siento como un celestino de nuevo cuño, y exprimo mi curiosidad y mis ganas presentes de ayudar a los amantes del pasado.
Durante el curso él se muestra seguro y cercano, advirtiendo a los jóvenes conductores a partir de su experiencia, de lo que ha sentido durante este tiempo, de que le gustaría saber qué pasó, y de cómo querría volver atrás para evitarlo. Cuando acaba le entrego el papel, le explico quién soy y le animo a que llame sin explicarle lo que descubrí cuando indagué a partir del papel.
Hoy vuelvo a dormir boca abajo, ahora no me asustan mis posibles sueños. También me he guardado su nombre y el papel con el teléfono. Me gustaría saber qué pasara, así que lo conservaré, por si acaso.
por dany | Sep 27, 2020 | Paranoyas
Hace tiempo vi una serie que me removió bastante por dentro. Aquí dejo unas letras ya arrugadas, con la esperanza de sanar cicatrices…
Arrugas y cicatrices.
“Yo solo existo para los demás. Es fácil existir para ellos, porque nunca he sabido existir para mí. No sé cómo querer. Prefiero desangrarme frente a un muñeco que vivir delante de mi familia. Así es como crecí. Somos una familia que quiere a distancia.
– Pero querer a los demás a distancia significa que lo que te devuelven siempre queda lejos.
– De lejos soy mejor. De cerca estoy cubierta de cicatrices.
– ¿Conoces el Kintsukuroi? Consiste en crear arte rompiendo algo especial y recomponerlo pegándolo con oro. Las cicatrices no significan que estés rota, demuestran que te has curado. Romperse es curarse. Kintsukuroi”.
Escucho otra vez este diálogo que me ha traspasado. A veces veo series como quien oye llover, achacando la desatención al teléfono móvil o al propio desinterés, que hace que vea series o películas sin verlas. Con “Kidding” (Bromeando, engañarse, tomar el pelo) de Jim Carrey, también me ha pasado.
Pero de vez en cuando un diálogo o una situación concreta llaman mi atención. La confesión de esa creadora de marionetas me recuerda a mi propia visión de mí mismo. Me veo plasmado en esa definición, en la que no sé vivir delante de la gente y quiero a distancia, porque de cerca, como a las marionetas, se me ven las cicatrices. Siempre me ha dado miedo que me juzguen, o que me muestren su desprecio al verme, tanto físicamente como al plasmarme en letras. El miedo al rechazo ha sido siempre un freno para muchos aspectos de mi vida. Puedo entender a Deirdre.
No estoy tan de acuerdo en la segunda parte, en la que un actor asiático le explica a la creadora de marionetas el arte chino de recomponer las cosas de forma que se sienta orgullosa de esas cicatrices. Suena bien, pero creo que requiere de una madurez y una paz consigo mismo que yo ni de lejos he llegado a sentir.
Cada vez más a menudo me reconozco descubriendo arrugas en mi rostro o en mi cuerpo, y lo que es peor, en el alma, que toco con la intención de tapar, y que examino para ver si duelen al apretar. Pero en ningún caso pretendería resaltarlas, o remarcar esos hitos que han dejado arrugas indelebles en mi cuerpo o en mi ánimo. Como si fueran sábanas arrugadas, intento alisarlas para evitar que su marca se quede ahí para siempre. Como si fueran circunvoluciones cerebrales creadas por el aprendizaje o la experiencia que quisiera borrar, a modo de dulce amnesia, de relajada y feliz ignorancia.
Sé que es un ejercicio absurdo, porque las arrugas volverán, las cicatrices seguirán ahí, los recuerdos escocerán y, aunque no sean de oro, se marcarán bien visibles, sea para otros en la piel, o para mí, al abrirme el pecho y registrar.
Aspiro, no ya a que desaparezcan, sino a que no me incapaciten, ni a mostrarme, ni a sentir. Con que duelan menos, lo clasificaré como de oro. Mientras tanto, habrá que seguir “divirtiendo”, “bromeando”, “haciéndose ilusiones” o “engañándose”. Todavía no he decidido con qué traducción me quedo.