Las Eras de la Energía

Aquí les dejo un cuento para que recarguen energías… Que les guste

 

Las Eras de la Energía

En tiempos inmemoriales, los antiguos humanos que asolaban la Tierra tenían la absurda idea de que podían esquilmar los recursos naturales en busca de energías que cubrieran sus necesidades de abrigo, alimentación, producción y progreso.

Con el tiempo y alguna bofetada de realidad en forma de cambio climático, catástrofes y demás avisos del planeta, los humanos se fueron convenciendo de que tenían que utilizar energías limpias, no contaminantes y más cercanas al equilibrio natural. El Sol, el viento y las mareas proporcionaron consuelo y esperanza a los humanos más desarrollados que establecieron lazos con la naturaleza.

Avanzada la evolución, en épocas más animadas, ciertas especies descubrieron combustibles más potentes: Las emociones. Se fijaron por defecto en el miedo, emoción común y dañina si se da en exceso, que provocaba picos de energía nunca vistos hasta entonces. Con una tecnificación propia de monstruos, exprimieron el miedo hasta extraer grandes reservas a costa del miedo de los exprimidos.

El siguiente paso en la evolución lo dio esa misma especie, centrándose por ironías del destino en otra emoción: la alegría. Si el miedo generaba cantidades ingentes de energía, la risa y sus añadidos provocaban un excedente que los seres vivos no podían soñar con tener. Gracias a la risa se provocó el primer banco planetario de energía, al que los planetas externos acudieron en busca de negociación y apoyo para paliar sus propias carencias energéticas.

Por medio de negocios interplanetarios se gestó una alianza entre mundos nunca vista. Por fin los planetas parecían encajar en un entorno mayor, siendo piezas del engranaje de una entidad universal superior.

Y en ese marco, en una reunión de esas entidades, iniciaron conversaciones dos gestores de energía de sus respectivos planetas. Por parte del planeta Oniria acudió una gestora soñadora y vivaz, que confirmaba el modelo de su mundo, lugar comunal de vivencia onírica que necesitaba de gran cantidad de energía para mantener vivos sus sueños colectivos. Por parte de Insomnia se personó un gestor estándar del planeta, solitario y con ojeras, necesitado de mucha energía para paliar el exceso de consumo ante las pocas horas de sueño acumuladas. Cada uno a su manera, buscaban cubrir sus necesidades energéticas. Pero el uso de la alegría ya había impregnado el mundo de los negocios de un talante más agradable y predispuesto a la solidaridad.

En cuanto se dio la presentación, las descargas de energía entre los dos gestores superó con creces la habitual en ese tipo de reuniones. Los acumuladores de energía, repartidos por toda la galaxia para registrar y recopilar la energía surgida de las relaciones interpersonales, marcaron una puntuación extrema en el gráfico. No había una razón muy destacable, el diálogo era entrecortado y estaba plagado de silencios y susurros. Ni siquiera había carcajadas que predispusieran a una sobredosis de energía, aunque sí sonrisas tímidas entre los gestores. Y suspiros. Había ciertos suspiros que provocaban saturación de luz y ruido de hipertensión.

Con el paso de los minutos, la abundancia de energía hizo imposible que la reunión continuara. A pesar de ello, dadas las buenas sensaciones que habían surgido del encuentro y el overbooking de energía generado, se decidió retomar conversaciones en un futuro cercano, ya fuera en planeta neutral, o a través de las telecomunicaciones.

No obstante, fue imposible reiniciar las negociaciones. En cada conversación, fuera en el formato que fuese, escrito, audiovisual, a través de versos o de sueños, siempre se daban episodios de hipertensión que provocaban la necesidad de terminar las reuniones de forma abrupta.

A modo de muestra, se adjuntan las cartas que ambos gestores se enviaron en algún momento de las negociaciones.

 

Querido gestor del planeta Insomnia,

Lamento comunicarle que, tras leer el documento que me adjunta en su anterior envío, no puedo hacerle una devolución crítica del mismo… 

Ha sido tal el ensimismamiento al leerlo que siento no poder ser objetiva en mi devolución. No obstante, le recomiendo buscar un analista más ecuánime para esta tarea. 

Por mi parte sólo puedo darle las gracias por crear tanta emoción con las palabras y por extraer, durante algunos segundos, toda la energía de esta realidad. Una vez más me ha hecho sonreír, soñar y amar con la lectura.

