La farera

La farera

Dedicado a esas fareras que alumbran el camino…

La farera

Se refugió en ese trabajo anacrónico y solitario hace tanto tiempo que ya no se recuerda la razón.

El motivo principal podría ser que tiene fotofobia, y el hecho de alumbrar a los barcos contrarresta el daño que le provoca la luz. Algo así como una luminosa compensación, ofreciendo a los navegantes la claridad que ella no puede disfrutar. Por eso trabaja de noche y se esconde en las entrañas del faro de día.

Algún lugareño porfía que se volvió loca cuando un antiguo amor se suicidó lanzándose por el acantilado, y que por eso pasa las noches alumbrando las rocas, con la esperanza de encontrarle entre la espuma de las olas, arrastrado por la pleamar.

También podría ser que, al ser un poco bruja, alegorice echando luz a las sombras del océano, ya que en su fuero interno también lo hace con los designios de la gente. La luminosidad que regala a los barcos por la noche para guiar su camino y apartarlos de la muerte entre las rocas, es la misma que brinda a las solteras desesperadas y a las viudas desconsoladas que van al faro esperando que lea en sus manos un nuevo amor que ilumine sus sombras. Ella es cariñosa y esquiva la desilusión.  Todas abandonan el faro con la sensación de que su desesperanza tiene un resquicio, que hay un halo de luz en medio de la negrura.

Nadie sabe a ciencia cierta el porqué de su voluntario encierro, y nadie conoce a la farera lo suficiente para saber si está loca o no. Los que la frecuentan, aunque sean asiduos, no saben descifrar si sus ojos brillan en la oscuridad, o es un reflejo permanente del faro, impregnado en sus retinas con el paso de los años. Los que no la conocen inventan historias sobre su pasado, y vaticinan, como si fueran la farera, un mal final para sus días de soledad, asociando su fin con una muerte trágica.

Sin embargo, nadie comenta nada cuando la ven bajar, una vez a la semana, con su ropa apolillada y sus andares de mediana edad, a la tienda del pueblo en busca de alimentos. Siempre poca cosa, algunas frutas y verduras, a veces pescado, nunca carne. “Para carne ya tengo bastante con la mía”, le dijo al tendero una vez que se la ofreció. Otro misterio, pues tira más bien a flaca, aunque guarda buena figura. Alguna lata de atún cuando un gato pasa una temporada por el faro. Y velas, siempre velas. Antes compraba antipolillas, pero desistió, acostumbrándose a tener agujeros en su ropa

Cuando yo conocí su historia ya llevaba un tiempo desaparecida. Cuentan que la última vez que el farol costero alumbró la noche fue aquella en que una plaga de polillas atravesó el pueblo. Al parecer las altas temperaturas habían variado su ruta de África a Finlandia, haciéndolas recalar en el pueblo al cruzar el charco. Una nube de sombras negras se cernió sobre el haz de luz del faro.

Lo que de inicio pareció un revuelo de pequeños murciélagos se convirtió al poco en una tormenta de insectos, con nubarrones que se estrellaban contra los cristales del faro. Tal era el fragor de la plaga, que los cristales, ya desgastados, empezaron a resquebrajarse y cayeron a plomo al suelo, generando truenos acristalados y lluvia de chispas en el acantilado. De todas las casas con niños del pueblo llegaban llantos desconsolados. De repente el faro dejó de alumbrar hasta el amanecer, en que se hizo inútil su giro brillante.

Algunas madres acudieron a agradecer a la farera que decidiera apagar el reclamo de las polillas, que huyeron en busca de otras luces, quedando algunas a última hora adormecidas por el frío, el amanecer y el rocío. Las aldeanas no encontraron a nadie. El faro estaba cerrado, y la farera no contestó a sus llamadas a voces.

Una inspección de la compañía dueña del faro determinó abandono del lugar de trabajo y la despidió, pero como el faro era su única dirección conocida, en el buzón se acumularon las cartas de despido. Los pueblerinos apostaron por su desaparición tras su amado en las rocas del acantilado. Hubo algún iluminado que sugirió que la noche de la plaga la farera se descompuso en un ciclón de mariposas nocturnas, y que era su metamorfosis lo que esperaba durante tantos años en la oscuridad del faro, marchándose con sus compañeras cuando vinieron a buscarla.

Sea como fuere, la farera desapareció. La compañía dueña del faro lo abandonó a su suerte, y acabó siendo un lugar donde las solteras iban a pedir marido, las viudas un nuevo amor, y las madres, protección para sus hijos ante cualquier infortunio. Aún hay quien, en las noches de tormenta, cree vislumbrar un rayo girando alrededor del faro, aunque lo más probable es que sea un relámpago, porque nunca volvió a haber polillas en el faro, ni luz que alumbrara a los barcos.

 

Publicado en «Entre cuentos y versos».
Ilustración de Santiago López Rivara.

Café amargo

Café amargo

Café amargo

Tomando un café antes de salir camino del trabajo, los ritmos y los sonidos entrechocan en la cabeza, ejerciendo de acicates para el recuerdo. El crepitar del café bullendo en la cafetera impregna de vapor la cocina y te humedece la piel y la memoria.

El gorgoteo del agua ennegrecido cayendo a borbotones sobre la taza te recuerda las lagunas de negrura donde nadaste una noche de oscuridad y ocupación de propiedad privada en las madrugadas calurosas de verano. Choca la emoción de esas noches con la plácida monotonía que acompaña al desayuno matinal, somnoliento aún, a la espera de que la cafeína estimule tu vitalidad y aplaque el cansancio.

