Tostada

Lleva bastante tiempo tomando tostadas para desayunar. Se lo aconsejó una dietista para darle solución a su agobio con no sé qué sobrepeso. Ella siempre quiso perder lo que consideraba que eran kilos de más. Yo seguía encantado de disfrutar cada una de sus curvas.

Desde entonces desayuna tostadas. Suele embadurnarlas con algo de queso y mermelada. Lo hace de forma suave, como acariciando el pan. Por la forma en que esparce los ingredientes sobre la rebanada dorada parecería casi que va a exponer su obra una vez terminada, en vez de comérsela. Suelo ponerme nervioso por la calma con la que hace las cosas. Pero verla expandir el blanco del queso y superponer encima la confitura me transmite paz.

Admiro su dulzura hasta para la preparación del desayuno. Utiliza la misma ternura al extender la mermelada que para deslizar sus dedos sobre mi piel en los días fríos. Y la sensación de cariño y de escalofrío a la vez se entremezcla tanto entre las sábanas como entre las volutas de miga del pan.

Yo suelo realizar el mismo proceso, pero desde la premura y la violencia. Acuchillo el pan con la cucharilla, pretendiendo impregnar lo antes posible los poros del panecillo. Relleno los huecos, termino la preparación cuanto antes, devoro con ansia las tostadas y engullo el café con rapidez. Ella me mira, entre somnolienta y curiosa, mientras ensarto con mi arma redondeada al pobre chusco que suele ser machacado y rellenado antes de hacerlo desaparecer con mi hambre ansiosa.

Siempre la meto prisa para que acabe de desayunar, pero ella no cede en sus pretensiones. Desayuna tranquila y vive sosegada. Solo ella decide qué cala hondo en su ser. Mi estrés y mis prisas se quedan en su superficie y le resbalan como resbala la mermelada en su pan. A veces la descubro llorando por una flor muerta o por los colores de un atardecer. Y sin embargo, mi ira y mi ansiedad no le provocan el más mínimo efecto. Igual que al rellenar mis tostadas, me gustaría calar hondo y deprisa en sus pensamientos, en sus entrañas y en sus vergüenzas. Pero no consigo impregnarme en ella tan pronto y tan profundo. Al fin y al cabo, solo estamos en el desayuno.

La delicadeza en sus formas y la suavidad en su actitud me condena a veces a la desesperación. En varias ocasiones la he puesto en duda, comparando su piel dorada y su mente calmada con su desayuno, “no sé quién está más tostada”. Invariablemente, ante esta invitación a la lucha, ella me mira con cuidado, termina de masticar y ejecuta la sentencia con la que se acaba la discusión: “mejor tostada que quemada”.