Para evitar un estallido energético que amenace a toda la galaxia me despido, no sin antes decirle que sería una lástima no compartir esta preciosidad con el resto de seres galácticos, y poder hacer partícipe al mundo de su teoría.

Con cariño, y predestinadamente conectados,

Oniria.

 

Estimada gestora del planeta Oniria:

Siento que no haya podido realizar la petición encomendada, entendiendo y asumiendo perfectamente sus razones. Durante la redacción del documento fueron muchas las emociones incontenibles que surgieron, y poco el control sobre la descripción de la situación que nos atañe, que yo mismo pude mantener.

Desde la gestoría de Insomnia trataremos de cotejar por otras fuentes el contenido del documento. Solo puedo reiterarle la veracidad de todo lo escrito, y verificar de nuevo que la crisis de energía llegará a su fin, puesto que lo generado entre nosotros ha supuesto una fuente perpetua e inagotable.

Con el solo hecho de imaginarla sonriendo, soñando y amando, cualquier documento, reunión, trabajo, tarea y hasta penitencia supondría una satisfacción.

En aras de la tranquilidad de la galaxia, intentaremos hacer partícipe al universo de los documentos aquí reflejados a su debido tiempo. Preferimos ceñirnos, de momento, al ámbito de lo privado, por la intimidad generada y por el celo de mantener la capacidad de control (el escaso control que podamos tener) sobre este overbooking de energía. Quede tranquila de que el universo disfrutará, en su momento, la desclasificación de estos documentos, por lo demás casi tan valiosos como una sonrisa de felicidad suya. Mientras tengamos esta, no nos preocupa la premura universal.

Irremediablemente suyo,

Insomnia

 

En tiempos de desarrollo tecnológico e investigación avanzada, alguna lumbrera quiso analizar el porqué de una reacción tan prolongada y extrema en los medidores. Visualizando las cintas del encuentro, así como en entrevistas individuales a ambos, se descubrieron como elementos más significativos taquicardias, ensimismamiento y suspiros continuados como las causas que explicaban esos picos registrados.

En última instancia, para corroborar las hipótesis, se provocó un nuevo encuentro entre ambos. La sobredosis de energía acumulada hizo temer a los estudiosos que fuera letal para ellos mismos y para la vida galáctica en general. Sucesivas exposiciones, ya intentando ser controladas a distancias prudenciales, provocaron más temor en los investigadores. Hubo que separarlos a la fuerza, en contra de su ya platónica y loca conexión, para evitar un estallido energético que amenazaba con volar el universo.

Tras varios experimentos, se confirmaron las sospechas: Los dos gestores estaban irremediablemente enamorados y predestinadamente conectados, a pesar del escaso tiempo compartido, la distancia sideral entre ellos y sus vidas aparentemente contrapuestas.

Este descubrimiento dio lugar a la elaboración de una teoría que, plasmada en posteriores investigaciones, confirmó lo que algunos ya sabían hace tiempo: El amor es la fuente de energía universal, completa e inagotable. Aún no se ha encontrado la forma de controlar esa explosividad, pero a través del estudio de las Eras de la Energía, gracias a la conexión de dos locos platónicos, se supo que el Amor era La Energía.

BSO: «Oniria e Insomnia» (Love Of Lesbian)

Lectura en Albacete el 22 de febrero en Librería Herso

Lectura en Albacete el 22 de febrero en Librería Herso

Aquí os dejo alguna imagen de la presentación de «Entre Cuentos y Versos» en Librería Herso, el día 22 de febrero de 2019 en Albacete… Estuvimos muy a gustito… Gracias a todos por venir.

Si algún albaceteñ@ quiere el libro, en Librería Herso puede conseguir un ejemplar 😉

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pd: Mención especial para Kevin, que ha subido al fan-podium después de hacerse la línea de Lejanías Aluche-Albacete para ver la lectura y pasar un rato conmigo… ¡Qué grande eres, Kev!

Juan, el maestro

Juan, el maestro

Hoy no va de textos. O sí, porque aquí dejo un texto de un amigoHoy va de eso, de amigos que enseñan.

Juan es muchas cosas. Es el marido de Marga. El padre de Mauro y de Coco. Así al menos es la primera referencia mía de Juan al principio. Un señor serio, con bigote y rictus recio, alto y seco como buen Quijote, y algo distante como padre de un colega que es.

Juan no es trato fácil. No es amigo de todo el mundo. Ni siquiera yo, que suelo intentar tener buen rollo con todos de primeras, he tenido fácil acercarme a él.

