Doctorado

Vuelve a mirarse al espejo para ver si hay algún cambio. A parte de las ojeras y el rictus, que no invitan a ser optimista, nada que destacar. El intento por sonreír se queda en la mueca que hace dudar de si es adecuado intentarlo, o es mejor permanecer impasible.

Repasando sus tareas pendientes para el día, mientras remueve el café piensa que ya no puede doler más sin asociarlo al dolor físico. Su vida le consume, le aburre y le recuerda que están a punto de extinguirse las excusas para explicar por qué no puede ser feliz. Ya ha usado todas las variables que podían dolerle en el plano emocional. Las críticas han pasado por todos los estadios, desde el quitarle importancia a sus problemas, hasta las feroces que le acusan de victimizarse en busca de compasión. Es difícil explicar que esas críticas alimentan su odio hacia sí mismo.

Antes siquiera de enfrentarse al mundo, ya se ha procurado una coraza que le defienda de lo de fuera mientras se le clava por dentro. Cuando le diagnosticaron como masoquista emocional no supo si sentirse aliviado o asustado.

Hay gente que entiende el masoquismo como el uso del dolor como fuente de placer. Pero su perfeccionamiento ha llegado a tal punto que puede hacerse daño hasta sonriendo, haciendo cosas que disfruta, e incluso queriendo. Ha elaborado la teoría contraria, la del uso del placer, la felicidad e incluso del amor como fuente inagotable de dolor.

Esto último costó lo suyo. Al principio eran pasos fáciles, buscar amores platónicos fuera de su alcance que generaran el rechazo necesario para, cíclicamente, auto-convencerse de su incapacidad para generar amor en otras personas. Ese ejercicio retroalimentaba su baja autoestima, le daba argumentos para flagelarse sobre sus taras físicas y emocionales y le mantenía con los pies en el suelo, incluso hundidos en el barro. Es difícil volar cuando tu realidad te tiene anclado al suelo.

Pero he aquí que hasta a los mejores planes les surgen fallos. Por equivocación, consiguió que alguien le devolviera su amor, y tuvo que inventarse otras formas de sufrir aun recibiendo cariño, deseo y pasión. Hubo de perfeccionar su gusto por el daño, de tal forma que pudiera sentir el rechazo aun siendo amado.

Con el tiempo fue capaz de conseguir sufrir aún con ese cariño, que tradujo en compasión, con ese deseo, que tornó en rutina, y apagando la pasión en sus propias taras físicas y emocionales. Eso sirvió para darse aún más la razón. Incluso con pareja, demostró que el amor no quería quedarse a su lado, pudiendo regodearse de nuevo en un dolor reforzado y más sólido, casi establecido como forma de vida. Consiguió graduarse en la convivencia con ese dolor, extrapolándolo a todas las facetas de su vida.

Pudo traducir un estilo sufridor en el trabajo, intentando paliar sus carencias con dedicación y esfuerzo, sin concederse valor ni consideración. Fue trabajándose la fama de eterno descontento en las relaciones sociales, alternando periodos de dedicación esforzada a sus amigos y familiares, con desapariciones que hicieron enfadar a algunos, dudar a otros, y doler a la mayoría de ellos. Llegó a la categoría de sufridor master sin especialización, por lo genérico de su actitud.

El último escalón parecía encontrarse en el amor verdadero. Esa lucha fue titánica, es difícil apagar esa llama que parece inundarte entero, y aún más difícil revertirla para sacar de ella cotas inimaginables de dolor. En periodos de euforia es difícil mantener la dicotomía entre un máster en amargura y una felicidad plena. Pero ni aun así puede olvidarse la atracción de un adicto al dolor.

Consiguió dar la vuelta al amor puro e incondicional, haciendo un posgrado en la utilización de la admiración, el calor y la conexión emocional más allá de los principios del amor común, hasta conseguir tanto dolor como amor podía generar. Su creación más elaborada fue el dolor y el daño alimentado de amor. Y se fue perfeccionando a base de recabar cualquier tipo de amor, cariño o buena intención hacia su persona para nutrir su odio hacia sí mismo, para fomentar su daño y ahondar en su desconsuelo. Esto generó tanta admiración negativa como angustia a su alrededor. Sus personas cercanas no alcanzaban a entenderle, y las críticas arreciaron ante la incomprensión de lo que estaba sintiendo.

