He oído en alguna parte que el abrazo es el beso de los cuerpos. La posible cercanía de quien no puede descubrirse besando pero quiere atraer para sí todo ese calor y ese vínculo a través de un gesto que, en tiempos de individualidad y de precauciones víricas, casi se ha desterrado.

No sabes cuántas veces he pensado en llamarte, ya sabes que sí. Ni las veces que he deseado decirte «necesito un abrazo contigo, de esos de aeropuerto».

Si tienes suerte, en tiempos en que estás atrapado en las sombras, hay gente, muy buena gente, dispuesta a darte un abrazo de esos que, de tan fuerte que te abrazan, parece que descomponen pero, en realidad, te recomponen.

Para los tristes crónicos, encontrar un destello de felicidad en esos apretones, físicos -porque te envuelven hasta ponerte en un aprieto- y emocionales -porque te estrujan el corazón y el alma- es como vislumbrar una luz en medio del túnel. No te evitan seguir caminando en la oscuridad, pero te alivian por un momento, te guían y te dan fuerzas para seguir adelante.

Se dan pocos abrazos. La pandemia ha sido la excusa perfecta para dar una vuelta de tuerca más al distanciamiento emocional y social que permite controlar a una masa desde el control del uno a uno. Pero también ha derrocado las pocas y frágiles estructuras mentales y emocionales que, a esos crónicos tristes, nos daban respiro para aguantar las mierdas diarias.

A mí no me faltan abrazos. Tengo buena gente alrededor que puede iluminarme un tramo de oscuridad de cuando en cuando. Aun así, a veces, buscas ese abrazo en medio de la oscuridad y te tienes que recordar a ti mismo que ese, precisamente ese, ya no estará nunca. No es nostalgia, aunque sea un paraíso infernal donde suelo ir a veces. Hay cosas que no tienes que entenderlas, sino asumirlas y aceptarlas. De haberlo sabido, me hubiera aferrado a ese abrazo como si fuera el último que daba.

Ese desengaño ya lo acepté y lo asumí, pero aún me pone triste. Y no dejo de valorar los abrazos que me dan como el enorme regalo que son. A pesar de todo, es inmenso el hueco de los abrazos que no puedo dar.

Abracen lo que puedan. Es casi un acto de rebeldía. Un abrazo

El abrazo más sentido que me han dado nunca. Dañel cerrando la presentación de «Cuentos inciertos a verso descubierto»