Según he ido hablando alguna vez con él, y compartiendo espacios en la piscina en verano, en la barra de la Tajka o en alguna manifestación de esas de rojos, le he descubierto costuras a esa capa adusta y seca. Y al abrirle esas costuras resulta envolver a un tipo socarrón, algo gruñón en las formas, con sonrisa irónica las más de las veces, siempre con una valoración mordaz, sacándole punta a todo (como dice en su relato que enlazo). Y sobre todo, con una capacidad inmensa de asombrarme por su lucidez, y su pedagogía. Siempre aprendo cosas de Juan, ya sea en directo, leyéndole o escuchándole.

Hoy he vuelto a aprender cosas de él. Por eso se une a mi lista de imborrables mentales. Porque otra vez, Juan, me has dado una lección que me guardo encantado: Se puede ganar la guerra después de perder una batalla, ser divino siendo ateo, ser eterno siendo mortal, y robarme un trozo del corazón llamándome tú a mí bribón.

Yo no he sido ni tan lúcido como tú, ni tan coherente con tus ideas, ni tan valiente como para verte en el trance amargo. Me quedo con la imagen que tengo de ti siempre, la del maestro que con cada encuentro te deja una lección que aprender.

Que la tierra te sea leve, maestro

Blue Monday

Me atrevo a compartirlo para confirmar que los lunes tristes también se pueden superar… Que les guste

Blue Monday

El tercer lunes de enero es considerado
como el día más deprimente del año.
La vuelta a las rutinas, al ritmo de vida
del que cada día quieres huir ha vuelto.

Atrás quedan días de supuesta ilusión,
de cambios, de buenos propósitos.
De nuevo el ciclo se inicia, hasta carnavales
semanas santas, y primaveras que hagan salir nuevos brotes.

A mí no me hace falta tener un tercer lunes
para que me duela la vida.
Ya se encarga ella misma de recordarme periódicamente
sus blues y sus mondays, aunque sea domingo en rojo.

Me duelen las disputas, los odios,
las ausencias y los escombros
de los proyectos de vida edificados y derrumbados.
La vida es lo que pasa mientras hacemos planes, dicen.

A mí me suena más a lo que pierdes mientras intentas ganar
tiempo, momentos, disfrute, o simplemente escapar
de esas rutinas, de lo cotidiano
a lo que vuelvo y de lo que huyo,
lo que echo de menos al perderlo, y de más al tenerlo,
del sufrimiento reiterado y del vacío autoimpuesto.

No me encuentro las ganas de rebelarme
contra el blue monday
aún sabiendo que es una farsa.
La frialdad me envenena, el frío me aletarga.
Me cuesta abrirme al calor de otros cuerpos, y de otras almas
cuando la mía propia se pudre y me congela.
Tristes lunes, si los martes se antojan iguales.

Escrito hace unos cuantos «Blue Mondays»…

El Club de las Autoestimas Perdidas

Aquí dejo un regalo contra depresiones postvacacionales… Que les guste

El Club de las Autoestimas Perdidas

Se despertó en una habitación desconocida. Nunca recordaba lo que pasaba cuando la fiesta se desmadraba. Intentó recordar algún detalle a partir del entorno en el que estaba.

La habitación era señorial. Techos altos, edredón mullido, cama con dosel, madera en suelos y paredes… Desde luego, no era su apartamento. Al mirar debajo de sus sábanas y ver su desnudez se asustó. Solo se mantenía su ropa interior.

El resto de su ropa apareció sobre un banco de madera en la habitación, en apariencia recién lavada y colocada con cuidado. Sus vaqueros gastados, su camiseta descolorida y sus zapatillas raídas contrastaban con la elegante bancada de madera oscura donde alguien la había colocado con mimo. Su chaqueta roñosa colgaba de un elegante perchero de madera como una intrusa.

– “Eso no lo hice yo”. Cuando la noche se iba de las manos, tiraba la ropa en cualquier sitio al llegar, y dejaba el orden y la limpieza para su futuro yo, que la recogía y lavaba como parte de la penitencia de la resaca del día después mientras renegaba de su yo pasado.

Se vistió y salió del dormitorio, sintiéndose en la obligación de actuar con discreción. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni si tendría que salir por pies. Esperaba no haber ocupado sin permiso esa habitación tan poco acorde a su estilo, y no tener que dar muchas explicaciones de por qué estaba en ese sitio.