Y ahora, de nuevo, como cada día, vuelve a envolverse en esa coraza que duele por dentro tanto como le inunda de amor por fuera. Al salir de casa ya tiene la estrategia clara: Para cada halago un auto-reproche, para cada gesto cariñoso un auto-desprecio, para cada crítica, sea bienintencionada o destructiva, una frase de acuerdo… Y para cualquier atisbo de amor, ya sea amistoso, fraternal o romántico, una elaborada teoría sobre lo inútil que es malgastarlo con él o lo inmerecido que es… Y un epígrafe más de un estudio sin fisuras para cimentar el desarrollo de la investigación que ha convertido en su estilo de vida: Un Doctorado en Dolor, con Matrícula Cum Laude en Masoquismo Emocional.

Por si acaso

Este cuento lo escribí hace unos años, basado, en parte, en experiencias propias, y en lo que me imaginé a partir de esos retazos de historias… Que les guste

Por si acaso

Conservó su número de teléfono en el papel original por si acaso. Ya había “ligado” con ella, había conseguido su teléfono, y no quería más que para poder fanfarronear de ello con sus colegas. No pensaba llamarla, seguramente ella se olvidaría de él y puede que hasta le colgara el teléfono en caso de que a él se le ocurriera hacerlo. Pero no desdeñaba la posibilidad de usar ese teléfono en algún momento.

Así que lo guardó en su coche, en un hueco debajo de un plástico que había para guardar música o cosas que tener a mano. Se diría que no quería ocultarlo mucho, en algún sitio recóndito como la guantera o un hueco más escondido. Era como el paquete de tabaco que tenía en ese hueco, sin tocar, pero siempre a mano por si su ansiedad y su tentación no le daban tregua. Había decidido no resistirse a la tentación en caso de que se le apareciera, y tanto el tabaco como el teléfono los tenía en el lugar más a mano del coche, donde pasaba gran parte del tiempo de soledad y también donde le acuciaban sus pensamientos más oscuros.

De vez en cuando encontraba el papel debajo de la funda del hueco del coche donde esperaba el paquete de tabaco. Al principio sirvió de acicate para pensar en contactar con ella otra vez. De hecho, la chica era guapa, y aunque le había dado el teléfono con la excusa de quedar para un trabajo en grupo, la había considerado agradable y parecía mostrarse receptiva a un contacto personal. Pero eso solo lo pensaba en momentos de optimismo, y se decía que ya habría tiempo para lanzarse a esa piscina.

Cuando más le apetecía llamarla era cuando se sentía triste y deprimido. En esos momentos querría tenerla cerca porque parecía dispuesta a regalar su mirada y su sonrisa a cualquiera que lo necesitara. Y así se sentía él en esos momentos, como un cualquiera y, sobre todo, como alguien que necesitaba ese regalo, un poco de atención, que le restregaran un poco de cariño. Adoptaba una actitud chulesca y arrogante con las mujeres, aunque esa pose le duraba hasta quedarse en soledad.

En esos momentos era cuando más necesitado se sentía y más vulnerable se mostraba, mirándose a los ojos en el espejo del coche, cuando desearía estar mirando a otros ojos que le devolvieran calor y confianza, en vez de temor y desazón.

“Los que duermen boca abajo no sueñan”. Siempre duermo boca abajo, y antes soñaba. Se ve que el peso de la vida sepultó mis sueños. O quizá soy yo el que los sepulta, entre el sobrepeso y el enojo constante. Me siento como Bruce Banner, permanentemente enfadado para poder controlar al Hulk que llevo dentro.

Vivo invariablemente instalado en la melancolía. Intento evitarlo, pero no puedo hacerlo siempre. Más bien, siempre es la palabra que quiero evitar, para tener algún momento de tregua en que no se cumpla la expectativa.

