Ermitaño

Ante encierros autoinfligidos, ahí van unas letras para dejar salir emociones… Que les guste.

Ermitaño

Ha vivido la mayor parte de su vida adulta con la única compañía de Soledad. Esporádicamente ha dejado entrar a Amistad y a Familia, pero las estrecheces de su corazón y la angostura de su casa no han dejado sitio para estancias largas. Los despide siempre con la promesa de mejor recepción para otras visitas, y la necesidad de mejorar el atractivo de la oferta para dar más pie a la compañía.

De vez en cuando ha acudido Atracción trayendo de su mano a Ilusión y han hecho buenas migas, han dejado algún desperfecto en la casa y han repudiado temporalmente a Tristeza, la única visita permanente que se permite. Pero aquellas emociones son culos de mal asiento, fugaces en su compañía y esporádicas en su estancia. Sin embargo, Tristeza es insistente, no permite que Rencor la deje sin sitio, siempre vuelve cuando se trata de rellenar espacios dejados por otros inquilinos temporales y nunca deja pasar la oportunidad de volver a acompañar a un ermitaño en su sofá.

En esas estaba cuando se abrieron de par en par las puertas de la casa y de su corazón, y un huracán entró con Furia, como quien viene a arrasarlo todo. Desbancó de su sitio a Desidia, que pasaba de vez en cuando, arrinconó a Hastío, que vagaba por la casa dando bocanadas de parsimonia, y echó a patadas a Autocompasión, que llevaba apoltronada años en su butaca.

Tal revolución trajo consigo un sinfín de invitados. Alegría, que llevaba mucho tiempo sin pasar por allí más que en momentos puntuales, se hizo un hueco permanente en la casa. Ilusión volvió aduciendo haber olvidado por qué se fue, y Deseo se presentó sin avisar para hacer propuestas indecentes. Esperanza llamó para decir que cuando quisieran quedaban, que ella estaba eternamente disponible. Y Felicidad, hermana mayor de Alegría, escribió para decir que intentaría volver a casa desde cualquier lejano lugar en el que estuviera dentro.

Miedo se recluyó en un rincón oscuro, como siempre que la luz invade las tinieblas que le gusta generar. De vez en cuando se asomaba desde alguna puerta, para mostrar fotos de Dolor, que siempre estaba dispuesto a ocupar cualquier recuerdo, y Duda se planteó si este cambio sería permanente, o sólo un vaivén más. Locura estaba desatada dando vueltas por la casa, y Sueño se mezclaba cada dos por tres en Imaginación para crear mundos imposibles de viajes y disfrute. Hasta al más recluido de los ascetas le perturbaría su conexión con Aislamiento semejante trasiego. Muchos estarían tentados de ceder su propiedad a Utopía.

Pero un convencido ermitaño sabe que toda esa reunión es efímera, y aunque contaba con el testimonio de Verdad, con el tiempo se asentaron las cosas. El huracán pasó a ser brisa y de ahí a soplido frío más interno que físico, dejando gélido el ambiente y congelado su interior. El calor generado por tanta compañía se apagó, huyeron los nuevos visitantes y regresó la Amargura a cobrar su alquiler. Soledad, Dolor y Tristeza reaparecieron para ocupar su sitio de primer orden en la casa, que se vació de luz y retornó a su estatus de solitaria casa de las sombras.

Pasada la fiesta momentánea, volvió la rutina. Recogidos los desperdicios y almacenados los recuerdos en algún cajón con Memoria, concluyó el ermitaño en reforzar su criterio primero: El Amor es traicionero, aunque sea (y sobre todo si es) Verdadero.

Una deuda del corazón (traicionero)