Ya que la realidad lo hace imposible, ahí van unas letras soñadas… que les guste…
Sueño
En otros tiempos solía esperar a dormirme para soñar. Ahora, que los tiempos te regalan tiempo y el sueño me esquiva, me dedico a deshoras a soñar despierto.
Sueño que abandono el cubículo en el que estoy confinado. Puestos a desafiar las leyes racionales, atravieso las paredes entre las que rumio mi desvelo, y echo a volar como si el mundo, en vez de aplastarme con su realidad, estuviera a mis pies.
Floto entre las nubes y las estrellas como si el salto en caída libre no tuviera fin. Mi viaje se acelera por las ganas de destino, y planeo sobre caminos ya desgastados desde la perspectiva heroica que te da la altura.
La primera parada es obligada y deseada. Llego al pueblo, reconozco las ondulaciones de los campos, más verdes que de costumbre, el río, que parece guiarte para que no pierdas el cauce, y el castillo, ante el que no me quiero detener a batallar, por más que me estorben las almenas, los privilegios y las clases. Los más altos rangos están en casas humildes donde me esperan esos ojos que me vieron nacer, y que envuelven en arrugas el cariño y el cuidado en abrazos de manos encallecidas.
No podía imaginar lo que duele el abrazo después de tanto tiempo. Llega hasta el centro del pecho y aprieta hasta casi dejarme sin respiración. Me llega tan dentro que imagino que se unen a sus brazos, ya cansados por la edad pero dispuestos siempre a sostenerte, los de aquellos que ya no están. ¿Cómo, si no, me exprimen tan fuerte hasta hacerme llorar lágrimas que me arden en la cara? Susurro un «te quiero mucho» y pido perdón por mi ausencia, aunque sé que ese abrazo guarda un amor de esos puros, incondicionales, de quienes sabes que, hagas lo que hagas, no te dejarán de querer.
Hecho el primer repostaje de amor ilimitado, arranca el segundo vuelo con el depósito lleno. Despego con fuerzas renovadas y dejo una estela fugaz parecida a una sonrisa para los que me quieren, prometiendo volver. Acelero para planear sobre las montañas cercanas que, aunque no tan altas, aún guardan un poco de nieve para agitarla en mi vuelo y sentir el frío entre el pelo revuelto. Esquivo los picos más elevados y disfruto de un paisaje envuelto en bruma, sin nadie a la vista y con la naturaleza poblando el silencio.
Tomo rumbo al horizonte en busca de un atardecer que difumine el cielo. Sorteo campos, cumbres y planicies con una calmada aceleración. Como quiera que los sueños evitan la lógica parsimonia del tiempo, llego a la costa entre nubes de salitre y sabor a sal. Me envuelvo en tonos de naranjas a morados, y el viento me frena para un aterrizaje reposado en la playa, al ritmo de la pleamar.
Me acerco a ella y acaricio su cuerpo con mi mirada aun antes de tocarla. El sol se esparce en el horizonte inundando el mar de brillos, mientras las yemas de mis dedos se diluyen en su piel, suave a pesar del castigo del sol y la arena. El rumor de las olas se mezcla con el roce de mis manos en su espalda al compás de dos corazones acompasados. Vuelvo a sentir la presión en el pecho, ahora por abrumarme la conexión de quien se siente comprendido, cuidado y unido a otro ser más allá del sexo, de la pasión, incluso del amor.
Como en todo sueño que se precie, el final coincide con el momento álgido, cuando nuestros labios se rozan, justo al ocaso. Es demasiado doloroso para despertar, y demasiado bonito para no ser un sueño.
Llevo desde que empezó todo esto sin escribir… Solo hago lo que considero imprescindible… Y esto lo es.
Imprescindible
Miro desde la terraza y tiemblo, y no sé si es de frío o de emoción.
Algunos días, en los que estoy más sensible, me sube la congoja a la garganta al ver a la gente aplaudiendo, en un gesto tan ligero como importante. Apenas unas migajas de agradecimiento para quienes se han mostrado como imprescindibles en esta pesadilla.
