Blue Monday

Me atrevo a compartirlo para confirmar que los lunes tristes también se pueden superar… Que les guste

Blue Monday

El tercer lunes de enero es considerado
como el día más deprimente del año.
La vuelta a las rutinas, al ritmo de vida
del que cada día quieres huir ha vuelto.

Atrás quedan días de supuesta ilusión,
de cambios, de buenos propósitos.
De nuevo el ciclo se inicia, hasta carnavales
semanas santas, y primaveras que hagan salir nuevos brotes.

A mí no me hace falta tener un tercer lunes
para que me duela la vida.
Ya se encarga ella misma de recordarme periódicamente
sus blues y sus mondays, aunque sea domingo en rojo.

Me duelen las disputas, los odios,
las ausencias y los escombros
de los proyectos de vida edificados y derrumbados.
La vida es lo que pasa mientras hacemos planes, dicen.

A mí me suena más a lo que pierdes mientras intentas ganar
tiempo, momentos, disfrute, o simplemente escapar
de esas rutinas, de lo cotidiano
a lo que vuelvo y de lo que huyo,
lo que echo de menos al perderlo, y de más al tenerlo,
del sufrimiento reiterado y del vacío autoimpuesto.

No me encuentro las ganas de rebelarme
contra el blue monday
aún sabiendo que es una farsa.
La frialdad me envenena, el frío me aletarga.
Me cuesta abrirme al calor de otros cuerpos, y de otras almas
cuando la mía propia se pudre y me congela.
Tristes lunes, si los martes se antojan iguales.

Escrito hace unos cuantos «Blue Mondays»…

El Club de las Autoestimas Perdidas

Aquí dejo un regalo contra depresiones postvacacionales… Que les guste

El Club de las Autoestimas Perdidas

Se despertó en una habitación desconocida. Nunca recordaba lo que pasaba cuando la fiesta se desmadraba. Intentó recordar algún detalle a partir del entorno en el que estaba.

La habitación era señorial. Techos altos, edredón mullido, cama con dosel, madera en suelos y paredes… Desde luego, no era su apartamento. Al mirar debajo de sus sábanas y ver su desnudez se asustó. Solo se mantenía su ropa interior.

El resto de su ropa apareció sobre un banco de madera en la habitación, en apariencia recién lavada y colocada con cuidado. Sus vaqueros gastados, su camiseta descolorida y sus zapatillas raídas contrastaban con la elegante bancada de madera oscura donde alguien la había colocado con mimo. Su chaqueta roñosa colgaba de un elegante perchero de madera como una intrusa.

– “Eso no lo hice yo”. Cuando la noche se iba de las manos, tiraba la ropa en cualquier sitio al llegar, y dejaba el orden y la limpieza para su futuro yo, que la recogía y lavaba como parte de la penitencia de la resaca del día después mientras renegaba de su yo pasado.

Se vistió y salió del dormitorio, sintiéndose en la obligación de actuar con discreción. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni si tendría que salir por pies. Esperaba no haber ocupado sin permiso esa habitación tan poco acorde a su estilo, y no tener que dar muchas explicaciones de por qué estaba en ese sitio.

Al salir se topó con un pasillo afín a la estancia que abandonaba: enorme, ostentosamente decorado con madera y adornos dorados e iluminado con ventanales enfocados a un jardín ornamental lleno de verdor y de agua. Estaba en un primer piso desde donde se dominaba el vergel que ocupaba la planta baja, rodeado de un edificio rectangular con aspecto casi palaciego. Se asomó a una de las ventanas, y vio a algún paseante entre árboles bien cuidados y plantas decorativas. Se avergonzó y se apartó, temiendo descubrirse.

Avanzó por el pasaje admirando cuadros de personajes con gesto ilustre, pesados telares y otros adornos con apariencia cara y delicada de los que se iba apartando por temor a romperlos con su sola presencia. Encontró una escalera monumental, con dos bajadas curvas que confluían en un descansillo final enorme, un hall que podría ser del tamaño de su apartamento. La escalinata se delimitaba con pasamanos de mármol y estaba formada por escalones anchos cubiertos de una gruesa alfombra roja. Al final de la escalera se encontraba un ser que parecía inerte, alto y estirado, con un frac que realzaba su delgadez y su semblante inexpresivo.

– “Hola”, se atrevió a decir tímidamente. El ser inerte, que parecía ser un mayordomo, permaneció sin inmutarse.

Bajó la escalinata. En otro momento, hubiera bajado resbalando por el pasamanos, deslizándose hasta el final. Pero ni su ánimo, por lo demás confuso, ni la presencia de ese ser impasible, invitaban al juego.

– “Hola” repitió. El mayordomo, con el cuerpo rígido como un jarrón de los que adornaban el portón de entrada, y con igual apariencia de fragilidad, desvió ligeramente la vista.

– “Buenas tardes”. Debía ser suizo. Nunca había escuchado una voz tan neutra.

– “Disculpe, ¿podría decirme dónde estoy?”. El mayordomo no se inmutó. Podría estar acostumbrado a esa pregunta, o totalmente asombrado por dentro, pero su rostro permaneció impasible.

– “Si me acompaña, se lo explicaré mientras vamos al salón. Están esperando”. Tras recitar la frase como si fuera un robot, inició su marcha con pasos largos y rígidos a los que hubo de acoplarse para no quedarse atrás. Siguió por un enorme pasillo que salía del hall a ese ser que parecía un muñeco de cera apenas viviente.

– “Está usted en la sede del Club de las Autoestimas Perdidas” refirió el mayordomo como si leyera un prospecto médico. “Las nuevas incorporaciones del Club no suelen recordar cómo llegaron. Normalmente, un antiguo socio, al comprobar que es la persona adecuada, acompaña al aspirante hasta nuestras instalaciones”.

Había oído hablar del Club entre borracheras y discusiones de taberna. Pero no recordaba quién ni qué habían hecho que llegara hasta allí. Como si fuera un lector de mentes (o tal vez por la fuerza de la costumbre) el criado continuó respondiendo a preguntas que aún no había hecho:

– “Es lógico que no recuerde cómo llegó. La ubicación suele ser ocultada, y solo se accede en condiciones de embriaguez, tristeza extrema, ausencia de lucidez o inconsciencia. Debemos preservar la localización por la intimidad y la tranquilidad de nuestros socios”.

– “Pero… ¿yo pedí venir aquí?”. Según caminaba y hablaba empezó a recordar, como en sueños, un bar oscuro a altas horas de la madrugada, un viaje por carreteras recónditas y alguien comentándole algo parecido a una cura para sus males… Pero no podría asegurar haber elegido ir…

– “Puede marcharse cuando quiera” afirmó el mayordomo. “Pero normalmente las nuevas afiliaciones están predispuestas a conocer el proceso de admisión en el Club, porque ya tienen un bagaje que les empuja a quedarse”. Al llegar a una división de los pasillos, el mayordomo torció a la izquierda con la precisión de un guardia real.

Quería seguir haciendo muchas preguntas. Lo primero, si era muy cara la permanencia en el club. El aspecto del sitio, desde luego, daba la impresión de que la cuota no estaría a su alcance. Y segundo, qué requisitos tendría que cumplir para acceder, dato también inquietante, por no tener constancia de haber perdido su autoestima…

– “No debe preocuparse por el dinero, la estancia es gratuita”. El mayordomo se anticipó de nuevo a sus preguntas. “Y en cuanto a las necesidades de acceso, si ha accedido al Club es porque cumple con la premisa principal: Ha perdido su autoestima. El proceso de admisión se realizará para otorgarle el permiso de estancia”.

– “¿Permiso de estancia?”. La jerga técnica del Club sonaba algo extraña.

– “Hay miembros del Club con estancias intermitentes. Algunas personas acuden solo en fechas señaladas, como durante o tras las Navidades, en periodos posteriores a épocas de exámenes… El mismo San Valentín es una gran fecha para nosotros, el desamor es una fuente inagotable de socios… Tras rupturas sentimentales o en duelos… El Club estudia el caso de forma individual, y otorga carnets de forma minuciosa”. El mayordomo continuaba con su andar estirado y su charla protocolaria mientras seguía una dirección que parecía haber recorrido miles de veces. El camino parecía eterno, pero las dudas seguían surgiendo…

– “¿Y cómo mantienen todo esto? Parece caro. Un Club así lo esperaría en una sede ruinosa, lúgubre… Acorde al estado de ánimo de quien no tiene autoestima…”. Aún no creía que todo aquello fuera gratis.

– “Al contrario” –dijo el mayordomo. “La magnificencia de nuestras instalaciones sólo confirma que, por mucho que las necesidades materiales estén cubiertas sobradamente, una autoestima perdida impide disfrutar y disfrutarse aún en el mejor de los escenarios”. El mayordomo señaló el jardín, donde algún paseante con semblante taciturno parecía no ser capaz de deleitarse del bello camino entre plantas coloridas y árboles de hojas sedosas.

– “¿Y quién creo todo esto?”. Se seguían acumulando las dudas, y quería apurarlas antes de llegar al salón donde esperaban, sin saber qué o quién aguardaba.

– “Nuestro socio fundador fue el primer hombre en declarar perdida su autoestima”. Por primera vez pareció atisbarse un asomo de emoción en la voz del sirviente.  “Tras pasar años buscándola, invirtió lo que le quedaba de una cuantiosa fortuna en crear este Club”. Su voz seguía seca, pero ahora aparecían ciertos rescoldos de admiración. “Él y los primeros socios aportaron lo suficiente para que el Club pueda albergar a cualquier persona que necesite de sus cuidados”.

Caminar junto al criado transmitía tranquilidad, como una especie de guía reconfortante. Sin embargo, poco a poco notaba recaer de nuevo en el peso de sus problemas, en el recuerdo de su situación, mientras iba asumiendo que necesitaba ingresar en el Club. Sin pareja, en la ruina y sin amigos, más allá de los de taberna y los que le animaban a dar un giro a su vida por no poder soportar el agujero moral en que se escondía una y otra vez…. Empezó a pensar seriamente la idea de solicitar un carnet permanente…

– “De momento, se le otorgará un acceso intermitente”. O el mayordomo era médium, o tenía un serio problema para ocultar lo que pensaba. “Cuando el proceso finalice, se determinará qué tipo de acceso tendrá al Club”.

– “¿Y no hay forma de dejar de ser parte del Club? No es algo a lo que alguien quiera unirse para siempre…”.

– “No se preocupe. El Club sólo acoge a personas que lo necesitan. Si en algún momento alguien encuentra su autoestima, o si genera una nueva, se le invita a irse, aunque el carnet se mantiene, porque cuando se ha estado, se suele volver… A no ser que la autoestima encontrada o generada suponga un estado de amor propio tal, que derive en una autoestima permanente. Eso es un incumplimiento grave de las normas del Club, y provoca su expulsión ad eternum”.

– “Y ¿qué es lo que hay que hacer para que te expulsen para siempre? ¿Alguien lo ha hecho?”.

– “No debería decírselo. Va fatal para el negocio”. El sirviente había ido relajando un poco su tono, hasta parecer casi cómplice. La actitud de súplica pareció enternecer a ese ser adusto que había ido empatizando con su aspirante…

– “Encontrar el amor puro. El amor hacia un hijo, la lucha por una causa justa para la humanidad o el descubrimiento del amor verdadero son elementos que impiden que la autoestima se pierda nunca más”. Deteniéndose ante un portón gigante, el mayordomo invitó a entrar a su acompañante. Pero aún quedaba una pregunta…

– “¿Y qué pasó con el fundador del Club? ¿Aún sigue aquí?

– “Lamentablemente no… Encontró a su alma gemela. Hubo que pedirle que nos abandonara. Si la gente supiera que el fundador averiguó la forma de destruirlo para siempre… Sería el fin del Club”.

Calcetines

En estos días de frío les presto estas letras con calcetines… Abríguense, y que les guste

Calcetines

Solía tener unos calcetines enormes de pelo gordo cerca de su cama. Se los ponía antes de dormir, porque siempre se le quedaban los pies fríos.

Cuando empecé a quedarme a dormir en su casa, me sorprendía que pudiera desnudarse tan rápido para follar, y que sin embargo acabara poniéndose los calcetines después de hacerlo. Me parecía algo antierótico.

A mí los calcetines siempre me estorbaron. Me los pongo al revés, para no notar las costuras. Y en cuanto puedo ando descalzo, aún a riesgo de parecer un piesnegros al final del día.

Con el tiempo y la confianza, le pregunté por qué hacía eso. Por qué podía hundir sus pies desnudos en la arena húmeda de la playa, pasar el día en sandalias y hasta pasear por la casa en chanclas, pero tenía que refugiarse en esos calcetines al meterse en la cama. Me explicó que no conseguía dormir con los pies desnudos. De hecho, solía regañarme  cuando iba descalzo por la playa, por la casa y por cualquier sitio, hasta por la cama. A pesar de ser muy escrupuloso con mi higiene, y lavarme los pies antes de calzarme o de colarme en sus sábanas, ella me reprochaba en broma mi nudismo podal.

Llegado un momento, hicimos un pacto. Yo tenía que llevar los calcetines puestos durante el día, y ella se los quitaría al entrar en la cama. A cambio de que se los quitara, me comprometí a calentar su piel desnuda con la mía. Al fin y al cabo, pretendía hacer lo mismo cada noche con mis labios en los suyos.

Hubo noches de verdadero furor entre nuestras pieles. Desnudé sus pies, y las demás partes cubiertas, y  los acaricié como si fuera una costumbre, aunque en realidad era un vicio. Nuestros pies, y otros miembros, desprendían electricidad como si produjéramos energía. Provoqué calor desde sus capas más externas hasta sus entrañas. Se incendiaba entre mis dedos y mi boca desde el escalofrío del cariño al temblor del éxtasis, pasando por la tensión agónica de la lujuria. Su piel ardió hasta mojar mis labios con los suyos. Incluso logré provocarle una hipertensión y estiramiento de todos los dedos de los pies, en relación a cierto momento de placer. Pero sus pies seguían estando fríos.

Me llegó a doler el roce helado de sus pies en los míos, hasta el punto de pedirla que volviera a ponerse sus calcetines. Con ellos perdía naturalidad la caricia entre nuestros dedos, pero al menos ella entraba en calor y yo podía dormir. Lo consideré un mal menor.

Yo mantuve mi promesa de tener los pies cubiertos por mis calcetines, hasta llegar a ponérmelos para dormir, aunque mantuve mi manía de ponérmelos al revés. A veces, al cruzarnos, rozábamos nuestras prendas. Ya solo se notaba la electricidad estática por el roce de telas independientes.

No sabía que la vuelta de los calcetines envolvía nuevas costuras que, al final, nos deshilacharían de frío nuestras fibras.

Pedazos

Hoy es el día dedicado a la lucha por la eliminación de las violencias machistas. Para mí ese día debería ser cada día… Pero sirva esto como homenaje a todas esas Pedazo de Mujeres que conozco y para las que, aun sin conocerlas, luchan cada día contra esa lacra…

Pedazos

Era una mujer hecha pedazos. Las pérdidas, las parejas y la vida en general fueron arrancando fragmentos de sí misma hasta descomponerla en un puzzle de lágrimas y dolor. Paradójicamente, la gente le exigía rehacer ese rompecabezas para demostrar la entereza que no tenía.
Intentó resolver el puzzle a varias manos. Buscó apoyo y consuelo en quienes se ofrecieron a recomponerla. Sintió varias veces que reformaban su estructura, modelaban sus partes y reformulaban su cuerpo y su alma. Se sintió obligada a encajar en moldes que limaban sus aristas, exacerbaban sus curvas y rebajaban sus fisuras.
Una y otra vez deformó sus ilusiones por acoplarse a lo que el novio de turno, el mundo en general o las expectativas de allegados o alejados le marcaban. Y una y otra vez sintió resquebrajarse su voluntad y su forma, desmenuzándose de nuevo hasta derrumbarse como una escultura estampada contra la realidad. Es difícil encajar en marcos rígidos cuando la vida y la sangre se derraman por los bordes.
Tras tantas rupturas, fragmentada una y otra vez su silueta y su esperanza, decidió recoger sus trozos y ajustarse al único patrón que nunca había seguido: Sus propias ideas para formarse su opinión, y sus propias manos para acariciar las grietas que dejaban sus piezas. Empezó a elegir por sí misma quiénes ayudaban a formar su puzle, sugiriendo opciones en vez de imponiendo encajes. Tomó por costumbre mantener su forma aún a costa de no encajar en los estándares de belleza, asumiendo que su libertad desbordaba los cuadros y los pedestales para su exhibición, y se expuso desafiante al mundo como una pieza inacabada con resquicios, cortes y fisuras…
Y de esa amalgama de pedazos surgió, por fin y para siempre, un precioso y único Pedazo de Mujer.

En Toledo, a 25 de noviembre de 2018.

Aunque

Aunque

Aunque

Aunque sea por compromiso
la sonrisa de la camarera.
Aunque sus ojos verdes
me miren sin mirar de veras.

Aunque todas las huidas
no sean suficientes para olvidarlo.
Aunque mil baños en la playa
no me limpien los recuerdos.

Aunque sea martes
y se me hagan largas las tardes.
Aunque me pase los días
viendo barcos, y no me embarque.

Aunque ya no lo sepa
Y me olvide de nada.
Aunque ya no me sirva
y me diga que no valga.

Aunque me lo niegue a veces
y me lo afirme bajito.
Aunque se me haya roto el molde
y no sepa reconstruirlo.

Aunque Quique González
me reprima los olvidos.
Aunque Ismael Serrano
me destroce mis mitos.

Aunque Almería se seque
y acabe deshidratado.
Aunque el Cabo me queme
y salga de Gata escaldado.

Aunque me duela la vida
y repiquen en la playa las rocas…
Aún quedan letras que escuecen
aunque me tomen por loca.

Escrito en julio de 2018, en Carboneras, Almería

Aunque tengan unos meses, hoy era el momento de publicar estos versos… Felicidades, Ana