El hilo rojo

Letras en rojo, para retomar el hilo… que les guste

El hilo rojo.

Hace tiempo escuchó la teoría del hilo rojo, una leyenda oriental que cuenta que «Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper». «Así, dos personas unidas por el hilo rojo están destinadas a ser amantes, independientemente del momento, el lugar o la circunstancia».

Ya antes de conocer la leyenda pensaba que el amor era una suerte de mitología que enfocaba las ideas y la emociones hacia un destino superior, con el ánimo de hacer camino en la vida en pos de un fin utópico e inalcanzable.

Escuchó de boca de varios sabios que «la utopía no sirve para alcanzarla. Si camino diez pasos, ella se aleja cien. Si llego hasta la línea del horizonte, veré nuevos horizontes por recorrer. La utopía no se alcanza por más que camines». «¿Para qué sirve, entonces?», se preguntó. Y los sabios contestaron… «para eso… para caminar».

Así que cuando sufrió desengaños por amor pensó, en otra suerte de tópico autoayudesco, que «siempre que sucede, conviene». Y aunque siempre, tras una ruptura, se preguntó para qué demonios podía servir sufrir, expuso de forma cíclica su corazón al amor, a sabiendas de que el exponer algo, es el primer paso para que se rompa…

Cuando conoció la leyenda del hilo rojo, supuso que esa sensación de pesadez sobre sus hombros, ese lastre que le acompañaba y le hacía arrastrar una imaginaria y pesada carga de soledad, era consecuencia de la oxidación del cable, de la falta de lubricante hecho de ilusión, y de tirones que le traían neurosis innecesarias. Incluso se encontró, en alguna ocasión, echando de menos la cercanía y el cable tenso que hacía imaginar la proximidad, en el otro extremo, de ese amor verdadero que se presupone al otro lado. ¿Cómo se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido?

Con embargo, o embargado sin embargo, llegó hasta puntos de tensión del cable que le hacían pensar que se acercaba a su utopía, al horizonte desde donde contemplar el bello paisaje que auguraba el fin del camino. Pero al llegar a esos puntos tensos encontró, en esas tiranteces, nudos y recodos donde el cable cambiaba de dirección, y le incitaba de nuevo a seguir su ruta sin culminación visible.

Incluso llegó a zonas donde descansó al albor de cuerpos y almas que, supuso, eran el final del cable. Pero los besos más amargos son los que nunca se dan, o peor, los que no tienen continuación en otros besos hasta el final. «Tristes los hombres, si no mueren de amores, tristes, tristes», decía Miguel Hernández.

Con cada nuevo desengaño, dudó si seguir la ruta del hilo, cortarlo y lanzarlo lejos o, simplemente, enlazarlo a la rama de cualquier árbol y que ese mismo cable le sirviera de horca, aparcando por fin el sufrimiento de cada nueva distensión, nudo o recoveco del destino. En esos momentos de tristeza tan infinita como un ovillo enmarañado, sintió que quizá la desesperación era la punta del otro lado, el necesario fin del camino que le hiciera descansar. Le costó horrores desenredar ese ovillo, para encontrar al fin un nuevo cordón suelto que le llevara de nuevo al camino.

Pero, para su suerte o su desgracia, siempre encontró un cabo suelto que desechara la idea de un final. Y es que las musas, siguiendo el hilo de sus pensamientos, ya le dijeron que «un final bueno no tiene por qué ser apoteósico. La clave está en la interpretación». Y si ese cabo suelto interpreta que no es el final, habrá que seguir tirando del hilo…

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………

Miradas

En tiempos de miradas cínicas, y ojos que se ocultan, les dejo una mirada en letras… Que les guste

Miradas

La gente ya no mira a los ojos. Solemos andar mirando al móvil cubriendo nuestras ansias de información. Nos conectamos al mundo a costa de desconectarnos del nuestro.

Con las relaciones laborales pasa igual. En las reuniones de trabajo miramos al resto buscando apoyos y escrutamos con nuestra mirada de forma inquisidora a quien no piensa como nosotros. Buscamos sus trabas y sus puntos flacos para atacarlos y salir victoriosos. Es difícil mantener la mirada directamente al contrario ante un conflicto.

