A veces, aunque quieras escribir, solo te salen letras vacías… Si se han sentido alguna vez así, espero que puedan llenarlas.

Vacío.

Siempre había tenido los ojos oscuros, con esa especie de brillo gastado de quien tiene lejanas constelaciones dentro de su mirada. Dicen que la cara es el espejo del alma, y si tienen razón, los ojos son su reflejo, y en los suyos comparecía a veces la Vía Láctea en forma de tensión en el nervio óptico.

Casi siempre fue pobre. No pobre como una rata, de buscar en los cubos de basura y ropa raída. Pobre de cerviz humillada y mirada oscura y triste, de aquellos que no creen que las cosas le puedan ir bien. A veces entre el marrón oscuro de sus pupilas se adivinaba un tono grisáceo parecido al tono sepia de las fotos antiguas, con un barniz de nostalgia decolorada asomando.

Habitualmente dormía en el lado izquierdo de la cama. En algunas épocas se despertaba absurdamente arrinconado en el borde del colchón, como si tuviera que dejar espacio a alguien que, previsiblemente, le asustaría si la encontrara durmiendo a su lado. A pesar de que no hubiera nadie, seguía durmiendo esquinado, como si esperara que, al menos en sueños, ella apareciera para ocupar ese hueco. Al aclarar su mirada en la oscuridad de la madrugada, soñaba que la chica de los mil inviernos fuera la responsable de la frialdad del inmenso hueco imposible de llenar en soledad.

De vez en cuando un destello de luz parecido a la ilusión relucía en su ojos, dando un poco de luz a su cara, y dejando entrever un poco de alegría en su mirar. Algunos decían que era el amor, y quizá tenían razón. El caso es que, mirándose en el espejo, descubría en su reflejo halos de emociones que daban vida a su visión de posguerra, y la sospecha de una esperanza por sentir amor y sentirse querido, como un niño que jugara feliz entre los escombros de un bombardeo.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, su vista había perdido brillo y era más oscura que nunca. «Ya no brillas», le dijo una amiga hace tiempo. «Ya no te reluce la mirada». Y puede que tuviera razón. Lo que de vez en cuando eran fulgores de emoción contenida echando chispas por salir de sus cuencas, se parecía ahora más a la ceniza apagada sobre brasas que no hace mucho calentaban los temblores del frío invierno con visiones alucinadas de primavera.

Al enseñar las profundidades de su visión, había quien se escandalizaba por lo turbio de esta. Otros intentaban arrojarle luz para paliar la oscuridad. Incluso había quien lanzaba su maldición a esas oscuridades. Y puede que tuvieran razón.

El caso es que hoy, al mirarse cara a cara, no ve nada en su mirada. No es que esté a oscuras, ni que el tono de sus ojos haya cambiado. Es, pura y simplemente, que su mirada refleja lo que se ve dentro: un profundo agujero negro que ha absorbido toda su energía, toda su vida, y no deja escapar nada. Como La Nada de La Historia Interminable, su interior ha devorado del todo su existencia, dejando una envoltura que a duras penas cubre lo que no es posible, ni siquiera necesario cubrir: El Vacío