Al probar el café, el primer regusto amargo no te espanta como antes. Te extraña que la amargura espesa de la taza ya no sea tan difícil de tragar. Contrasta la dificultad para endulzar el brebaje, cuando en otros momentos el dulzor del azúcar y el de la vida se agradecían y paladeaban con facilidad. “Va a resultar que saboreo mejor las amarguras que las dulzuras”, piensas. El tintineo de la cucharilla te hace recordar los desayunos de la infancia, donde el chocolate y las galletas llenaban tus inicios de energía, y tu paladar de ánimo. Al volver al presente deduces que por mucho edulcorante que añadas, los recuerdos y el café saben mejor sin aditivos.

Lees el periódico con poco entusiasmo, dispuesto a no creerte mucho de lo que cuenta. ¡Qué fácil les resulta exagerar a los signos de exclamación! ¡Cómo les gusta ironizar a las “comillas”! ¡Cómo tergiversan los signos de puntuación! El recuerdo de los cuentos de verano se mezcla con esas letras, resonando en tu cerebro los tebeos, las novelas juveniles, las primeras aventuras en letras, que te envolvían y te llevaban a mundos irreales y deliciosos… Con tanta evocación, no encaja tu sonrisa ante las atrocidades que escupen los diarios, así que recompones el rostro, a tu pesar.

Fregando la taza del desayuno encuentras posos de café y restos de miga de galletas en el fondo del cuenco. También en el fondo, la memoria enlaza el momento con los grumos de recuerdos que se dispersan en tu mente, cuando en vez de camino del trabajo, te lanzabas a la vida infantil del colegio y el estudio con la ilusión de quien descubre algo nuevo, una nueva mañana radiante y esperanzadora. Eso sí que es difícil de conseguir ahora, y te preguntas si era el café o es tu ánimo el que está amargo.

Publicado en web el martes, 29 de octubre de 2013.
Publicado en «Entre Cuentos y Versos» (2017).

Presentación de ‘Entre cuentos y versos’ y lectura de poemas en Malpica de Tajo

Presentación de ‘Entre cuentos y versos’ y lectura de poemas en Malpica de Tajo

Como sabéis, el 2 de septiembre presenté mi último libro: ‘Entre cuentos y versos’. Una vez más, tuve el placer de leer una selección de mis poemas y cuentos en ‘La tasca Foto’. Allí nos reunimos un buen número de familiares, amigos y curiosos que tuvieron a bien acercarse a saludarme y escuchar alguno de mis escritos.

Os agradezco el interés que habéis mostrado y os animo a seguirme en mi nueva web y en mi blog, donde seguiré subiendo mis trabajos.

Y si no pudisteis venir, os dejo una galería de fotos. ¡Nos vemos pronto!

Ya no

Ya no

En el Día Internacional de la Poesía, quería recordar unas letras que escribí con la intención de desahogarme, y acabaron siendo parte del primer libro que publiqué… Sean benevolentes, y ¡Que viva la poesía!

Ya no

Esbozan sonrisas
los rostros marchitos
escriben con prisas
poetas malditos.

Eligen la muerte
desprecian la vida.
Perece la suerte
el alma la esquiva.

¿Por qué ser poeta
si ya no hay color?
¿Por qué, si la meta
ya no es el amor?

La risa se pudre
del rostro marchito.
Ya no la descubre
el poeta maldito.

La muerte ya tienta,
la vida se acaba.
La suerte no alienta,
el alma se apaga.

¿Por qué ser poeta
si ya no hay color?
¿Por qué, si la meta
ya no es el amor?

Escribe, poeta,
y sufre en tus versos.
Ya no tienes meta.
Ya quiebran tus huesos.
Ya fallan las letras.
Ya no quedan besos.

Bendito Caos

Hacía casi un año que no escribía. Bueno, más bien, que no publicaba nada aquí. A veces te puede el pudor más que la necesidad de exponerse al juicio público, aún con un público agradecido.

El caso es que he encontrado, entre el caos de papeles y letras que se esconde entre mis órdenes desordenados, unas letras que vienen a removerme sin saber muy bien de qué planeta vinieron, o de qué musa nacieron.

Así estamos. Bendito caos

Bendito caos

Ya no nos vemos tan poco como antes,
ahora nos vemos aún menos.
Seguramente yo tenga más culpa;
siempre luché poco por lo nuestro,
diría que por todo,
y supongo que tú te cansas
de ser quien siempre busque huecos
para encajarme en tu vida, por lo demás ocupada.

Mi tendencia, de natural egoísta,
me hace enfadarme
cuando no te tengo para mí solo.
Es absurdo, lo sé,
como pretender ser el único
que ve una estrella fugaz.
En vez de celoso por compartirlo,
debería sentirme afortunado por verlo.

De vez en cuando me asalta la culpa
y me surgen las ganas,
no necesariamente en ese orden.
Si eso coincide
con la confluencia de los astros,
y la alineación de planetas
apunta a mi centro,
se da el eclipse de sol
y se cruzan nuestras órbitas.
De ahí salen los más maravillosos big bangs.

La teoría del caos se apodera de mi vida.
Giran en mi cabeza horarios,
planes y descuadres,
hasta que todo el puzzle
salta por los aires
y la locura alborota insomnios,
sábanas, corazones y alma.
Maldito caos
del que nace la incertidumbre,
el remover de entrañas,
el aflorar de emociones,
y el abismos de los agujeros más negros.

Bendito caos.