Hace tiempo que no escribo, así que aquí les dejo unas letras con tiempo…

Tiempo

He vuelto a mirar al reloj del salón. Es como un gesto instintivo cuando entro en casa. No tiene ningún sentido. Desde la última vez que se quedó sin pilas, siempre marca la misma hora.

Una amiga me dijo una vez que no hacía falta estar muerto para no tener vida. Puedes seguir viviendo, desarrollar tu actividad laboral, social e incluso biológica, sin vivir. Parece un contrasentido. Pero ella se refería a la necesidad de que esa vida dignifique ser vivida.

“Hay mucha gente muerta que no lo sabe”. “Creen que viven, realizan actividades de su vida diaria, trabajan, hablan, respiran, van y vienen… Incluso ríen o lloran, y piensan que eso significa que están vivos». La primera vez que escuché su argumentación me sonó a broma. Con el tiempo la entendí un poco. Ahora lo entiendo. Demasiado tarde.

No basta con ver pasar el tiempo para saber que estás viviendo. De igual forma, no puedes fiarte de que el tiempo no pase para saber que no vives. Hay momentos que duran una eternidad, y eternidades que no merecen contar ni por un segundo.

Cada persona tiene algún momento en su vida en que se le paró el tiempo. Hay quien ni siquiera lo reconoce. Puedes darte cuenta mucho después, horas, días, semanas, meses… Incluso años. El caso es que, para algunas personas, las pilas se acabaron hace tiempo, y se empeñan en seguir latiendo como si su segundero moviera el mecanismo pero, si te paras un segundo, te das cuenta de que no avanzan.

El parón no es irreversible. Hay quien entiende la necesidad de cambiar las pilas, buscar otra motivación, o simplemente darle cuerda, al modo de los antiguos, para revivir el ritmo y continuar con el tic-tac perpetuo.

He pensado más de una vez en ponerle pilas al reloj. Sin embargo, una extraña sensación de inutilidad me impide hacerlo. Casi disfruto de la sorpresa constante de ver el reloj parado.

En épocas de inmediatez, de imágenes en bucle y en movimiento, es difícil concebir la quietud de un ciclo. Pero si enfocas tu vida como un objetivo fotográfico, y tienes la suficiente pericia, puedes descubrir que el segundero no se mueve desde hace tiempo, que el tic de mirar si ha avanzado en algún momento, como un reloj de salón sin pilas, no viene seguido del tac habitual que confirma la sospecha de movimiento.

Si estás enchufado te quedas parpadeante, como un reloj digital, esperando que algún gesto te vuelva a poner en hora. Y si eres capaz de coger el ritmo en marcha, como un reloj controlado por satélite, internet te marcará la hora exacta con la que equipararte al mundo de forma automática.

Pero hay todavía seres analógicos a los que el tiempo se les resiste, que no encuentran la actualización para modernizarse, y ese parón les deja fijos, anclados en la sensación de no poder seguir, de quedarse estáticos porque, después de lo vivido, no encuentran la forma de seguir girando. Es paradójico que, en una era de tiempo circular, aún haya alguien a quien el tiempo se le presente de forma lineal, y sientan el corte desde el cual solo se ve un abismo atemporal al recordar ese fatídico momento en que se dejó de latir, en que se cortó el tic-tac.

Esos corazones arrítmicos se descompasan en un mundo concebido para devorar segundos, latidos y vidas. El ritmo habitual no deja pararse a pensar en lo absurdo de mantener un bucle permanente sin final más aparente que la pérdida de energía hasta la quietud final. Es triste pensar que es solo cuestión de tiempo.

Mañana volveré a mirar el reloj del salón. Supongo que es un tic.