Me preguntan a menudo en qué momento me volví tan agrio. Me recuerdo a los vinos que se abren con la buena disposición de ser bebidos, disfrutados entre amigos, y tomados para animar una noche de fiesta. Pero se quedan a la mitad, y los restos se agrian. Yo me quedé a la mitad en la vida. Los malos tragos los di sin respirar, pero su regusto se quedó en mi paladar. Así que he cambiado mis sueños por despertares con sabor amargo.

Por eso sus dudas alternaban entre las ganas de llamarla y el miedo a abrirse a alguien desconocido que no podía entender lo que él necesitaba en esos momentos. Si estaba de buen humor, no llamaba porque le parecía algo muy serio como para lanzarse a hacerlo en momentos lúdicos. Si el día se le presentaba como gris de ánimo, el miedo al rechazo le paralizaba las ganas de conocerla. Probablemente ella le tacharía de loco y no podrían llegar a conectar, por lo que en los momentos bajos tampoco se atrevía a intentarlo.

Ese hueco en el que le aguardaban sus vicios, el tabaco y el papel con el teléfono escrito con caligrafía rápida y limpia, fue, precisamente, el detonante del accidente. Nadie supo nunca a ciencia cierta qué era lo que buscaba en ese hueco, si la hoja o el tabaco, cuando perdió de vista el control del coche, y el golpe fue inevitable aún en lo absurdo de lo cotidiano. El encontronazo dejó sin conocimiento al conductor, que cayó en coma de forma inmediata.

Hace tiempo que no sueño. Ahora duermo de lado, normalmente de cara a la pared. Me pasa desde que duermo en el centro terapéutico. La cama está pegada al muro, y tengo que elegir entre tenerla a la espalda, o de frente. Prefiero tenerla de espaldas, aunque a veces me pongo al revés para centrar la mirada en un punto fijo. Incluso, cuando los pensamientos llegan a marearme, apoyo la frente contra ella, buscando un apoyo físico y emocional, pero solo me devuelve frialdad y me provoca pesadillas que no consigo recordar.

Nunca imaginé que me retirarían el carnet, aunque no me sorprende. Siempre fui un kamikaze al volante, aunque no de esos que conducen de forma temeraria saltándose límites y semáforos, utilizando el coche como un instrumento de desahogo de su frustración.

Más bien soy un kamikaze en el estricto sentido de la palabra. Kamikaze de los que sufren su desesperación, y al acrecentarse ésta en el coche, más de una vez han sentido ganas de estamparse contra alguien (quizá contra uno de esos conductores que utilizan la carretera como si fuera suya y ven al resto como molestos estorbos). Kamikaze de los de acabar con todo de una vez, creyendo hacer así algo bueno por la humanidad.

Por eso no me extraña que, tras un examen médico rutinario, me internaran en un psiquiátrico, me retiraran el carnet, me enviaran a terapia y me exigieran hacer cursos de reeducación de conductores.

Los bomberos fueron rápidos en su labor, y su cuerpo fue trasladado al hospital más cercano. El coche fue remolcado hasta un desguace. Coche y conductor compartieron destino inerte durante un tiempo, y el flujo del olvido se apoderó de ambos. Los familiares del conductor fueron perdiendo la ilusión. Las visitas se espaciaron en el tiempo ante la desesperanza por lo improbable de la recuperación. El coche, por su parte, no sufrió mejor suerte. Las deudas acumuladas por los viajes, la falta de ingresos del comatoso y las necesidades familiares provocaron su venta a un taller de vehículos usados para su reparación y reventa. Algún mecánico estoico decidió quedarse con el paquete de tabaco milagrosamente mantenido en el hueco del salpicadero, y el papel se mantuvo guardado entre el plástico y el hueco durante todo el arreglo.