En las interacciones personales es aún peor. Tendemos a ocultar la mirada para no descubrir nuestras emociones. En un mundo de imágenes, superficial y cínico, las miradas profundas duelen demasiado dentro y demasiado intenso.

Preferimos el juego vacuo de la seducción, con pocas miradas a los ojos y mucho tanteo, ahora te miro solo cuando no me ves, si no me ves me atrevo a mirarte, si me miras aparto la vista… Jugamos a no mirarnos y a seguir hacia delante a ver qué pasa, sin pararnos a mirar.

Pero de vez en cuando surgen miradas, ya sea en una cafetería, en una oficina, en un bar a las tantas o en un sueño de camino a un castillo, que te hacen rebobinar. Puedes pasar la vida pensando en que esa mirada no significa nada, que todo son casualidades y que lo mejor es hacer la vista sorda a lo que te dijo el corazón.

Eso es, al menos, lo que suele hacer la gente normal. Miras a alguien a las tantas junto a la barra de un bar y sientes una descarga de energía. Normalmente esas señales pasan inadvertidas o, como mucho, se lo atribuyes al frío o a un mal trago. Incluso puedes justificar la punzada que te ha dado el pecho, deberías fumar menos, ya te quedas hasta sin aire. Puedes pasar por alto esa especie de conexión que parece haberte unido por un momento a una desconocida a la que puede que nunca vuelvas a ver. Te parece hasta absurdo sentir cosas como tristeza por no volver a ver esos ojos, culpabilidad por abandonarlos y hasta nostalgia de camino a casa. Normalmente, a pesar de esas señales, te sacudes el frío del latigazo y sigues con tu vida.

Como mucho, recuerdas esa mirada en algún momento, porque el destino te la vuelve a cruzar delante de tus ojos. Puede ser a través de otras personas, de una foto, o de un mensaje cualquiera buscando cualquier cosa. Aunque no hicieras caso al escalofrío que recorrió tu espalda esa noche, el destino es caprichoso, y no le importa tu punto de vista.

Pero hay gente más intensa, que vive en esas miradas la aventura de mil siglos de amores platónicos. Románticos empedernidos capaces de pasar horas al teléfono o escribiendo mensajes, compartiendo canciones o lanzando suspiros que contaminan el aire de amor a distancia. Dicen que los suspiros son aire del alma que sale para aflojar la presión. Por eso los flechazos te hacen suspirar constantemente.

A esa gente, intensa por naturaleza, le da más miedo que a nadie mirar. No es por cobardía. Suelen ser kamikazes que se lanzarían al abismo de unos ojos profundos solo por la ilusión de sentir. Pero, quizá por eso, han de controlar sus miradas, porque se exponen a desatar la explosión del volcán que oculta el interior de esos ojos.

Esas miradas son las culpables de la pérdida de conexión con la torre de control de la razón. Son las culpables de las taquicardias que preceden y suceden a un sincericidio, ya sea en forma de confesión, de un agarre de manos para huir a solas de una fiesta o de un beso robado a una musa entre música y alcohol. Son las culpables de los sueños que cumplen en la madrugada fantasías que no se cumplieron de noche. Son las culpables de estrechar los lazos invisibles que unen almas gemelas hasta asfixiar las distancias y las resistencias.

Con suerte, esas miradas que emborrachan noches completas, y hasta vidas enteras, dejan una huella más imborrable en la memoria que las de la resaca del día después. Si la mirada ha calado, palía la tristeza del que se ha ido, la sensación de abandono por irse y la nostalgia del no volver a verse. Si ha sido lo suficientemente fuerte, resistirá el paso del tiempo que pretende borrarla, o el roce de la razón que quiere despegarla de la emoción para arrinconarla en el olvido como un sueño imposible.

Y con más suerte aún, esa mirada establecerá una conexión ya imposible de borrar. Si al otro lado de esa mirada el hilo conductor conecta más allá de lo visto y encuentra dos almas mirándose, enlazará dos vidas de forma que el sexo, el amor y hasta el destino suenen a superficial. De una mirada, pasarán dos seres a ser uno.