Pero es de noche, y estoy solo. Apenas algún vecino paseando al perro, volviendo de trabajar o tirando la basura. En mi barrio se está mostrando mucha responsabilidad. El escalofrío también se me antoja imprescindible ahora mismo.
Pienso en los días en los que preferiría dejar de sentir. Cuando la tristeza, la soledad o la angustia me acucian, me gustaría poder instaurar un confinamiento también para mis emociones. Cumplir con mis obligaciones diarias, con las rutinas autoimpuestas, y desconectarme para el resto como un «modo avión» que no permitiera vaivenes ni turbulencias duras de digerir.
Para mi suerte o mi desgracia, no cuento con esa habilidad. Entre mis imprescindibles están el contacto humano, la empatía y el sufrimiento por el dolor ajeno. Me remueve tanto el dolor de otros como el mío propio, a veces incluso más. El estar solo estos días me hace sentir, más aún si cabe, esa necesidad social.
Por eso, mientras me encojo y me envuelvo en el escaso abrigo que tengo, me intento convencer de que, aún con el dolor y la desgracia que nos envuelve, de esto al menos sacaré la certeza de lo imprescindible. Ya llevo tiempo seleccionando esas pocas prendas en mi cabeza y en mi «almario», una idea genial que me dio una de esas psicólogas que me ayudan a no volverme loco del todo.
Igual que en mi armario solo encuentro unas pocas prendas que me cubren del frío externo haciéndome sentir a gusto entre ellas, voy sabiendo lo imprescindible que tengo en mi almario: No guardarme besos, no dejar que se me apolillen los abrazos y no esconder al fondo los «te quiero».
Me meto en casa sugiriéndome lo obvio, estoy helado. Supongo que es de perogrullo, como es triste que haya tenido que venir este desastre para tomar conciencia. Pero ahora, además de esos esenciales de batas verdes, de los demás imprescindibles que nos ayudan a sobrevivir, y por los que tiemblo algunos días a las ocho… Además, digo, acepto el escalofrío de cada recuerdo, la congoja de cada nostalgia y cada compromiso moral… El de cada abrazo por dar, el de cada «te quiero» por ofrecer, el de cada emoción por sentir y el de cada ser querido por querer.
Hace tiempo que no escribo, así que aquí les dejo unas letras con tiempo…
Tiempo
He vuelto a mirar al reloj del salón. Es como un gesto instintivo cuando entro en casa. No tiene ningún sentido. Desde la última vez que se quedó sin pilas, siempre marca la misma hora.
Una amiga me dijo una vez que no hacía falta estar muerto para no tener vida. Puedes seguir viviendo, desarrollar tu actividad laboral, social e incluso biológica, sin vivir. Parece un contrasentido. Pero ella se refería a la necesidad de que esa vida dignifique ser vivida.
“Hay mucha gente muerta que no lo sabe”. “Creen que viven, realizan actividades de su vida diaria, trabajan, hablan, respiran, van y vienen… Incluso ríen o lloran, y piensan que eso significa que están vivos». La primera vez que escuché su argumentación me sonó a broma. Con el tiempo la entendí un poco. Ahora lo entiendo. Demasiado tarde.
No basta con ver pasar el tiempo para saber que estás viviendo. De igual forma, no puedes fiarte de que el tiempo no pase para saber que no vives. Hay momentos que duran una eternidad, y eternidades que no merecen contar ni por un segundo.
Cada persona tiene algún momento en su vida en que se le paró el tiempo. Hay quien ni siquiera lo reconoce. Puedes darte cuenta mucho después, horas, días, semanas, meses… Incluso años. El caso es que, para algunas personas, las pilas se acabaron hace tiempo, y se empeñan en seguir latiendo como si su segundero moviera el mecanismo pero, si te paras un segundo, te das cuenta de que no avanzan.
El parón no es irreversible. Hay quien entiende la necesidad de cambiar las pilas, buscar otra motivación, o simplemente darle cuerda, al modo de los antiguos, para revivir el ritmo y continuar con el tic-tac perpetuo.
He pensado más de una vez en ponerle pilas al reloj. Sin embargo, una extraña sensación de inutilidad me impide hacerlo. Casi disfruto de la sorpresa constante de ver el reloj parado.