El tiempo todo lo cura, y el conductor salió del coma meses después. Se sintió mal por lo sucedido, aunque realmente no sabía bien qué había pasado. Sufrió desde entonces amnesia anterógrada que no le permitía recordar lo sucedido en el momento del accidente, así como le provocó dificultades mentales como generar recuerdos desde esa fecha. Intentaría por todos los medios recordar cómo pasó y, sobre todo, qué era eso tan importante que le llevó a apartar su vista de la carretera y perder el control de su coche y de su vida. Por si acaso, se prometió a sí mismo no volver a provocarse esos problemas. Incluso se propuso que otros aprovecharan esa experiencia, y se ofreció voluntario para intervenir en un curso de reeducación de conductores.

Casualidades de la vida, en ese curso está el comprador de su antiguo coche. Esto no sería más que un detalle sin importancia, si no fuera porque el nuevo conductor de su antiguo coche soy yo.  Yo conduzco el coche que él conducía cuando sufrió el accidente. Yo soy el que compró ese coche cuando el taller lo arregló. Yo soy el que encontró el papel con el teléfono en el lugar donde se mantuvo todo el tiempo desde el golpe hasta la primera limpieza del coche. Y yo soy el que llamó a la dueña del teléfono.

Ella me cuenta que le había gustado el chico que le pidió el teléfono, y se sintió mal cuando se enteró de que no volvería a clase porque había tenido un accidente. Pensó en ir a visitarle, pero no creyó conveniente acudir, ya que él había decidido no llamarla. Se sintió tonta pensando por qué él no llamó y supone que no se acordará de ella aunque la vea.

Ahora yo vengo a darles de nuevo la oportunidad de volver a retomar ese momento donde lo dejaron. Hablando con ella me parece necesario que el tiempo se vuelva flexible, y que las segundas oportunidades se regalen a quien pueda disfrutarlas. Me siento como un celestino de nuevo cuño, y exprimo mi curiosidad y mis ganas presentes de ayudar a los amantes del pasado.

Durante el curso él se muestra seguro y cercano, advirtiendo a los jóvenes conductores a partir de su experiencia, de lo que ha sentido durante este tiempo, de que le gustaría saber qué pasó, y de cómo querría volver atrás para evitarlo. Cuando acaba le entrego el papel, le explico quién soy y le animo a que llame sin explicarle lo que descubrí cuando indagué a partir del papel.

Hoy vuelvo a dormir boca abajo, ahora no me asustan mis posibles sueños. También me he guardado su nombre y el papel con el teléfono. Me gustaría saber qué pasara, así que lo conservaré, por si acaso.

Sueño

Ya que la realidad lo hace imposible, ahí van unas letras soñadas… que les guste…

Sueño

En otros tiempos solía esperar a dormirme para soñar. Ahora, que los tiempos te regalan tiempo y el sueño me esquiva, me dedico a deshoras a soñar despierto.

Sueño que abandono el cubículo en el que estoy confinado. Puestos a desafiar las leyes racionales, atravieso las paredes entre las que rumio mi desvelo, y echo a volar como si el mundo, en vez de aplastarme con su realidad, estuviera a mis pies.

Floto entre las nubes y las estrellas como si el salto en caída libre no tuviera fin. Mi viaje se acelera por las ganas de destino, y planeo sobre caminos ya desgastados desde la perspectiva heroica que te da la altura.

La primera parada es obligada y deseada. Llego al pueblo, reconozco las ondulaciones de los campos, más verdes que de costumbre, el río, que parece guiarte para que no pierdas el cauce, y el castillo, ante el que no me quiero detener a batallar, por más que me estorben las almenas, los privilegios y las clases. Los más altos rangos están en casas humildes donde me esperan esos ojos que me vieron nacer, y que envuelven en arrugas el cariño y el cuidado en abrazos de manos encallecidas.

No podía imaginar lo que duele el abrazo después de tanto tiempo. Llega hasta el centro del pecho y aprieta hasta casi dejarme sin respiración. Me llega tan dentro que imagino que se unen a sus brazos, ya cansados por la edad pero dispuestos siempre a sostenerte, los de aquellos que ya no están. ¿Cómo, si no, me exprimen tan fuerte hasta hacerme llorar lágrimas que me arden en la cara? Susurro un «te quiero mucho» y pido perdón por mi ausencia, aunque sé que ese abrazo guarda un amor de esos puros, incondicionales, de quienes sabes que, hagas lo que hagas, no te dejarán de querer.