Esas miradas se ven cada cierto tiempo. Es como un libro que lees por primera vez y piensas que ya lo habías leído. Y lo lees una y otra vez, siempre descubriendo algo nuevo, con una nueva mirada, pero ya sin recordar que hubo un día en que no estaba. De repente, es como si esas miradas siempre hubieran estado. Es como si todo este tiempo hubieran estado ahí, aunque no te hubieras dado cuenta. Puedes incluso echarlas de menos con una vez que te hayan mirado. Puedes hasta ver pasar toda la vida, de tu futuro a tu pasado, a través de esa mirada.

Esas miradas se dan solo fugazmente, y con gente jodidamente especial. Son miradas que rajan de arriba a abajo cualquier esquema mental. Su luz es como el cometa Halley, rompiendo la oscuridad momentáneamente. Solo queda dejar desbordar la emoción, sentirla, tocarla, disfrutarla… y Mirar.

Nota: El audio está hecho con medios precarios, perdonen las disculpas :)… La música es la BSO de Forrest Gump, y las referencias a canciones de Love of Lesbian y Leiva, un desliz 🙂

Historia entre dos parpadeos

Aquí dejo una historia soñada, o un sueño imaginado… Que les guste

Historia entre dos parpadeos, o La chica de los mil inviernos

Abro los ojos despacio, como si la madrugada pudiera dañarme las pupilas. La habitación está en total oscuridad, y mi cabeza siente, como cada vez que llega el frío, que ella me ocupa el lado vacío de mi cama.

Me la he encontrado en mis sueños más clarividentes desde hace mil inviernos. En cuanto se cuela en mis alucinaciones nocturnas, la noche se aclara y se me ilumina la cara hasta imaginar la duda de si esa felicidad es sueño o realidad. Su rostro, que no consigo recordar despierto, como buena musa que se oculta en mi interior, resplandece en mi duermevela como si fuera la más clara de las visiones que puedo enfocar.

Esta ilusión vuelve a impregnarse en mi colchón con cada amanecer helado. La frescura que me transmite me despierta y me emociona como si me taquicardiara el corazón a través de la almohada. Mis ojos se entornan entre la extrañeza y la añoranza. Sus ojos se clavan como alfileres en mis pupilas. Su boca sonríe hasta paralizar un “¿cómo estás?” en mi garganta. Cuando ya siento helarse mis venas hasta congelarme el sueño, no tengo más remedio que creer que estoy despierto, y que la vuelvo a tener frente a mí. La chica de los mil inviernos ha vuelto a encontrarme.

Tengo miedo a cerrar los ojos, aunque sea un parpadeo. Sé que en menos que surge una duda volverá el verano, olvidaré sus rasgos, y sufriré de nuevo el sopor del calor y el dolor del olvido. Se me acelera el pulso de forma incoherente, pues mi sangre se escarcha y mi rubor palidece. No puedo imaginar cómo ha vuelto. No quiero creer que sea verdad. No puedo soportar que sea de nuevo un sueño.

Es curioso que, cuando los días se alargan, la idea de pensarla se difumina y la luz real apaga las ensoñaciones basadas en su resplandor. El sopor del verano rezumando calor me satura de melatonina, completa mis baterías de sol y me acopia de energía para soportar el frescor de la noche helada. Con cada vuelta a las largas madrugadas vuelven los delirios que despierta mi insomnio, durmiendo sin descansar y asumiendo las tristezas de cada oasis de imaginación.

Ante la certeza de que la vuelvo a tener de nuevo enfrente, miles de pensamientos y emociones se cruzan entre las sábanas. El dolor del adiós, el deseo del reencuentro, la pasión de los días felices, el miedo al rechazo, la excitación de la ilusión… Ya me siento totalmente despierto, en mente y cuerpo, por fin me atrevo a parpadear… Al tiempo que mis ojos se cierran, paso mi mano sobre la parte de la cama en la que imagino que debería estar. Busco acariciar su cuerpo hasta hacerla estremecer, como ella ya ha hecho conmigo… y siento la congelación de la ilusión ante el vacío y el escalofrío al contraste entre mi piel, real y cálida, y ese amago de sueño glacial y abstracto.