Al salir se topó con un pasillo afín a la estancia que abandonaba: enorme, ostentosamente decorado con madera y adornos dorados e iluminado con ventanales enfocados a un jardín ornamental lleno de verdor y de agua. Estaba en un primer piso desde donde se dominaba el vergel que ocupaba la planta baja, rodeado de un edificio rectangular con aspecto casi palaciego. Se asomó a una de las ventanas, y vio a algún paseante entre árboles bien cuidados y plantas decorativas. Se avergonzó y se apartó, temiendo descubrirse.

Avanzó por el pasaje admirando cuadros de personajes con gesto ilustre, pesados telares y otros adornos con apariencia cara y delicada de los que se iba apartando por temor a romperlos con su sola presencia. Encontró una escalera monumental, con dos bajadas curvas que confluían en un descansillo final enorme, un hall que podría ser del tamaño de su apartamento. La escalinata se delimitaba con pasamanos de mármol y estaba formada por escalones anchos cubiertos de una gruesa alfombra roja. Al final de la escalera se encontraba un ser que parecía inerte, alto y estirado, con un frac que realzaba su delgadez y su semblante inexpresivo.

– “Hola”, se atrevió a decir tímidamente. El ser inerte, que parecía ser un mayordomo, permaneció sin inmutarse.

Bajó la escalinata. En otro momento, hubiera bajado resbalando por el pasamanos, deslizándose hasta el final. Pero ni su ánimo, por lo demás confuso, ni la presencia de ese ser impasible, invitaban al juego.

– “Hola” repitió. El mayordomo, con el cuerpo rígido como un jarrón de los que adornaban el portón de entrada, y con igual apariencia de fragilidad, desvió ligeramente la vista.

– “Buenas tardes”. Debía ser suizo. Nunca había escuchado una voz tan neutra.

– “Disculpe, ¿podría decirme dónde estoy?”. El mayordomo no se inmutó. Podría estar acostumbrado a esa pregunta, o totalmente asombrado por dentro, pero su rostro permaneció impasible.

– “Si me acompaña, se lo explicaré mientras vamos al salón. Están esperando”. Tras recitar la frase como si fuera un robot, inició su marcha con pasos largos y rígidos a los que hubo de acoplarse para no quedarse atrás. Siguió por un enorme pasillo que salía del hall a ese ser que parecía un muñeco de cera apenas viviente.

– “Está usted en la sede del Club de las Autoestimas Perdidas” refirió el mayordomo como si leyera un prospecto médico. “Las nuevas incorporaciones del Club no suelen recordar cómo llegaron. Normalmente, un antiguo socio, al comprobar que es la persona adecuada, acompaña al aspirante hasta nuestras instalaciones”.

Había oído hablar del Club entre borracheras y discusiones de taberna. Pero no recordaba quién ni qué habían hecho que llegara hasta allí. Como si fuera un lector de mentes (o tal vez por la fuerza de la costumbre) el criado continuó respondiendo a preguntas que aún no había hecho:

– “Es lógico que no recuerde cómo llegó. La ubicación suele ser ocultada, y solo se accede en condiciones de embriaguez, tristeza extrema, ausencia de lucidez o inconsciencia. Debemos preservar la localización por la intimidad y la tranquilidad de nuestros socios”.

– “Pero… ¿yo pedí venir aquí?”. Según caminaba y hablaba empezó a recordar, como en sueños, un bar oscuro a altas horas de la madrugada, un viaje por carreteras recónditas y alguien comentándole algo parecido a una cura para sus males… Pero no podría asegurar haber elegido ir…

– “Puede marcharse cuando quiera” afirmó el mayordomo. “Pero normalmente las nuevas afiliaciones están predispuestas a conocer el proceso de admisión en el Club, porque ya tienen un bagaje que les empuja a quedarse”. Al llegar a una división de los pasillos, el mayordomo torció a la izquierda con la precisión de un guardia real.

Quería seguir haciendo muchas preguntas. Lo primero, si era muy cara la permanencia en el club. El aspecto del sitio, desde luego, daba la impresión de que la cuota no estaría a su alcance. Y segundo, qué requisitos tendría que cumplir para acceder, dato también inquietante, por no tener constancia de haber perdido su autoestima…

– “No debe preocuparse por el dinero, la estancia es gratuita”. El mayordomo se anticipó de nuevo a sus preguntas. “Y en cuanto a las necesidades de acceso, si ha accedido al Club es porque cumple con la premisa principal: Ha perdido su autoestima. El proceso de admisión se realizará para otorgarle el permiso de estancia”.