Hecho el primer repostaje de amor ilimitado, arranca el segundo vuelo con el depósito lleno. Despego con fuerzas renovadas y dejo una estela fugaz parecida a una sonrisa para los que me quieren, prometiendo volver. Acelero para planear sobre las montañas cercanas que, aunque no tan altas, aún guardan un poco de nieve para agitarla en mi vuelo y sentir el frío entre el pelo revuelto. Esquivo los picos más elevados y disfruto de un paisaje envuelto en bruma, sin nadie a la vista y con la naturaleza poblando el silencio.

Tomo rumbo al horizonte en busca de un atardecer que difumine el cielo. Sorteo campos, cumbres y planicies con una calmada aceleración. Como quiera que los sueños evitan la lógica parsimonia del tiempo, llego a la costa entre nubes de salitre y sabor a sal. Me envuelvo en tonos de naranjas a morados, y el viento me frena para un aterrizaje reposado en la playa, al ritmo de la pleamar.

Me acerco a ella y acaricio su cuerpo con mi mirada aun antes de tocarla. El sol se esparce en el horizonte inundando el mar de brillos, mientras las yemas de mis dedos se diluyen en su piel, suave a pesar del castigo del sol y la arena. El rumor de las olas se mezcla con el roce de mis manos en su espalda al compás de dos corazones acompasados. Vuelvo a sentir la presión en el pecho, ahora por abrumarme la conexión de quien se siente comprendido, cuidado y unido a otro ser más allá del sexo, de la pasión, incluso del amor.

Como en todo sueño que se precie, el final coincide con el momento álgido, cuando nuestros labios se rozan, justo al ocaso. Es demasiado doloroso para despertar, y demasiado bonito para no ser un sueño.

Imprescindible

Llevo desde que empezó todo esto sin escribir… Solo hago lo que considero imprescindible… Y esto lo es.

Imprescindible

Miro desde la terraza y tiemblo, y no sé si es de frío o de emoción.

Algunos días, en los que estoy más sensible, me sube la congoja a la garganta al ver a la gente aplaudiendo, en un gesto tan ligero como importante. Apenas unas migajas de agradecimiento para quienes se han mostrado como imprescindibles en esta pesadilla.

Pero es de noche, y estoy solo. Apenas algún vecino paseando al perro, volviendo de trabajar o tirando la basura. En mi barrio se está mostrando mucha responsabilidad. El escalofrío también se me antoja imprescindible ahora mismo.

Pienso en los días en los que preferiría dejar de sentir. Cuando la tristeza, la soledad o la angustia me acucian, me gustaría poder instaurar un confinamiento también para mis emociones. Cumplir con mis obligaciones diarias, con las rutinas autoimpuestas, y desconectarme para el resto como un «modo avión» que no permitiera vaivenes ni turbulencias duras de digerir.

Para mi suerte o mi desgracia, no cuento con esa habilidad. Entre mis imprescindibles están el contacto humano, la empatía y el sufrimiento por el dolor ajeno. Me remueve tanto el dolor de otros como el mío propio, a veces incluso más. El estar solo estos días me hace sentir, más aún si cabe, esa necesidad social.

Por eso, mientras me encojo y me envuelvo en el escaso abrigo que tengo, me intento convencer de que, aún con el dolor y la desgracia que nos envuelve, de esto al menos sacaré la certeza de lo imprescindible. Ya llevo tiempo seleccionando esas pocas prendas en mi cabeza y en mi «almario», una idea genial que me dio una de esas psicólogas que me ayudan a no volverme loco del todo.

Igual que en mi armario solo encuentro unas pocas prendas que me cubren del frío externo haciéndome sentir a gusto entre ellas, voy sabiendo lo imprescindible que tengo en mi almario: No guardarme besos, no dejar que se me apolillen los abrazos y no esconder al fondo los «te quiero».