Por eso me da miedo parpadear. Esperando que se materialice la ilusión, abro los ojos en dirección hacia el hueco vacío en la cama… No hay luz que más te ciegue, frescura que más te arda y energía que más te vulnere que una musa en tus sueños. Cada vez que vuelve, cualquier temperatura anterior parece soporífera. Por eso es tan adictiva. Por eso reverbera en mi interior cada vez que aparece. Por eso no quiero creerlo, aunque siempre acabo parpadeando y creyendo que la recordaré. Por eso su gélido recuerdo me envuelve hasta agrietarme el alma y la memoria.

Cuando llega el frío siempre está, esperando en mi interior, la búsqueda de la chica de los mil inviernos. Tengo que aprender a distinguir los sueños de la realidad. Debería aprender a renunciar a los deseos que solo puedo soñar. Al fin y al cabo, solo es una historia entre dos parpadeos.

La mitad del mango de un paraguas

Antiguo cuento platónico, con audio albaceteño… Que les guste

La mitad del mango de un paraguas

Todo empezó como acabó, a pedazos. Las primeras veces que ella pidió un cupón de lotería en el bar él ni siquiera se percató de la repetición de su presencia. Sería la clienta mil millones que le pedía que le diera un vaso de agua y un billete de ida a otra vida.

Con el paso de las ocasiones y de las estaciones, su visita se fue haciendo imprescindible. Cuando le pedía el vaso de agua acercaba deliberadamente su mano para rozarle los dedos. Con el tiempo él hasta creía sentir, antes de que ella entrara en el bar, sus pasos crujiendo sobre las hojas de otoño por la Gran Vía. Más de una vez ella se dejó el paraguas colgado en la barra. Él, al ver la mitad del mango aferrado al mostrador, sonreía, lo cogía y salía corriendo, solícito, para devolvérselo, y de paso, verla bajar desde Callao hacia Sol, perdiéndose entre la gente. Ella, agradecida, se marchaba contoneándose sobre sus tacones, sabedora de ser la admiración de su camarero.

Cuando ella le pidió pasar unos días en su casa, entre mudanza y mudanza, él ya sabía que no era para ocupar su sofá. La primera noche la pasaron separados por un tabique hasta que ella, de madrugada, le despertó para preguntarle si podía dormir con él, porque tenía frío. Él le dijo que no, porque no dormirían. Y tenía razón.

Sufrieron los devaneos y las locuras de una relación tormentosa durante meses. Poco a poco, pasaron del furor delicioso de la cama a la frialdad de la cocina. Él vaticinó en silencio la muerte de los orgasmos cuando comprobó que ya se encendían más uno frente al otro delante del horno, que uno sobre otro en la cama. La esquela se firmó cuando una tarde que ella fue a verle dejó el paraguas colgado en la barra, y él no se fijó hasta la hora de cerrar. Cuando volvió a casa ella no estaba, y su maleta tampoco.

Quién iba a decirle que echaría de menos el rodar de la persiana hacia el cielo, los reflejos de la luz en su cara despertándole, su caminar descalzo en busca de café y calor, su manía de dejarse todo olvidado. Esas cosas, que tanto le molestaban cuando ella estaba, eran las que más echó de menos los primeros días.

Eso, y ver, de vez en cuando, colgado en la barra, la mitad del mango de un paraguas.

Las Eras de la Energía

Aquí les dejo un cuento para que recarguen energías… Que les guste

 

Las Eras de la Energía

En tiempos inmemoriales, los antiguos humanos que asolaban la Tierra tenían la absurda idea de que podían esquilmar los recursos naturales en busca de energías que cubrieran sus necesidades de abrigo, alimentación, producción y progreso.

Con el tiempo y alguna bofetada de realidad en forma de cambio climático, catástrofes y demás avisos del planeta, los humanos se fueron convenciendo de que tenían que utilizar energías limpias, no contaminantes y más cercanas al equilibrio natural. El Sol, el viento y las mareas proporcionaron consuelo y esperanza a los humanos más desarrollados que establecieron lazos con la naturaleza.

Avanzada la evolución, en épocas más animadas, ciertas especies descubrieron combustibles más potentes: Las emociones. Se fijaron por defecto en el miedo, emoción común y dañina si se da en exceso, que provocaba picos de energía nunca vistos hasta entonces. Con una tecnificación propia de monstruos, exprimieron el miedo hasta extraer grandes reservas a costa del miedo de los exprimidos.

