En tiempos de miradas cínicas, y ojos que se ocultan, les dejo una mirada en letras… Que les guste
Miradas
La gente ya no mira a los ojos. Solemos andar mirando al móvil cubriendo nuestras ansias de información. Nos conectamos al mundo a costa de desconectarnos del nuestro.
Con las relaciones laborales pasa igual. En las reuniones de trabajo miramos al resto buscando apoyos y escrutamos con nuestra mirada de forma inquisidora a quien no piensa como nosotros. Buscamos sus trabas y sus puntos flacos para atacarlos y salir victoriosos. Es difícil mantener la mirada directamente al contrario ante un conflicto.
En las interacciones personales es aún peor. Tendemos a ocultar la mirada para no descubrir nuestras emociones. En un mundo de imágenes, superficial y cínico, las miradas profundas duelen demasiado dentro y demasiado intenso.
Preferimos el juego vacuo de la seducción, con pocas miradas a los ojos y mucho tanteo, ahora te miro solo cuando no me ves, si no me ves me atrevo a mirarte, si me miras aparto la vista… Jugamos a no mirarnos y a seguir hacia delante a ver qué pasa, sin pararnos a mirar.
Pero de vez en cuando surgen miradas, ya sea en una cafetería, en una oficina, en un bar a las tantas o en un sueño de camino a un castillo, que te hacen rebobinar. Puedes pasar la vida pensando en que esa mirada no significa nada, que todo son casualidades y que lo mejor es hacer la vista sorda a lo que te dijo el corazón.
Eso es, al menos, lo que suele hacer la gente normal. Miras a alguien a las tantas junto a la barra de un bar y sientes una descarga de energía. Normalmente esas señales pasan inadvertidas o, como mucho, se lo atribuyes al frío o a un mal trago. Incluso puedes justificar la punzada que te ha dado el pecho, deberías fumar menos, ya te quedas hasta sin aire. Puedes pasar por alto esa especie de conexión que parece haberte unido por un momento a una desconocida a la que puede que nunca vuelvas a ver. Te parece hasta absurdo sentir cosas como tristeza por no volver a ver esos ojos, culpabilidad por abandonarlos y hasta nostalgia de camino a casa. Normalmente, a pesar de esas señales, te sacudes el frío del latigazo y sigues con tu vida.
Como mucho, recuerdas esa mirada en algún momento, porque el destino te la vuelve a cruzar delante de tus ojos. Puede ser a través de otras personas, de una foto, o de un mensaje cualquiera buscando cualquier cosa. Aunque no hicieras caso al escalofrío que recorrió tu espalda esa noche, el destino es caprichoso, y no le importa tu punto de vista.
Pero hay gente más intensa, que vive en esas miradas la aventura de mil siglos de amores platónicos. Románticos empedernidos capaces de pasar horas al teléfono o escribiendo mensajes, compartiendo canciones o lanzando suspiros que contaminan el aire de amor a distancia. Dicen que los suspiros son aire del alma que sale para aflojar la presión. Por eso los flechazos te hacen suspirar constantemente.
A esa gente, intensa por naturaleza, le da más miedo que a nadie mirar. No es por cobardía. Suelen ser kamikazes que se lanzarían al abismo de unos ojos profundos solo por la ilusión de sentir. Pero, quizá por eso, han de controlar sus miradas, porque se exponen a desatar la explosión del volcán que oculta el interior de esos ojos.
Esas miradas son las culpables de la pérdida de conexión con la torre de control de la razón. Son las culpables de las taquicardias que preceden y suceden a un sincericidio, ya sea en forma de confesión, de un agarre de manos para huir a solas de una fiesta o de un beso robado a una musa entre música y alcohol. Son las culpables de los sueños que cumplen en la madrugada fantasías que no se cumplieron de noche. Son las culpables de estrechar los lazos invisibles que unen almas gemelas hasta asfixiar las distancias y las resistencias.
Con suerte, esas miradas que emborrachan noches completas, y hasta vidas enteras, dejan una huella más imborrable en la memoria que las de la resaca del día después. Si la mirada ha calado, palía la tristeza del que se ha ido, la sensación de abandono por irse y la nostalgia del no volver a verse. Si ha sido lo suficientemente fuerte, resistirá el paso del tiempo que pretende borrarla, o el roce de la razón que quiere despegarla de la emoción para arrinconarla en el olvido como un sueño imposible.
Y con más suerte aún, esa mirada establecerá una conexión ya imposible de borrar. Si al otro lado de esa mirada el hilo conductor conecta más allá de lo visto y encuentra dos almas mirándose, enlazará dos vidas de forma que el sexo, el amor y hasta el destino suenen a superficial. De una mirada, pasarán dos seres a ser uno.
Esas miradas se ven cada cierto tiempo. Es como un libro que lees por primera vez y piensas que ya lo habías leído. Y lo lees una y otra vez, siempre descubriendo algo nuevo, con una nueva mirada, pero ya sin recordar que hubo un día en que no estaba. De repente, es como si esas miradas siempre hubieran estado. Es como si todo este tiempo hubieran estado ahí, aunque no te hubieras dado cuenta. Puedes incluso echarlas de menos con una vez que te hayan mirado. Puedes hasta ver pasar toda la vida, de tu futuro a tu pasado, a través de esa mirada.
Esas miradas se dan solo fugazmente, y con gente jodidamente especial. Son miradas que rajan de arriba a abajo cualquier esquema mental. Su luz es como el cometa Halley, rompiendo la oscuridad momentáneamente. Solo queda dejar desbordar la emoción, sentirla, tocarla, disfrutarla… y Mirar.
Nota: El audio está hecho con medios precarios, perdonen las disculpas :)… La música es la BSO de Forrest Gump, y las referencias a canciones de Love of Lesbian y Leiva, un desliz 🙂
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!
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