Vuelve a mirarse al espejo para ver si hay algún cambio. A parte de las ojeras y el rictus, que no invitan a ser optimista, nada que destacar. El intento por sonreír se queda en la mueca que hace dudar de si es adecuado intentarlo, o es mejor permanecer impasible.
Repasando sus tareas pendientes para el día, mientras remueve el café piensa que ya no puede doler más sin asociarlo al dolor físico. Su vida le consume, le aburre y le recuerda que están a punto de extinguirse las excusas para explicar por qué no puede ser feliz. Ya ha usado todas las variables que podían dolerle en el plano emocional. Las críticas han pasado por todos los estadios, desde el quitarle importancia a sus problemas, hasta las feroces que le acusan de victimizarse en busca de compasión. Es difícil explicar que esas críticas alimentan su odio hacia sí mismo.
Antes siquiera de enfrentarse al mundo, ya se ha procurado una coraza que le defienda de lo de fuera mientras se le clava por dentro. Cuando le diagnosticaron como masoquista emocional no supo si sentirse aliviado o asustado.
Hay gente que entiende el masoquismo como el uso del dolor como fuente de placer. Pero su perfeccionamiento ha llegado a tal punto que puede hacerse daño hasta sonriendo, haciendo cosas que disfruta, e incluso queriendo. Ha elaborado la teoría contraria, la del uso del placer, la felicidad e incluso del amor como fuente inagotable de dolor.
Esto último costó lo suyo. Al principio eran pasos fáciles, buscar amores platónicos fuera de su alcance que generaran el rechazo necesario para, cíclicamente, auto-convencerse de su incapacidad para generar amor en otras personas. Ese ejercicio retroalimentaba su baja autoestima, le daba argumentos para flagelarse sobre sus taras físicas y emocionales y le mantenía con los pies en el suelo, incluso hundidos en el barro. Es difícil volar cuando tu realidad te tiene anclado al suelo.
Pero he aquí que hasta a los mejores planes les surgen fallos. Por equivocación, consiguió que alguien le devolviera su amor, y tuvo que inventarse otras formas de sufrir aun recibiendo cariño, deseo y pasión. Hubo de perfeccionar su gusto por el daño, de tal forma que pudiera sentir el rechazo aun siendo amado.
Con el tiempo fue capaz de conseguir sufrir aún con ese cariño, que tradujo en compasión, con ese deseo, que tornó en rutina, y apagando la pasión en sus propias taras físicas y emocionales. Eso sirvió para darse aún más la razón. Incluso con pareja, demostró que el amor no quería quedarse a su lado, pudiendo regodearse de nuevo en un dolor reforzado y más sólido, casi establecido como forma de vida. Consiguió graduarse en la convivencia con ese dolor, extrapolándolo a todas las facetas de su vida.
Pudo traducir un estilo sufridor en el trabajo, intentando paliar sus carencias con dedicación y esfuerzo, sin concederse valor ni consideración. Fue trabajándose la fama de eterno descontento en las relaciones sociales, alternando periodos de dedicación esforzada a sus amigos y familiares, con desapariciones que hicieron enfadar a algunos, dudar a otros, y doler a la mayoría de ellos. Llegó a la categoría de sufridor master sin especialización, por lo genérico de su actitud.
El último escalón parecía encontrarse en el amor verdadero. Esa lucha fue titánica, es difícil apagar esa llama que parece inundarte entero, y aún más difícil revertirla para sacar de ella cotas inimaginables de dolor. En periodos de euforia es difícil mantener la dicotomía entre un máster en amargura y una felicidad plena. Pero ni aun así puede olvidarse la atracción de un adicto al dolor.
Consiguió dar la vuelta al amor puro e incondicional, haciendo un posgrado en la utilización de la admiración, el calor y la conexión emocional más allá de los principios del amor común, hasta conseguir tanto dolor como amor podía generar. Su creación más elaborada fue el dolor y el daño alimentado de amor. Y se fue perfeccionando a base de recabar cualquier tipo de amor, cariño o buena intención hacia su persona para nutrir su odio hacia sí mismo, para fomentar su daño y ahondar en su desconsuelo. Esto generó tanta admiración negativa como angustia a su alrededor. Sus personas cercanas no alcanzaban a entenderle, y las críticas arreciaron ante la incomprensión de lo que estaba sintiendo.
Y ahora, de nuevo, como cada día, vuelve a envolverse en esa coraza que duele por dentro tanto como le inunda de amor por fuera. Al salir de casa ya tiene la estrategia clara: Para cada halago un auto-reproche, para cada gesto cariñoso un auto-desprecio, para cada crítica, sea bienintencionada o destructiva, una frase de acuerdo… Y para cualquier atisbo de amor, ya sea amistoso, fraternal o romántico, una elaborada teoría sobre lo inútil que es malgastarlo con él o lo inmerecido que es… Y un epígrafe más de un estudio sin fisuras para cimentar el desarrollo de la investigación que ha convertido en su estilo de vida: Un Doctorado en Dolor, con Matrícula Cum Laude en Masoquismo Emocional.
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!