El siguiente paso en la evolución lo dio esa misma especie, centrándose por ironías del destino en otra emoción: la alegría. Si el miedo generaba cantidades ingentes de energía, la risa y sus añadidos provocaban un excedente que los seres vivos no podían soñar con tener. Gracias a la risa se provocó el primer banco planetario de energía, al que los planetas externos acudieron en busca de negociación y apoyo para paliar sus propias carencias energéticas.

Por medio de negocios interplanetarios se gestó una alianza entre mundos nunca vista. Por fin los planetas parecían encajar en un entorno mayor, siendo piezas del engranaje de una entidad universal superior.

Y en ese marco, en una reunión de esas entidades, iniciaron conversaciones dos gestores de energía de sus respectivos planetas. Por parte del planeta Oniria acudió una gestora soñadora y vivaz, que confirmaba el modelo de su mundo, lugar comunal de vivencia onírica que necesitaba de gran cantidad de energía para mantener vivos sus sueños colectivos. Por parte de Insomnia se personó un gestor estándar del planeta, solitario y con ojeras, necesitado de mucha energía para paliar el exceso de consumo ante las pocas horas de sueño acumuladas. Cada uno a su manera, buscaban cubrir sus necesidades energéticas. Pero el uso de la alegría ya había impregnado el mundo de los negocios de un talante más agradable y predispuesto a la solidaridad.

En cuanto se dio la presentación, las descargas de energía entre los dos gestores superó con creces la habitual en ese tipo de reuniones. Los acumuladores de energía, repartidos por toda la galaxia para registrar y recopilar la energía surgida de las relaciones interpersonales, marcaron una puntuación extrema en el gráfico. No había una razón muy destacable, el diálogo era entrecortado y estaba plagado de silencios y susurros. Ni siquiera había carcajadas que predispusieran a una sobredosis de energía, aunque sí sonrisas tímidas entre los gestores. Y suspiros. Había ciertos suspiros que provocaban saturación de luz y ruido de hipertensión.

Con el paso de los minutos, la abundancia de energía hizo imposible que la reunión continuara. A pesar de ello, dadas las buenas sensaciones que habían surgido del encuentro y el overbooking de energía generado, se decidió retomar conversaciones en un futuro cercano, ya fuera en planeta neutral, o a través de las telecomunicaciones.

No obstante, fue imposible reiniciar las negociaciones. En cada conversación, fuera en el formato que fuese, escrito, audiovisual, a través de versos o de sueños, siempre se daban episodios de hipertensión que provocaban la necesidad de terminar las reuniones de forma abrupta.

A modo de muestra, se adjuntan las cartas que ambos gestores se enviaron en algún momento de las negociaciones.

 

Querido gestor del planeta Insomnia,

Lamento comunicarle que, tras leer el documento que me adjunta en su anterior envío, no puedo hacerle una devolución crítica del mismo… 

Ha sido tal el ensimismamiento al leerlo que siento no poder ser objetiva en mi devolución. No obstante, le recomiendo buscar un analista más ecuánime para esta tarea. 

Por mi parte sólo puedo darle las gracias por crear tanta emoción con las palabras y por extraer, durante algunos segundos, toda la energía de esta realidad. Una vez más me ha hecho sonreír, soñar y amar con la lectura.

Para evitar un estallido energético que amenace a toda la galaxia me despido, no sin antes decirle que sería una lástima no compartir esta preciosidad con el resto de seres galácticos, y poder hacer partícipe al mundo de su teoría.

Con cariño, y predestinadamente conectados,

Oniria.

 

Estimada gestora del planeta Oniria:

Siento que no haya podido realizar la petición encomendada, entendiendo y asumiendo perfectamente sus razones. Durante la redacción del documento fueron muchas las emociones incontenibles que surgieron, y poco el control sobre la descripción de la situación que nos atañe, que yo mismo pude mantener.

Desde la gestoría de Insomnia trataremos de cotejar por otras fuentes el contenido del documento. Solo puedo reiterarle la veracidad de todo lo escrito, y verificar de nuevo que la crisis de energía llegará a su fin, puesto que lo generado entre nosotros ha supuesto una fuente perpetua e inagotable.

Con el solo hecho de imaginarla sonriendo, soñando y amando, cualquier documento, reunión, trabajo, tarea y hasta penitencia supondría una satisfacción.

