Calcetines

En estos días de frío les presto estas letras con calcetines… Abríguense, y que les guste

Calcetines

Solía tener unos calcetines enormes de pelo gordo cerca de su cama. Se los ponía antes de dormir, porque siempre se le quedaban los pies fríos.

Cuando empecé a quedarme a dormir en su casa, me sorprendía que pudiera desnudarse tan rápido para follar, y que sin embargo acabara poniéndose los calcetines después de hacerlo. Me parecía algo antierótico.

A mí los calcetines siempre me estorbaron. Me los pongo al revés, para no notar las costuras. Y en cuanto puedo ando descalzo, aún a riesgo de parecer un piesnegros al final del día.

Con el tiempo y la confianza, le pregunté por qué hacía eso. Por qué podía hundir sus pies desnudos en la arena húmeda de la playa, pasar el día en sandalias y hasta pasear por la casa en chanclas, pero tenía que refugiarse en esos calcetines al meterse en la cama. Me explicó que no conseguía dormir con los pies desnudos. De hecho, solía regañarme  cuando iba descalzo por la playa, por la casa y por cualquier sitio, hasta por la cama. A pesar de ser muy escrupuloso con mi higiene, y lavarme los pies antes de calzarme o de colarme en sus sábanas, ella me reprochaba en broma mi nudismo podal.

Llegado un momento, hicimos un pacto. Yo tenía que llevar los calcetines puestos durante el día, y ella se los quitaría al entrar en la cama. A cambio de que se los quitara, me comprometí a calentar su piel desnuda con la mía. Al fin y al cabo, pretendía hacer lo mismo cada noche con mis labios en los suyos.

Hubo noches de verdadero furor entre nuestras pieles. Desnudé sus pies, y las demás partes cubiertas, y  los acaricié como si fuera una costumbre, aunque en realidad era un vicio. Nuestros pies, y otros miembros, desprendían electricidad como si produjéramos energía. Provoqué calor desde sus capas más externas hasta sus entrañas. Se incendiaba entre mis dedos y mi boca desde el escalofrío del cariño al temblor del éxtasis, pasando por la tensión agónica de la lujuria. Su piel ardió hasta mojar mis labios con los suyos. Incluso logré provocarle una hipertensión y estiramiento de todos los dedos de los pies, en relación a cierto momento de placer. Pero sus pies seguían estando fríos.

Me llegó a doler el roce helado de sus pies en los míos, hasta el punto de pedirla que volviera a ponerse sus calcetines. Con ellos perdía naturalidad la caricia entre nuestros dedos, pero al menos ella entraba en calor y yo podía dormir. Lo consideré un mal menor.

Yo mantuve mi promesa de tener los pies cubiertos por mis calcetines, hasta llegar a ponérmelos para dormir, aunque mantuve mi manía de ponérmelos al revés. A veces, al cruzarnos, rozábamos nuestras prendas. Ya solo se notaba la electricidad estática por el roce de telas independientes.

No sabía que la vuelta de los calcetines envolvía nuevas costuras que, al final, nos deshilacharían de frío nuestras fibras.