Me meto en casa sugiriéndome lo obvio, estoy helado. Supongo que es de perogrullo, como es triste que haya tenido que venir este desastre para tomar conciencia. Pero ahora, además de esos esenciales de batas verdes, de los demás imprescindibles que nos ayudan a sobrevivir, y por los que tiemblo algunos días a las ocho… Además, digo, acepto el escalofrío de cada recuerdo, la congoja de cada nostalgia y cada compromiso moral… El de cada abrazo por dar, el de cada «te quiero» por ofrecer, el de cada emoción por sentir y el de cada ser querido por querer.

Eso ya, para mí, es imprescindible.

Tiempo

Tiempo

Hace tiempo que no escribo, así que aquí les dejo unas letras con tiempo…

Tiempo

He vuelto a mirar al reloj del salón. Es como un gesto instintivo cuando entro en casa. No tiene ningún sentido. Desde la última vez que se quedó sin pilas, siempre marca la misma hora.

Una amiga me dijo una vez que no hacía falta estar muerto para no tener vida. Puedes seguir viviendo, desarrollar tu actividad laboral, social e incluso biológica, sin vivir. Parece un contrasentido. Pero ella se refería a la necesidad de que esa vida dignifique ser vivida.

“Hay mucha gente muerta que no lo sabe”. “Creen que viven, realizan actividades de su vida diaria, trabajan, hablan, respiran, van y vienen… Incluso ríen o lloran, y piensan que eso significa que están vivos». La primera vez que escuché su argumentación me sonó a broma. Con el tiempo la entendí un poco. Ahora lo entiendo. Demasiado tarde.

No basta con ver pasar el tiempo para saber que estás viviendo. De igual forma, no puedes fiarte de que el tiempo no pase para saber que no vives. Hay momentos que duran una eternidad, y eternidades que no merecen contar ni por un segundo.

Cada persona tiene algún momento en su vida en que se le paró el tiempo. Hay quien ni siquiera lo reconoce. Puedes darte cuenta mucho después, horas, días, semanas, meses… Incluso años. El caso es que, para algunas personas, las pilas se acabaron hace tiempo, y se empeñan en seguir latiendo como si su segundero moviera el mecanismo pero, si te paras un segundo, te das cuenta de que no avanzan.

El parón no es irreversible. Hay quien entiende la necesidad de cambiar las pilas, buscar otra motivación, o simplemente darle cuerda, al modo de los antiguos, para revivir el ritmo y continuar con el tic-tac perpetuo.

He pensado más de una vez en ponerle pilas al reloj. Sin embargo, una extraña sensación de inutilidad me impide hacerlo. Casi disfruto de la sorpresa constante de ver el reloj parado.

En épocas de inmediatez, de imágenes en bucle y en movimiento, es difícil concebir la quietud de un ciclo. Pero si enfocas tu vida como un objetivo fotográfico, y tienes la suficiente pericia, puedes descubrir que el segundero no se mueve desde hace tiempo, que el tic de mirar si ha avanzado en algún momento, como un reloj de salón sin pilas, no viene seguido del tac habitual que confirma la sospecha de movimiento.

Si estás enchufado te quedas parpadeante, como un reloj digital, esperando que algún gesto te vuelva a poner en hora. Y si eres capaz de coger el ritmo en marcha, como un reloj controlado por satélite, internet te marcará la hora exacta con la que equipararte al mundo de forma automática.

Pero hay todavía seres analógicos a los que el tiempo se les resiste, que no encuentran la actualización para modernizarse, y ese parón les deja fijos, anclados en la sensación de no poder seguir, de quedarse estáticos porque, después de lo vivido, no encuentran la forma de seguir girando. Es paradójico que, en una era de tiempo circular, aún haya alguien a quien el tiempo se le presente de forma lineal, y sientan el corte desde el cual solo se ve un abismo atemporal al recordar ese fatídico momento en que se dejó de latir, en que se cortó el tic-tac.