En aras de la tranquilidad de la galaxia, intentaremos hacer partícipe al universo de los documentos aquí reflejados a su debido tiempo. Preferimos ceñirnos, de momento, al ámbito de lo privado, por la intimidad generada y por el celo de mantener la capacidad de control (el escaso control que podamos tener) sobre este overbooking de energía. Quede tranquila de que el universo disfrutará, en su momento, la desclasificación de estos documentos, por lo demás casi tan valiosos como una sonrisa de felicidad suya. Mientras tengamos esta, no nos preocupa la premura universal.

Irremediablemente suyo,

Insomnia

 

En tiempos de desarrollo tecnológico e investigación avanzada, alguna lumbrera quiso analizar el porqué de una reacción tan prolongada y extrema en los medidores. Visualizando las cintas del encuentro, así como en entrevistas individuales a ambos, se descubrieron como elementos más significativos taquicardias, ensimismamiento y suspiros continuados como las causas que explicaban esos picos registrados.

En última instancia, para corroborar las hipótesis, se provocó un nuevo encuentro entre ambos. La sobredosis de energía acumulada hizo temer a los estudiosos que fuera letal para ellos mismos y para la vida galáctica en general. Sucesivas exposiciones, ya intentando ser controladas a distancias prudenciales, provocaron más temor en los investigadores. Hubo que separarlos a la fuerza, en contra de su ya platónica y loca conexión, para evitar un estallido energético que amenazaba con volar el universo.

Tras varios experimentos, se confirmaron las sospechas: Los dos gestores estaban irremediablemente enamorados y predestinadamente conectados, a pesar del escaso tiempo compartido, la distancia sideral entre ellos y sus vidas aparentemente contrapuestas.

Este descubrimiento dio lugar a la elaboración de una teoría que, plasmada en posteriores investigaciones, confirmó lo que algunos ya sabían hace tiempo: El amor es la fuente de energía universal, completa e inagotable. Aún no se ha encontrado la forma de controlar esa explosividad, pero a través del estudio de las Eras de la Energía, gracias a la conexión de dos locos platónicos, se supo que el Amor era La Energía.

BSO: «Oniria e Insomnia» (Love Of Lesbian)

El Club de las Autoestimas Perdidas

Aquí dejo un regalo contra depresiones postvacacionales… Que les guste

El Club de las Autoestimas Perdidas

Se despertó en una habitación desconocida. Nunca recordaba lo que pasaba cuando la fiesta se desmadraba. Intentó recordar algún detalle a partir del entorno en el que estaba.

La habitación era señorial. Techos altos, edredón mullido, cama con dosel, madera en suelos y paredes… Desde luego, no era su apartamento. Al mirar debajo de sus sábanas y ver su desnudez se asustó. Solo se mantenía su ropa interior.

El resto de su ropa apareció sobre un banco de madera en la habitación, en apariencia recién lavada y colocada con cuidado. Sus vaqueros gastados, su camiseta descolorida y sus zapatillas raídas contrastaban con la elegante bancada de madera oscura donde alguien la había colocado con mimo. Su chaqueta roñosa colgaba de un elegante perchero de madera como una intrusa.

– “Eso no lo hice yo”. Cuando la noche se iba de las manos, tiraba la ropa en cualquier sitio al llegar, y dejaba el orden y la limpieza para su futuro yo, que la recogía y lavaba como parte de la penitencia de la resaca del día después mientras renegaba de su yo pasado.

Se vistió y salió del dormitorio, sintiéndose en la obligación de actuar con discreción. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni si tendría que salir por pies. Esperaba no haber ocupado sin permiso esa habitación tan poco acorde a su estilo, y no tener que dar muchas explicaciones de por qué estaba en ese sitio.

Al salir se topó con un pasillo afín a la estancia que abandonaba: enorme, ostentosamente decorado con madera y adornos dorados e iluminado con ventanales enfocados a un jardín ornamental lleno de verdor y de agua. Estaba en un primer piso desde donde se dominaba el vergel que ocupaba la planta baja, rodeado de un edificio rectangular con aspecto casi palaciego. Se asomó a una de las ventanas, y vio a algún paseante entre árboles bien cuidados y plantas decorativas. Se avergonzó y se apartó, temiendo descubrirse.

Avanzó por el pasaje admirando cuadros de personajes con gesto ilustre, pesados telares y otros adornos con apariencia cara y delicada de los que se iba apartando por temor a romperlos con su sola presencia. Encontró una escalera monumental, con dos bajadas curvas que confluían en un descansillo final enorme, un hall que podría ser del tamaño de su apartamento. La escalinata se delimitaba con pasamanos de mármol y estaba formada por escalones anchos cubiertos de una gruesa alfombra roja. Al final de la escalera se encontraba un ser que parecía inerte, alto y estirado, con un frac que realzaba su delgadez y su semblante inexpresivo.

– “Hola”, se atrevió a decir tímidamente. El ser inerte, que parecía ser un mayordomo, permaneció sin inmutarse.

Bajó la escalinata. En otro momento, hubiera bajado resbalando por el pasamanos, deslizándose hasta el final. Pero ni su ánimo, por lo demás confuso, ni la presencia de ese ser impasible, invitaban al juego.

– “Hola” repitió. El mayordomo, con el cuerpo rígido como un jarrón de los que adornaban el portón de entrada, y con igual apariencia de fragilidad, desvió ligeramente la vista.

– “Buenas tardes”. Debía ser suizo. Nunca había escuchado una voz tan neutra.

– “Disculpe, ¿podría decirme dónde estoy?”. El mayordomo no se inmutó. Podría estar acostumbrado a esa pregunta, o totalmente asombrado por dentro, pero su rostro permaneció impasible.

– “Si me acompaña, se lo explicaré mientras vamos al salón. Están esperando”. Tras recitar la frase como si fuera un robot, inició su marcha con pasos largos y rígidos a los que hubo de acoplarse para no quedarse atrás. Siguió por un enorme pasillo que salía del hall a ese ser que parecía un muñeco de cera apenas viviente.

– “Está usted en la sede del Club de las Autoestimas Perdidas” refirió el mayordomo como si leyera un prospecto médico. “Las nuevas incorporaciones del Club no suelen recordar cómo llegaron. Normalmente, un antiguo socio, al comprobar que es la persona adecuada, acompaña al aspirante hasta nuestras instalaciones”.

Había oído hablar del Club entre borracheras y discusiones de taberna. Pero no recordaba quién ni qué habían hecho que llegara hasta allí. Como si fuera un lector de mentes (o tal vez por la fuerza de la costumbre) el criado continuó respondiendo a preguntas que aún no había hecho:

– “Es lógico que no recuerde cómo llegó. La ubicación suele ser ocultada, y solo se accede en condiciones de embriaguez, tristeza extrema, ausencia de lucidez o inconsciencia. Debemos preservar la localización por la intimidad y la tranquilidad de nuestros socios”.

– “Pero… ¿yo pedí venir aquí?”. Según caminaba y hablaba empezó a recordar, como en sueños, un bar oscuro a altas horas de la madrugada, un viaje por carreteras recónditas y alguien comentándole algo parecido a una cura para sus males… Pero no podría asegurar haber elegido ir…

– “Puede marcharse cuando quiera” afirmó el mayordomo. “Pero normalmente las nuevas afiliaciones están predispuestas a conocer el proceso de admisión en el Club, porque ya tienen un bagaje que les empuja a quedarse”. Al llegar a una división de los pasillos, el mayordomo torció a la izquierda con la precisión de un guardia real.

Quería seguir haciendo muchas preguntas. Lo primero, si era muy cara la permanencia en el club. El aspecto del sitio, desde luego, daba la impresión de que la cuota no estaría a su alcance. Y segundo, qué requisitos tendría que cumplir para acceder, dato también inquietante, por no tener constancia de haber perdido su autoestima…

– “No debe preocuparse por el dinero, la estancia es gratuita”. El mayordomo se anticipó de nuevo a sus preguntas. “Y en cuanto a las necesidades de acceso, si ha accedido al Club es porque cumple con la premisa principal: Ha perdido su autoestima. El proceso de admisión se realizará para otorgarle el permiso de estancia”.

– “¿Permiso de estancia?”. La jerga técnica del Club sonaba algo extraña.

– “Hay miembros del Club con estancias intermitentes. Algunas personas acuden solo en fechas señaladas, como durante o tras las Navidades, en periodos posteriores a épocas de exámenes… El mismo San Valentín es una gran fecha para nosotros, el desamor es una fuente inagotable de socios… Tras rupturas sentimentales o en duelos… El Club estudia el caso de forma individual, y otorga carnets de forma minuciosa”. El mayordomo continuaba con su andar estirado y su charla protocolaria mientras seguía una dirección que parecía haber recorrido miles de veces. El camino parecía eterno, pero las dudas seguían surgiendo…

– “¿Y cómo mantienen todo esto? Parece caro. Un Club así lo esperaría en una sede ruinosa, lúgubre… Acorde al estado de ánimo de quien no tiene autoestima…”. Aún no creía que todo aquello fuera gratis.

– “Al contrario” –dijo el mayordomo. “La magnificencia de nuestras instalaciones sólo confirma que, por mucho que las necesidades materiales estén cubiertas sobradamente, una autoestima perdida impide disfrutar y disfrutarse aún en el mejor de los escenarios”. El mayordomo señaló el jardín, donde algún paseante con semblante taciturno parecía no ser capaz de deleitarse del bello camino entre plantas coloridas y árboles de hojas sedosas.

– “¿Y quién creo todo esto?”. Se seguían acumulando las dudas, y quería apurarlas antes de llegar al salón donde esperaban, sin saber qué o quién aguardaba.

– “Nuestro socio fundador fue el primer hombre en declarar perdida su autoestima”. Por primera vez pareció atisbarse un asomo de emoción en la voz del sirviente.  “Tras pasar años buscándola, invirtió lo que le quedaba de una cuantiosa fortuna en crear este Club”. Su voz seguía seca, pero ahora aparecían ciertos rescoldos de admiración. “Él y los primeros socios aportaron lo suficiente para que el Club pueda albergar a cualquier persona que necesite de sus cuidados”.

Caminar junto al criado transmitía tranquilidad, como una especie de guía reconfortante. Sin embargo, poco a poco notaba recaer de nuevo en el peso de sus problemas, en el recuerdo de su situación, mientras iba asumiendo que necesitaba ingresar en el Club. Sin pareja, en la ruina y sin amigos, más allá de los de taberna y los que le animaban a dar un giro a su vida por no poder soportar el agujero moral en que se escondía una y otra vez…. Empezó a pensar seriamente la idea de solicitar un carnet permanente…

– “De momento, se le otorgará un acceso intermitente”. O el mayordomo era médium, o tenía un serio problema para ocultar lo que pensaba. “Cuando el proceso finalice, se determinará qué tipo de acceso tendrá al Club”.

– “¿Y no hay forma de dejar de ser parte del Club? No es algo a lo que alguien quiera unirse para siempre…”.

– “No se preocupe. El Club sólo acoge a personas que lo necesitan. Si en algún momento alguien encuentra su autoestima, o si genera una nueva, se le invita a irse, aunque el carnet se mantiene, porque cuando se ha estado, se suele volver… A no ser que la autoestima encontrada o generada suponga un estado de amor propio tal, que derive en una autoestima permanente. Eso es un incumplimiento grave de las normas del Club, y provoca su expulsión ad eternum”.

– “Y ¿qué es lo que hay que hacer para que te expulsen para siempre? ¿Alguien lo ha hecho?”.

– “No debería decírselo. Va fatal para el negocio”. El sirviente había ido relajando un poco su tono, hasta parecer casi cómplice. La actitud de súplica pareció enternecer a ese ser adusto que había ido empatizando con su aspirante…

– “Encontrar el amor puro. El amor hacia un hijo, la lucha por una causa justa para la humanidad o el descubrimiento del amor verdadero son elementos que impiden que la autoestima se pierda nunca más”. Deteniéndose ante un portón gigante, el mayordomo invitó a entrar a su acompañante. Pero aún quedaba una pregunta…

– “¿Y qué pasó con el fundador del Club? ¿Aún sigue aquí?

– “Lamentablemente no… Encontró a su alma gemela. Hubo que pedirle que nos abandonara. Si la gente supiera que el fundador averiguó la forma de destruirlo para siempre… Sería el fin del Club”.