– “¿Permiso de estancia?”. La jerga técnica del Club sonaba algo extraña.

– “Hay miembros del Club con estancias intermitentes. Algunas personas acuden solo en fechas señaladas, como durante o tras las Navidades, en periodos posteriores a épocas de exámenes… El mismo San Valentín es una gran fecha para nosotros, el desamor es una fuente inagotable de socios… Tras rupturas sentimentales o en duelos… El Club estudia el caso de forma individual, y otorga carnets de forma minuciosa”. El mayordomo continuaba con su andar estirado y su charla protocolaria mientras seguía una dirección que parecía haber recorrido miles de veces. El camino parecía eterno, pero las dudas seguían surgiendo…

– “¿Y cómo mantienen todo esto? Parece caro. Un Club así lo esperaría en una sede ruinosa, lúgubre… Acorde al estado de ánimo de quien no tiene autoestima…”. Aún no creía que todo aquello fuera gratis.

– “Al contrario” –dijo el mayordomo. “La magnificencia de nuestras instalaciones sólo confirma que, por mucho que las necesidades materiales estén cubiertas sobradamente, una autoestima perdida impide disfrutar y disfrutarse aún en el mejor de los escenarios”. El mayordomo señaló el jardín, donde algún paseante con semblante taciturno parecía no ser capaz de deleitarse del bello camino entre plantas coloridas y árboles de hojas sedosas.

– “¿Y quién creo todo esto?”. Se seguían acumulando las dudas, y quería apurarlas antes de llegar al salón donde esperaban, sin saber qué o quién aguardaba.

– “Nuestro socio fundador fue el primer hombre en declarar perdida su autoestima”. Por primera vez pareció atisbarse un asomo de emoción en la voz del sirviente.  “Tras pasar años buscándola, invirtió lo que le quedaba de una cuantiosa fortuna en crear este Club”. Su voz seguía seca, pero ahora aparecían ciertos rescoldos de admiración. “Él y los primeros socios aportaron lo suficiente para que el Club pueda albergar a cualquier persona que necesite de sus cuidados”.

Caminar junto al criado transmitía tranquilidad, como una especie de guía reconfortante. Sin embargo, poco a poco notaba recaer de nuevo en el peso de sus problemas, en el recuerdo de su situación, mientras iba asumiendo que necesitaba ingresar en el Club. Sin pareja, en la ruina y sin amigos, más allá de los de taberna y los que le animaban a dar un giro a su vida por no poder soportar el agujero moral en que se escondía una y otra vez…. Empezó a pensar seriamente la idea de solicitar un carnet permanente…

– “De momento, se le otorgará un acceso intermitente”. O el mayordomo era médium, o tenía un serio problema para ocultar lo que pensaba. “Cuando el proceso finalice, se determinará qué tipo de acceso tendrá al Club”.

– “¿Y no hay forma de dejar de ser parte del Club? No es algo a lo que alguien quiera unirse para siempre…”.

– “No se preocupe. El Club sólo acoge a personas que lo necesitan. Si en algún momento alguien encuentra su autoestima, o si genera una nueva, se le invita a irse, aunque el carnet se mantiene, porque cuando se ha estado, se suele volver… A no ser que la autoestima encontrada o generada suponga un estado de amor propio tal, que derive en una autoestima permanente. Eso es un incumplimiento grave de las normas del Club, y provoca su expulsión ad eternum”.

– “Y ¿qué es lo que hay que hacer para que te expulsen para siempre? ¿Alguien lo ha hecho?”.

– “No debería decírselo. Va fatal para el negocio”. El sirviente había ido relajando un poco su tono, hasta parecer casi cómplice. La actitud de súplica pareció enternecer a ese ser adusto que había ido empatizando con su aspirante…

– “Encontrar el amor puro. El amor hacia un hijo, la lucha por una causa justa para la humanidad o el descubrimiento del amor verdadero son elementos que impiden que la autoestima se pierda nunca más”. Deteniéndose ante un portón gigante, el mayordomo invitó a entrar a su acompañante. Pero aún quedaba una pregunta…

– “¿Y qué pasó con el fundador del Club? ¿Aún sigue aquí?

– “Lamentablemente no… Encontró a su alma gemela. Hubo que pedirle que nos abandonara. Si la gente supiera que el fundador averiguó la forma de destruirlo para siempre… Sería el fin del Club”.