Esos corazones arrítmicos se descompasan en un mundo concebido para devorar segundos, latidos y vidas. El ritmo habitual no deja pararse a pensar en lo absurdo de mantener un bucle permanente sin final más aparente que la pérdida de energía hasta la quietud final. Es triste pensar que es solo cuestión de tiempo.

Mañana volveré a mirar el reloj del salón. Supongo que es un tic.

Ermitaño

Ante encierros autoinfligidos, ahí van unas letras para dejar salir emociones… Que les guste.

Ermitaño

Ha vivido la mayor parte de su vida adulta con la única compañía de Soledad. Esporádicamente ha dejado entrar a Amistad y a Familia, pero las estrecheces de su corazón y la angostura de su casa no han dejado sitio para estancias largas. Los despide siempre con la promesa de mejor recepción para otras visitas, y la necesidad de mejorar el atractivo de la oferta para dar más pie a la compañía.

De vez en cuando ha acudido Atracción trayendo de su mano a Ilusión y han hecho buenas migas, han dejado algún desperfecto en la casa y han repudiado temporalmente a Tristeza, la única visita permanente que se permite. Pero aquellas emociones son culos de mal asiento, fugaces en su compañía y esporádicas en su estancia. Sin embargo, Tristeza es insistente, no permite que Rencor la deje sin sitio, siempre vuelve cuando se trata de rellenar espacios dejados por otros inquilinos temporales y nunca deja pasar la oportunidad de volver a acompañar a un ermitaño en su sofá.

En esas estaba cuando se abrieron de par en par las puertas de la casa y de su corazón, y un huracán entró con Furia, como quien viene a arrasarlo todo. Desbancó de su sitio a Desidia, que pasaba de vez en cuando, arrinconó a Hastío, que vagaba por la casa dando bocanadas de parsimonia, y echó a patadas a Autocompasión, que llevaba apoltronada años en su butaca.

Tal revolución trajo consigo un sinfín de invitados. Alegría, que llevaba mucho tiempo sin pasar por allí más que en momentos puntuales, se hizo un hueco permanente en la casa. Ilusión volvió aduciendo haber olvidado por qué se fue, y Deseo se presentó sin avisar para hacer propuestas indecentes. Esperanza llamó para decir que cuando quisieran quedaban, que ella estaba eternamente disponible. Y Felicidad, hermana mayor de Alegría, escribió para decir que intentaría volver a casa desde cualquier lejano lugar en el que estuviera dentro.

Miedo se recluyó en un rincón oscuro, como siempre que la luz invade las tinieblas que le gusta generar. De vez en cuando se asomaba desde alguna puerta, para mostrar fotos de Dolor, que siempre estaba dispuesto a ocupar cualquier recuerdo, y Duda se planteó si este cambio sería permanente, o sólo un vaivén más. Locura estaba desatada dando vueltas por la casa, y Sueño se mezclaba cada dos por tres en Imaginación para crear mundos imposibles de viajes y disfrute. Hasta al más recluido de los ascetas le perturbaría su conexión con Aislamiento semejante trasiego. Muchos estarían tentados de ceder su propiedad a Utopía.

Pero un convencido ermitaño sabe que toda esa reunión es efímera, y aunque contaba con el testimonio de Verdad, con el tiempo se asentaron las cosas. El huracán pasó a ser brisa y de ahí a soplido frío más interno que físico, dejando gélido el ambiente y congelado su interior. El calor generado por tanta compañía se apagó, huyeron los nuevos visitantes y regresó la Amargura a cobrar su alquiler. Soledad, Dolor y Tristeza reaparecieron para ocupar su sitio de primer orden en la casa, que se vació de luz y retornó a su estatus de solitaria casa de las sombras.

Pasada la fiesta momentánea, volvió la rutina. Recogidos los desperdicios y almacenados los recuerdos en algún cajón con Memoria, concluyó el ermitaño en reforzar su criterio primero: El Amor es traicionero, aunque sea (y sobre todo si es) Verdadero.

Una deuda del corazón (traicionero)