Aquí dejo una historia soñada, o un sueño imaginado… Que les guste
Historia entre dos parpadeos, o La chica de los mil inviernos
Abro los ojos despacio, como si la madrugada pudiera dañarme las pupilas. La habitación está en total oscuridad, y mi cabeza siente, como cada vez que llega el frío, que ella me ocupa el lado vacío de mi cama.
Me la he encontrado en mis sueños más clarividentes desde hace mil inviernos. En cuanto se cuela en mis alucinaciones nocturnas, la noche se aclara y se me ilumina la cara hasta imaginar la duda de si esa felicidad es sueño o realidad. Su rostro, que no consigo recordar despierto, como buena musa que se oculta en mi interior, resplandece en mi duermevela como si fuera la más clara de las visiones que puedo enfocar.
Esta ilusión vuelve a impregnarse en mi colchón con cada amanecer helado. La frescura que me transmite me despierta y me emociona como si me taquicardiara el corazón a través de la almohada. Mis ojos se entornan entre la extrañeza y la añoranza. Sus ojos se clavan como alfileres en mis pupilas. Su boca sonríe hasta paralizar un “¿cómo estás?” en mi garganta. Cuando ya siento helarse mis venas hasta congelarme el sueño, no tengo más remedio que creer que estoy despierto, y que la vuelvo a tener frente a mí. La chica de los mil inviernos ha vuelto a encontrarme.
Tengo miedo a cerrar los ojos, aunque sea un parpadeo. Sé que en menos que surge una duda volverá el verano, olvidaré sus rasgos, y sufriré de nuevo el sopor del calor y el dolor del olvido. Se me acelera el pulso de forma incoherente, pues mi sangre se escarcha y mi rubor palidece. No puedo imaginar cómo ha vuelto. No quiero creer que sea verdad. No puedo soportar que sea de nuevo un sueño.
Es curioso que, cuando los días se alargan, la idea de pensarla se difumina y la luz real apaga las ensoñaciones basadas en su resplandor. El sopor del verano rezumando calor me satura de melatonina, completa mis baterías de sol y me acopia de energía para soportar el frescor de la noche helada. Con cada vuelta a las largas madrugadas vuelven los delirios que despierta mi insomnio, durmiendo sin descansar y asumiendo las tristezas de cada oasis de imaginación.
Ante la certeza de que la vuelvo a tener de nuevo enfrente, miles de pensamientos y emociones se cruzan entre las sábanas. El dolor del adiós, el deseo del reencuentro, la pasión de los días felices, el miedo al rechazo, la excitación de la ilusión… Ya me siento totalmente despierto, en mente y cuerpo, por fin me atrevo a parpadear… Al tiempo que mis ojos se cierran, paso mi mano sobre la parte de la cama en la que imagino que debería estar. Busco acariciar su cuerpo hasta hacerla estremecer, como ella ya ha hecho conmigo… y siento la congelación de la ilusión ante el vacío y el escalofrío al contraste entre mi piel, real y cálida, y ese amago de sueño glacial y abstracto.
Por eso me da miedo parpadear. Esperando que se materialice la ilusión, abro los ojos en dirección hacia el hueco vacío en la cama… No hay luz que más te ciegue, frescura que más te arda y energía que más te vulnere que una musa en tus sueños. Cada vez que vuelve, cualquier temperatura anterior parece soporífera. Por eso es tan adictiva. Por eso reverbera en mi interior cada vez que aparece. Por eso no quiero creerlo, aunque siempre acabo parpadeando y creyendo que la recordaré. Por eso su gélido recuerdo me envuelve hasta agrietarme el alma y la memoria.
Cuando llega el frío siempre está, esperando en mi interior, la búsqueda de la chica de los mil inviernos. Tengo que aprender a distinguir los sueños de la realidad. Debería aprender a renunciar a los deseos que solo puedo soñar. Al fin y al cabo, solo es una historia entre dos parpadeos.
Cuando muera
Cuando muera no quiero
tumbas ni fuego.
Quiero que me planten
con una semilla de un árbol
que crezca de mí,
y como yo, lento,
de ramas enrevesadas
y corteza dura,
pero con savia dulce
y tierno por dentro.
Quiero que suene
el "Piper to the end" de Knopfler,
el "Blowin in the wind" de Dylan
Y el "Se acabó" de Leño.
Me apetece estar, más que nada
por la banda sonora, si lo pienso.
Y que mi familia llore y me recuerde.
Y que mis colegas sonrían y maldigan
"Qué cabrón, hasta al final
supo emocionarnos".
Quiero dejar más justo el mundo
y encontrar en el final el descanso
de una vida de lucha y de disfrute
y un corazón desgastado y vetusto.
Quiero haber amado por todas mis vidas,
haber hecho sentir y sentido
vivir y no arrepentirme de no haberme atrevido
a jugármela y equivocarme sin medida.
Cuando muera no quiero
misas ni entierros.
Quiero cariño,
Un buen pedo y recuerdos.
Y si a alguien le duele,
lo agradezco.
Pero disfrútame en vida.
No quiero besos muertos.
Aquí les dejo una de las poesías que perpetré en el Acto Poético del día 12 en Las Bulas. Poesías surgidas en conversaciones soñadas con musas… Que les guste
Antiguo cuento platónico, con audio albaceteño… Que les guste
La mitad del mango de un paraguas
Todo empezó como acabó, a pedazos. Las primeras veces que ella pidió un cupón de lotería en el bar él ni siquiera se percató de la repetición de su presencia. Sería la clienta mil millones que le pedía que le diera un vaso de agua y un billete de ida a otra vida.
Con el paso de las ocasiones y de las estaciones, su visita se fue haciendo imprescindible. Cuando le pedía el vaso de agua acercaba deliberadamente su mano para rozarle los dedos. Con el tiempo él hasta creía sentir, antes de que ella entrara en el bar, sus pasos crujiendo sobre las hojas de otoño por la Gran Vía. Más de una vez ella se dejó el paraguas colgado en la barra. Él, al ver la mitad del mango aferrado al mostrador, sonreía, lo cogía y salía corriendo, solícito, para devolvérselo, y de paso, verla bajar desde Callao hacia Sol, perdiéndose entre la gente. Ella, agradecida, se marchaba contoneándose sobre sus tacones, sabedora de ser la admiración de su camarero.
Cuando ella le pidió pasar unos días en su casa, entre mudanza y mudanza, él ya sabía que no era para ocupar su sofá. La primera noche la pasaron separados por un tabique hasta que ella, de madrugada, le despertó para preguntarle si podía dormir con él, porque tenía frío. Él le dijo que no, porque no dormirían. Y tenía razón.
Sufrieron los devaneos y las locuras de una relación tormentosa durante meses. Poco a poco, pasaron del furor delicioso de la cama a la frialdad de la cocina. Él vaticinó en silencio la muerte de los orgasmos cuando comprobó que ya se encendían más uno frente al otro delante del horno, que uno sobre otro en la cama. La esquela se firmó cuando una tarde que ella fue a verle dejó el paraguas colgado en la barra, y él no se fijó hasta la hora de cerrar. Cuando volvió a casa ella no estaba, y su maleta tampoco.
Quién iba a decirle que echaría de menos el rodar de la persiana hacia el cielo, los reflejos de la luz en su cara despertándole, su caminar descalzo en busca de café y calor, su manía de dejarse todo olvidado. Esas cosas, que tanto le molestaban cuando ella estaba, eran las que más echó de menos los primeros días.
Eso, y ver, de vez en cuando, colgado en la barra, la mitad del mango de un paraguas.
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!