Reivindico el valor de la tristeza. Aborrezco la obligatoriedad del triunfo continuo y la felicidad permanente. Sufro, y sufro por sufrir y por aquellos que lo ven.
Acechan tiempos oscuros y presagios peores. Mi retirada a mis cuarteles de invierno se ha prolongado en hibernación primaveral. Se me juntan las penas en ramilletes que decoran mis interiores. Cada nueva ventana que se cierra provoca más oscuridad y hermetismo. Envasado al vacío y encerrado en mí mismo evito al menos contagiar el virus de la pesadumbre y propagar el daño. La congoja también se pega, no quiero ser paciente cero ni foco de infección.
A mi alrededor descubro desde el negacionismo que se niega a aceptar derrotas y derrotismos hasta quien operativiza el dolor para resistir y combatir ante la imposibilidad de victoria. Al menos morirán con las botas puestas. Yo me siento descalzo y cada china en los zapatos en los que vivo me provocan punzadas en mi suelas y en mis anhelos.
En este pozo sin fondo ni luz al final del túnel reconozco tenues luces, candelas temblorosas alumbrando la oscuridad. Asumo que, como yo, pueden desprender luz a pesar de verlo todo negro. Titilan, parpadean y se mantienen a duras penas en un hilo de penumbra incandescente, sufriendo por no apagarse del todo. El alumbrar la más absoluta oscuridad es cosa de valientes. Pero yo no soy valiente. Si fuera valiente…
Si fuera valiente ahora te llamaría y te diría que te echo de menos. Que me gustaría abrazarme a ti, en vez de a una almohada inerte, buscando que la habitación dejara de dar vueltas como un pozo negro que me devora y me envuelve. Que si durmieras a mi lado ahora te despertaría para hacerte el amor, y derramaría mis lágrimas en tu pecho después de derramarme dentro de ti. Y no sabría qué me calmaría más, si correrme en tus entrañas o llorarte encima abrazado a tu pecho como un niño en busca de refugio. Si fuera valiente me diría a mí mismo que me odio, que no me dejo ser feliz y que me gustaría concederme el derecho a serlo, o al menos a intentarlo. Si fuera valiente…
Revolviendo en mis profundidades más oscuras sólo consigo extenderlas. Al final la luz del sentir se ha manifestado como deslumbre cegador, un lastre que me acompaña, me arrastra y trae neurosis innecesarias… Quizá la respuesta correcta sea la superficialidad, el sudapollismo emocional y el individualizarse cada uno en su sombra. Para un amante del fracaso colectivo, de las causas perdidas y los amores imposibles, los triunfos de uno solo saben aún más amargos que la derrota de todos. El retorcer interiores para exprimir hasta la última gota no deseca ni reconforta, siempre hay nuevas humedades dispuestas a pudrirse dentro y a desbordarse fuera. Y tras cada desborde aumenta la distancia a mares que promuevo y mantengo tras cada desilusión por no saber querer sanamente a alguien. Se ve que se me da bien alejar a las personas que quiero de mi vida.
Me siento muy miserable al establecer distancias a veces, por miedo a que, en cuanto se me muestre algo de cariño, yo lo malinterprete y me ilusione, y me lleve otro chasco al no cubrir mis expectativas emocionales. Es el coste de quien no sabe querer, o del que quiere todo y siente que se queda sin nada. En la película «Ventajas de ser un marginado» el protagonista, un adolescente atormentado, decía que «aceptamos el amor que creemos merecer». Por lo visto, no creo merecer ningún tipo de amor. Al final, el deseo me lleva del amor a la tristeza, y de la tristeza al vacío.
Hasta las palabras resuenan huecas tras la oquedad de un discurso sin alma. Ante el vacío que impera en mi interior, se desborda la fuerza descomunal de la nostalgia. El dolor se anestesia ante lo absurdo del estar vivo sin tu latido. Puedes seguir bombeando sangre sin que sean vitales las constantes. Se puede aparentar estar vivo sin declarar la hora de la muerte, aunque haya sido mucho antes. Puede que, en realidad, nada importe lo suficiente para merecer vivirlo si el coste por ello es sufrir así, o peor, vivirlo en un sin vivir.
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!
Decía Carl Jung que «Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad»