por dany | Dic 7, 2018 | Cuentos
En estos días de frío les presto estas letras con calcetines… Abríguense, y que les guste
Calcetines
Solía tener unos calcetines enormes de pelo gordo cerca de su cama. Se los ponía antes de dormir, porque siempre se le quedaban los pies fríos.
Cuando empecé a quedarme a dormir en su casa, me sorprendía que pudiera desnudarse tan rápido para follar, y que sin embargo acabara poniéndose los calcetines después de hacerlo. Me parecía algo antierótico.
A mí los calcetines siempre me estorbaron. Me los pongo al revés, para no notar las costuras. Y en cuanto puedo ando descalzo, aún a riesgo de parecer un piesnegros al final del día.
Con el tiempo y la confianza, le pregunté por qué hacía eso. Por qué podía hundir sus pies desnudos en la arena húmeda de la playa, pasar el día en sandalias y hasta pasear por la casa en chanclas, pero tenía que refugiarse en esos calcetines al meterse en la cama. Me explicó que no conseguía dormir con los pies desnudos. De hecho, solía regañarme cuando iba descalzo por la playa, por la casa y por cualquier sitio, hasta por la cama. A pesar de ser muy escrupuloso con mi higiene, y lavarme los pies antes de calzarme o de colarme en sus sábanas, ella me reprochaba en broma mi nudismo podal.
Llegado un momento, hicimos un pacto. Yo tenía que llevar los calcetines puestos durante el día, y ella se los quitaría al entrar en la cama. A cambio de que se los quitara, me comprometí a calentar su piel desnuda con la mía. Al fin y al cabo, pretendía hacer lo mismo cada noche con mis labios en los suyos.
Hubo noches de verdadero furor entre nuestras pieles. Desnudé sus pies, y las demás partes cubiertas, y los acaricié como si fuera una costumbre, aunque en realidad era un vicio. Nuestros pies, y otros miembros, desprendían electricidad como si produjéramos energía. Provoqué calor desde sus capas más externas hasta sus entrañas. Se incendiaba entre mis dedos y mi boca desde el escalofrío del cariño al temblor del éxtasis, pasando por la tensión agónica de la lujuria. Su piel ardió hasta mojar mis labios con los suyos. Incluso logré provocarle una hipertensión y estiramiento de todos los dedos de los pies, en relación a cierto momento de placer. Pero sus pies seguían estando fríos.
Me llegó a doler el roce helado de sus pies en los míos, hasta el punto de pedirla que volviera a ponerse sus calcetines. Con ellos perdía naturalidad la caricia entre nuestros dedos, pero al menos ella entraba en calor y yo podía dormir. Lo consideré un mal menor.
Yo mantuve mi promesa de tener los pies cubiertos por mis calcetines, hasta llegar a ponérmelos para dormir, aunque mantuve mi manía de ponérmelos al revés. A veces, al cruzarnos, rozábamos nuestras prendas. Ya solo se notaba la electricidad estática por el roce de telas independientes.
No sabía que la vuelta de los calcetines envolvía nuevas costuras que, al final, nos deshilacharían de frío nuestras fibras.
por dany | Nov 25, 2018 | Cuentos
Hoy es el día dedicado a la lucha por la eliminación de las violencias machistas. Para mí ese día debería ser cada día… Pero sirva esto como homenaje a todas esas Pedazo de Mujeres que conozco y para las que, aun sin conocerlas, luchan cada día contra esa lacra…
Pedazos
Era una mujer hecha pedazos. Las pérdidas, las parejas y la vida en general fueron arrancando fragmentos de sí misma hasta descomponerla en un puzzle de lágrimas y dolor. Paradójicamente, la gente le exigía rehacer ese rompecabezas para demostrar la entereza que no tenía.
Intentó resolver el puzzle a varias manos. Buscó apoyo y consuelo en quienes se ofrecieron a recomponerla. Sintió varias veces que reformaban su estructura, modelaban sus partes y reformulaban su cuerpo y su alma. Se sintió obligada a encajar en moldes que limaban sus aristas, exacerbaban sus curvas y rebajaban sus fisuras.
Una y otra vez deformó sus ilusiones por acoplarse a lo que el novio de turno, el mundo en general o las expectativas de allegados o alejados le marcaban. Y una y otra vez sintió resquebrajarse su voluntad y su forma, desmenuzándose de nuevo hasta derrumbarse como una escultura estampada contra la realidad. Es difícil encajar en marcos rígidos cuando la vida y la sangre se derraman por los bordes.
Tras tantas rupturas, fragmentada una y otra vez su silueta y su esperanza, decidió recoger sus trozos y ajustarse al único patrón que nunca había seguido: Sus propias ideas para formarse su opinión, y sus propias manos para acariciar las grietas que dejaban sus piezas. Empezó a elegir por sí misma quiénes ayudaban a formar su puzle, sugiriendo opciones en vez de imponiendo encajes. Tomó por costumbre mantener su forma aún a costa de no encajar en los estándares de belleza, asumiendo que su libertad desbordaba los cuadros y los pedestales para su exhibición, y se expuso desafiante al mundo como una pieza inacabada con resquicios, cortes y fisuras…
Y de esa amalgama de pedazos surgió, por fin y para siempre, un precioso y único Pedazo de Mujer.
En Toledo, a 25 de noviembre de 2018.
por dany | Nov 7, 2018 | Versos
Aunque
Aunque sea por compromiso
la sonrisa de la camarera.
Aunque sus ojos verdes
me miren sin mirar de veras.
Aunque todas las huidas
no sean suficientes para olvidarlo.
Aunque mil baños en la playa
no me limpien los recuerdos.
Aunque sea martes
y se me hagan largas las tardes.
Aunque me pase los días
viendo barcos, y no me embarque.
Aunque ya no lo sepa
Y me olvide de nada.
Aunque ya no me sirva
y me diga que no valga.
Aunque me lo niegue a veces
y me lo afirme bajito.
Aunque se me haya roto el molde
y no sepa reconstruirlo.
Aunque Quique González
me reprima los olvidos.
Aunque Ismael Serrano
me destroce mis mitos.
Aunque Almería se seque
y acabe deshidratado.
Aunque el Cabo me queme
y salga de Gata escaldado.
Aunque me duela la vida
y repiquen en la playa las rocas…
Aún quedan letras que escuecen
aunque me tomen por loca.

Escrito en julio de 2018, en Carboneras, Almería
Aunque tengan unos meses, hoy era el momento de publicar estos versos… Felicidades, Ana
por dany | Nov 3, 2018 | Cuentos
Tostada
Lleva bastante tiempo tomando tostadas para desayunar. Se lo aconsejó una dietista para darle solución a su agobio con no sé qué sobrepeso. Ella siempre quiso perder lo que consideraba que eran kilos de más. Yo seguía encantado de disfrutar cada una de sus curvas.
Desde entonces desayuna tostadas. Suele embadurnarlas con algo de queso y mermelada. Lo hace de forma suave, como acariciando el pan. Por la forma en que esparce los ingredientes sobre la rebanada dorada parecería casi que va a exponer su obra una vez terminada, en vez de comérsela. Suelo ponerme nervioso por la calma con la que hace las cosas. Pero verla expandir el blanco del queso y superponer encima la confitura me transmite paz.
Admiro su dulzura hasta para la preparación del desayuno. Utiliza la misma ternura al extender la mermelada que para deslizar sus dedos sobre mi piel en los días fríos. Y la sensación de cariño y de escalofrío a la vez se entremezcla tanto entre las sábanas como entre las volutas de miga del pan.
Yo suelo realizar el mismo proceso, pero desde la premura y la violencia. Acuchillo el pan con la cucharilla, pretendiendo impregnar lo antes posible los poros del panecillo. Relleno los huecos, termino la preparación cuanto antes, devoro con ansia las tostadas y engullo el café con rapidez. Ella me mira, entre somnolienta y curiosa, mientras ensarto con mi arma redondeada al pobre chusco que suele ser machacado y rellenado antes de hacerlo desaparecer con mi hambre ansiosa.
Siempre la meto prisa para que acabe de desayunar, pero ella no cede en sus pretensiones. Desayuna tranquila y vive sosegada. Solo ella decide qué cala hondo en su ser. Mi estrés y mis prisas se quedan en su superficie y le resbalan como resbala la mermelada en su pan. A veces la descubro llorando por una flor muerta o por los colores de un atardecer. Y sin embargo, mi ira y mi ansiedad no le provocan el más mínimo efecto. Igual que al rellenar mis tostadas, me gustaría calar hondo y deprisa en sus pensamientos, en sus entrañas y en sus vergüenzas. Pero no consigo impregnarme en ella tan pronto y tan profundo. Al fin y al cabo, solo estamos en el desayuno.
La delicadeza en sus formas y la suavidad en su actitud me condena a veces a la desesperación. En varias ocasiones la he puesto en duda, comparando su piel dorada y su mente calmada con su desayuno, “no sé quién está más tostada”. Invariablemente, ante esta invitación a la lucha, ella me mira con cuidado, termina de masticar y ejecuta la sentencia con la que se acaba la discusión: “mejor tostada que quemada”.
por dany | Sep 13, 2018 | Cuentos
Aquí les dejo un cuento en formato de ruina, para que lo construyan cuando quieran
Ruinas
A este paseo no se llevó a nadie, porque no sabía cuándo volvería, ni el camino a seguir. Ni siquiera tenía claras las fuerzas que tenía para emprender ese viaje. Simplemente se dejó llevar.
A ratos el camino le resultaba familiar, no en vano había salido desde zona conocida. Los primeros compases fueron cómodos y a buen ritmo. Pronto dejó la parte reconocible del camino y se vio ante la coyuntura de seguir por terreno inexplorado o volver al territorio que ya controlaba, repasar pasos ya pisados y encontrarse con los lugares bonitos que le ofrecían sus pasajes cotidianos.
Aun así, una fuerza interior le empujó por la senda peligrosa. Ante la duda de estar preparado para el viaje, fue dejando alguna marca por si se perdía en el camino.
A medida que se adentró más en el camino desconocido, el ambiente se fue haciendo más escabroso y triste. Costaba creer que esa ruta, cercana a zonas luminosas y rebosantes de vida, tuviera un aspecto tan lúgubre y desangelado. Poco a poco el recorrido fue haciéndose más estrecho, los zigzags escondían más oscuridad tras cada recodo, y lo que antes era curiosidad por algo nuevo empezaba a ser angustia por lo que pudiera encontrarse.
Tras una de las curvas del camino, la angostura dio paso a un claro enorme, donde se apilaban montones de bloques de lo que antes pareció ser una fortaleza. En diversas zonas se agrupaban enormes estructuras semiderruídas, algunas con cierta forma aun de lo que anteriormente pudo ser un fortín indestructible. A la vista del presente, no parecía tal. Se asemejaba más a un vestigio de épocas antiguas por el que sentir compasión, dado el estado de destrucción y abandono, más que respeto por lo imponente de la antigua fortificación.
Ante el destrozo observado, la primera reacción fue abandonar ese triste reducto del pasado. Pero, a la vista que era algo que le tocaba más de cerca de lo que creía (era un lugar muy próximo a sus lugares comunes) se imaginó reconstruyendo el antiguo edificio.
Tras las dudas iniciales, pronto se decidió a convertirlo en un recuerdo de triunfos pasados, y como gesto de que las ruinas bien podían servir como cimientos de un nuevo esplendor.
Dudó si pedir a alguien que le ayudara en su empeño. En principio desechó la idea. Quizá las antiguas ruinas no eran dignas de atravesar ese camino tortuoso, pero la nueva edificación que planeaba crear sería algo digno de mostrar.
A partir de entonces, regularmente se desviaba de sus rutas comunes para atravesar el camino tenebroso que conducía a sus ruinas. Poco a poco fue aclarando zonas y levantando antiguos muros. A veces pensaba en dejarlos opacos, sin huecos, para que no hubiera posibilidad de ataque o daño interno. Pero cuando levantaba demasiado los tabiques le agobiaba la cerrazón, la desconexión con el exterior, y siempre dejaba algún resquicio por el que se colara el aire.
Con el tiempo fue tomando forma una nueva fortaleza. No parecía tan imponente como lo pudiera ser la pasada, pero tenía cierto aspecto de firmeza y seguridad. Cuando se vio preparado, incluso permitió que alguna compañía le ayudara a continuar la construcción. Siempre fue reacio a confiar su secreto, así que permitía a los foráneos, por más confianza que tuvieran, acceder con cuentagotas y sin saber muy bien cómo llegar hasta allí.
Según llegaba el fin de su construcción, recorría los senderos zigzagueantes y tenebrosos como guiado por una luz interior. Ya no le asustaba cruzar esos caminos angostos. Había una meta que cumplir, una obra por culminar.
Cuando la fortaleza estuvo lista, se sintió orgulloso en secreto. Tenía un aspecto robusto, era agradable a la vista, quizá algo parca en detalles, pero resistente y con aspecto de funcionar bien como cobijo para quien se acercara.
Se vio en la tesitura de cualquier creador ante su obra: ¿Guardarla para sí mismo, a salvo de miradas furtivas, críticas feroces y posibles ataques, y así disfrutarla en soledad? ¿O enseñarla al mundo, exponer su creación para el disfrute de todos, y enorgullecerse por haber hecho algo grande de una ruina? Ambas decisiones le daban miedo. Quienes le habían ayudado tenían derecho a ver la creación terminada, y quizá a personas desconocidas podría gustarles lo creado. Pero el sentimiento de posesión y orgullo interno eran difíciles de compartir. Casi le daba más vergüenza ahora compartir su fuerte, que mostrar las antiguas ruinas.
Es lo que tiene adentrarse en tu interior más oscuro. El camino hasta allí es difícil y tortuoso. Tus ruinas no te parecen dignas de ser mostradas. El trabajo para reconstruirlas es duro, y hasta la forja de tu fuerte te da vergüenza. Solo puedes esperar que haya quien te ayude a reconstruir, que te veas con fuerza para rehacer lo que se destruyó, aunque pareciera indestructible, y que decidas si quieres enseñar al mundo tu fortaleza.

Escrito en San José, Almería, el 30 de julio de 2018.