En épocas de inmediatez, de imágenes en bucle y en movimiento, es difícil concebir la quietud de un ciclo. Pero si enfocas tu vida como un objetivo fotográfico, y tienes la suficiente pericia, puedes descubrir que el segundero no se mueve desde hace tiempo, que el tic de mirar si ha avanzado en algún momento, como un reloj de salón sin pilas, no viene seguido del tac habitual que confirma la sospecha de movimiento.
Si estás enchufado te quedas parpadeante, como un reloj digital, esperando que algún gesto te vuelva a poner en hora. Y si eres capaz de coger el ritmo en marcha, como un reloj controlado por satélite, internet te marcará la hora exacta con la que equipararte al mundo de forma automática.
Pero hay todavía seres analógicos a los que el tiempo se les resiste, que no encuentran la actualización para modernizarse, y ese parón les deja fijos, anclados en la sensación de no poder seguir, de quedarse estáticos porque, después de lo vivido, no encuentran la forma de seguir girando. Es paradójico que, en una era de tiempo circular, aún haya alguien a quien el tiempo se le presente de forma lineal, y sientan el corte desde el cual solo se ve un abismo atemporal al recordar ese fatídico momento en que se dejó de latir, en que se cortó el tic-tac.
Esos corazones arrítmicos se descompasan en un mundo concebido para devorar segundos, latidos y vidas. El ritmo habitual no deja pararse a pensar en lo absurdo de mantener un bucle permanente sin final más aparente que la pérdida de energía hasta la quietud final. Es triste pensar que es solo cuestión de tiempo.
Mañana volveré a mirar el reloj del salón. Supongo que es un tic.
Ante encierros autoinfligidos, ahí van unas letras para dejar salir emociones… Que les guste.
Ermitaño
Ha vivido la mayor parte de su vida adulta con la única compañía de Soledad. Esporádicamente ha dejado entrar a Amistad y a Familia, pero las estrecheces de su corazón y la angostura de su casa no han dejado sitio para estancias largas. Los despide siempre con la promesa de mejor recepción para otras visitas, y la necesidad de mejorar el atractivo de la oferta para dar más pie a la compañía.
De vez en cuando ha acudido Atracción trayendo de su mano a Ilusión y han hecho buenas migas, han dejado algún desperfecto en la casa y han repudiado temporalmente a Tristeza, la única visita permanente que se permite. Pero aquellas emociones son culos de mal asiento, fugaces en su compañía y esporádicas en su estancia. Sin embargo, Tristeza es insistente, no permite que Rencor la deje sin sitio, siempre vuelve cuando se trata de rellenar espacios dejados por otros inquilinos temporales y nunca deja pasar la oportunidad de volver a acompañar a un ermitaño en su sofá.
En esas estaba cuando se abrieron de par en par las puertas de la casa y de su corazón, y un huracán entró con Furia, como quien viene a arrasarlo todo. Desbancó de su sitio a Desidia, que pasaba de vez en cuando, arrinconó a Hastío, que vagaba por la casa dando bocanadas de parsimonia, y echó a patadas a Autocompasión, que llevaba apoltronada años en su butaca.
Tal revolución trajo consigo un sinfín de invitados. Alegría, que llevaba mucho tiempo sin pasar por allí más que en momentos puntuales, se hizo un hueco permanente en la casa. Ilusión volvió aduciendo haber olvidado por qué se fue, y Deseo se presentó sin avisar para hacer propuestas indecentes. Esperanza llamó para decir que cuando quisieran quedaban, que ella estaba eternamente disponible. Y Felicidad, hermana mayor de Alegría, escribió para decir que intentaría volver a casa desde cualquier lejano lugar en el que estuviera dentro.
Miedo se recluyó en un rincón oscuro, como siempre que la luz invade las tinieblas que le gusta generar. De vez en cuando se asomaba desde alguna puerta, para mostrar fotos de Dolor, que siempre estaba dispuesto a ocupar cualquier recuerdo, y Duda se planteó si este cambio sería permanente, o sólo un vaivén más. Locura estaba desatada dando vueltas por la casa, y Sueño se mezclaba cada dos por tres en Imaginación para crear mundos imposibles de viajes y disfrute. Hasta al más recluido de los ascetas le perturbaría su conexión con Aislamiento semejante trasiego. Muchos estarían tentados de ceder su propiedad a Utopía.
