Ahí van unas letras dándole vueltas a las cosas… Que les guste

Bucle

Todos los días me siento en la misma silla, en la misma terraza. Suelo ser puntual a la cita. La tarde ya rebaja el calor del final del verano, y las farolas dan cierto aire íntimo al ambiente. Solo me rodea alguna pareja de parroquianos en busca de un refresco antes de cenar, y algún turista que se ha desviado del centro. El río aporta frescura, y el paisaje se vuelve propicio a las conversaciones íntimas en voz baja. Intento sostener la mirada al frente mientras me atrevo a arrancar con mi discurso. Debo intentarlo, aunque enfrente tenga a alguien que me intimide tanto o más que el primer día que cruzamos las miradas.

Como cada tarde, empiezo hablando con cariño, incluso con cierto tono de súplica, con intención de hacerme perdonar por errores pasados. Todos los días me convenzo a mí mismo

de que hay que intentarlo todo de nuevo para ser feliz, y así lo transmito. Por toda contestación, al otro lado solo encuentro silencio y, según se prolonga, aumenta mi desesperación.

La gente de alrededor se gira hacia esa visión incómoda y molesta. No es agradable escuchar un discurso quejumbroso y doliente. Empiezo a pensar que será inútil, que nunca habrá compasión. Dudo, como cada día, si debí no haber venido, aún con el rescoldo de esperanza de quien asume que no será indultado, pero que reclama clemencia. Imposible no sentir, desde otras mesas o desde la barra del camarero, cierta empatía por ese ser herido que demanda amor y perdón. Ruego una comprensión que recibe nada de vuelta.

La noche va cayendo y las farolas provocan luces y sombras en los rostros y en los tonos. Lo que empezó siendo un monólogo tierno, rememorando antiguos y bonitos recuerdos, se va oscureciendo en el acento para ser más punzante y gradualmente más hiriente. La tristeza da paso al enfado, y el discurso se endurece. Enfrente no hay réplica, y eso me enerva aún más.

La noche ha caído, y la terraza bulle en gente deseosa de cenar. Al final, los labios que ansiaban reconciliación y comenzaron rebosando dulzura, acaban escupiendo demonios, reproches cargados de odio y amor gastado. La ausencia de respuesta me provoca y acabo estallando en insultos y juramentos de amenaza, de ira, cometeré una locura, no aguanto más, no volveré…

Los clientes, no así los camareros, se asombran del giro, alucinan con el trato y dudan si intervenir. No entienden por qué aguantar esa humillación. Aun así, las palabras no parecen hacer mella ni provocar grietas. Al final, como tantas noches, acabo roto de dolor a la altura del corazón y de la garganta.

La charla acaba, como siempre, con una despedida apresurada y cortante, prometiendo no volver a molestar con aire de derrota y resignación. Los camareros parecen conocer el final de la historia, y se apresuran a pedir la cuenta, que pago tirando monedas con desprecio a la mesa. Me marcho indignado, deseando tener fuerzas para no caer en la tentación de volver a intentarlo mañana, de volver a recuperar lo que antes quise. Por respuesta, solo un muro inerte.

La escena se repite cada noche, y siempre duele a camareros, clientes y transeúntes. Nunca nadie había hablado tan mal a nadie, no desde ayer. Cualquiera diría que en algún momento hubo amor de por medio. Solo queda una silla desocupada, y al otro lado, el vacío.

Cada día, en la mesa pegada a la pared, se repite en bucle la imagen surrealista de un hombre suplicándose, reprochándose, gritándose y, finalmente, odiándose y abandonándose a sí mismo.