Letras en rojo, para retomar el hilo… que les guste
El hilo rojo.
Hace tiempo escuchó la teoría del hilo rojo, una leyenda oriental que cuenta que «Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper». «Así, dos personas unidas por el hilo rojo están destinadas a ser amantes, independientemente del momento, el lugar o la circunstancia».
Ya antes de conocer la leyenda pensaba que el amor era una suerte de mitología que enfocaba las ideas y la emociones hacia un destino superior, con el ánimo de hacer camino en la vida en pos de un fin utópico e inalcanzable.
Escuchó de boca de varios sabios que «la utopía no sirve para alcanzarla. Si camino diez pasos, ella se aleja cien. Si llego hasta la línea del horizonte, veré nuevos horizontes por recorrer. La utopía no se alcanza por más que camines». «¿Para qué sirve, entonces?», se preguntó. Y los sabios contestaron… «para eso… para caminar».
Así que cuando sufrió desengaños por amor pensó, en otra suerte de tópico autoayudesco, que «siempre que sucede, conviene». Y aunque siempre, tras una ruptura, se preguntó para qué demonios podía servir sufrir, expuso de forma cíclica su corazón al amor, a sabiendas de que el exponer algo, es el primer paso para que se rompa…
Cuando conoció la leyenda del hilo rojo, supuso que esa sensación de pesadez sobre sus hombros, ese lastre que le acompañaba y le hacía arrastrar una imaginaria y pesada carga de soledad, era consecuencia de la oxidación del cable, de la falta de lubricante hecho de ilusión, y de tirones que le traían neurosis innecesarias. Incluso se encontró, en alguna ocasión, echando de menos la cercanía y el cable tenso que hacía imaginar la proximidad, en el otro extremo, de ese amor verdadero que se presupone al otro lado. ¿Cómo se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido?
Con embargo, o embargado sin embargo, llegó hasta puntos de tensión del cable que le hacían pensar que se acercaba a su utopía, al horizonte desde donde contemplar el bello paisaje que auguraba el fin del camino. Pero al llegar a esos puntos tensos encontró, en esas tiranteces, nudos y recodos donde el cable cambiaba de dirección, y le incitaba de nuevo a seguir su ruta sin culminación visible.
Incluso llegó a zonas donde descansó al albor de cuerpos y almas que, supuso, eran el final del cable. Pero los besos más amargos son los que nunca se dan, o peor, los que no tienen continuación en otros besos hasta el final. «Tristes los hombres, si no mueren de amores, tristes, tristes», decía Miguel Hernández.
Con cada nuevo desengaño, dudó si seguir la ruta del hilo, cortarlo y lanzarlo lejos o, simplemente, enlazarlo a la rama de cualquier árbol y que ese mismo cable le sirviera de horca, aparcando por fin el sufrimiento de cada nueva distensión, nudo o recoveco del destino. En esos momentos de tristeza tan infinita como un ovillo enmarañado, sintió que quizá la desesperación era la punta del otro lado, el necesario fin del camino que le hiciera descansar. Le costó horrores desenredar ese ovillo, para encontrar al fin un nuevo cordón suelto que le llevara de nuevo al camino.
Pero, para su suerte o su desgracia, siempre encontró un cabo suelto que desechara la idea de un final. Y es que las musas, siguiendo el hilo de sus pensamientos, ya le dijeron que «un final bueno no tiene por qué ser apoteósico. La clave está en la interpretación». Y si ese cabo suelto interpreta que no es el final, habrá que seguir tirando del hilo…
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Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!