Pero un convencido ermitaño sabe que toda esa reunión es efímera, y aunque contaba con el testimonio de Verdad, con el tiempo se asentaron las cosas. El huracán pasó a ser brisa y de ahí a soplido frío más interno que físico, dejando gélido el ambiente y congelado su interior. El calor generado por tanta compañía se apagó, huyeron los nuevos visitantes y regresó la Amargura a cobrar su alquiler. Soledad, Dolor y Tristeza reaparecieron para ocupar su sitio de primer orden en la casa, que se vació de luz y retornó a su estatus de solitaria casa de las sombras.
Pasada la fiesta momentánea, volvió la rutina. Recogidos los desperdicios y almacenados los recuerdos en algún cajón con Memoria, concluyó el ermitaño en reforzar su criterio primero: El Amor es traicionero, aunque sea (y sobre todo si es) Verdadero.
A veces, aunque quieras escribir, solo te salen letras vacías… Si se han sentido alguna vez así, espero que puedan llenarlas.
Vacío.
Siempre había tenido los ojos oscuros, con esa especie de brillo gastado de quien tiene lejanas constelaciones dentro de su mirada. Dicen que la cara es el espejo del alma, y si tienen razón, los ojos son su reflejo, y en los suyos comparecía a veces la Vía Láctea en forma de tensión en el nervio óptico.
Casi siempre fue pobre. No pobre como una rata, de buscar en los cubos de basura y ropa raída. Pobre de cerviz humillada y mirada oscura y triste, de aquellos que no creen que las cosas le puedan ir bien. A veces entre el marrón oscuro de sus pupilas se adivinaba un tono grisáceo parecido al tono sepia de las fotos antiguas, con un barniz de nostalgia decolorada asomando.
Habitualmente dormía en el lado izquierdo de la cama. En algunas épocas se despertaba absurdamente arrinconado en el borde del colchón, como si tuviera que dejar espacio a alguien que, previsiblemente, le asustaría si la encontrara durmiendo a su lado. A pesar de que no hubiera nadie, seguía durmiendo esquinado, como si esperara que, al menos en sueños, ella apareciera para ocupar ese hueco. Al aclarar su mirada en la oscuridad de la madrugada, soñaba que la chica de los mil inviernos fuera la responsable de la frialdad del inmenso hueco imposible de llenar en soledad.
De vez en cuando un destello de luz parecido a la ilusión relucía en su ojos, dando un poco de luz a su cara, y dejando entrever un poco de alegría en su mirar. Algunos decían que era el amor, y quizá tenían razón. El caso es que, mirándose en el espejo, descubría en su reflejo halos de emociones que daban vida a su visión de posguerra, y la sospecha de una esperanza por sentir amor y sentirse querido, como un niño que jugara feliz entre los escombros de un bombardeo.
De un tiempo a esta parte, sin embargo, su vista había perdido brillo y era más oscura que nunca. «Ya no brillas», le dijo una amiga hace tiempo. «Ya no te reluce la mirada». Y puede que tuviera razón. Lo que de vez en cuando eran fulgores de emoción contenida echando chispas por salir de sus cuencas, se parecía ahora más a la ceniza apagada sobre brasas que no hace mucho calentaban los temblores del frío invierno con visiones alucinadas de primavera.
Al enseñar las profundidades de su visión, había quien se escandalizaba por lo turbio de esta. Otros intentaban arrojarle luz para paliar la oscuridad. Incluso había quien lanzaba su maldición a esas oscuridades. Y puede que tuvieran razón.
El caso es que hoy, al mirarse cara a cara, no ve nada en su mirada. No es que esté a oscuras, ni que el tono de sus ojos haya cambiado. Es, pura y simplemente, que su mirada refleja lo que se ve dentro: un profundo agujero negro que ha absorbido toda su energía, toda su vida, y no deja escapar nada. Como La Nada de La Historia Interminable, su interior ha devorado del todo su existencia, dejando una envoltura que a duras penas cubre lo que no es posible, ni siquiera necesario cubrir: El Vacío
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!