Lo decía algún patético escritorzuelo, en relación a los amores platónicos: “Es como tocar una estrella. Sabes que nunca lo conseguirás, pero no puedes dejar de intentarlo. Y en los momentos en los que olvidas que es imposible, la sensación es increíble”.
Hubo un tiempo en que se pensaba que la luna era la cara oculta del sol, su parte de atrás.
La corriente científica argumenta, con vehemencia, datos y clarividencia, que el astro rey provoca la luz que el satélite refleja, pálida y agujereada, con sus crecimientos y decrecimientos en forma de cunas.
Los románticos se mecieron y colgaron de la luna para escribir sus elegías, la usaron como candil para sus lóbregas aventuras y estiraron la noche hasta el amanecer, asumiendo con la salida del meteoro el fin del momento para el amor.
Los pragmáticos eligieron aprovechar el día, y aplicar a los nocturnos asociaciones con la muerte, como si de vampiros al amparo de la oscuridad se trataran. La equiparación del amanecer al nacimiento de las bondades y la vida, y del anochecer al fin de la luz y la existencia en los parámetros normales, da una idea de lo cuadriculados que somos los humanos a veces.
Pero hay una facción que disfruta de los momentos de entretiempo, del instante en que el alba despunta en un nuevo amanecer, con el sol lanzando sus primeros rayos y la luna aún a la vista entre las brumas. Asimismo, cuando el sol se esconde tras el horizonte y la luna ya asoma, aún entre el azul morado del anochecer, se observa el milagro: Sol y Luna se encuentran. Es algo así como una duermevela astronómica, donde dos mundos se entrelazan.
En opinión del escritorzuelo, esa tercera vía abre la posibilidad a lo imposible: Que Luna y Sol sean amantes destinados a no encontrarse más que en escasos periodos de tiempo, anhelándose durante el resto de sus eternidades. El círculo, astral, vicioso y desastroso, se abre con cada aurora y se cierra con cada crepúsculo. Nunca más de unos momentos, ni menos que un instante, los amantes se encuentran, Sol ilumina a Luna hasta ruborizarla, y Luna se llena ante Sol hasta verle palidecer.
Sea como fuere, la luna y el sol libran la eterna pugna por encontrarse y dar rienda suelta a su pasión. Incluso algunos días dejan de lado a los planetas, que observan anonadados algo tan normal como que dos amantes se unan dejando un halo perfecto de luz alrededor de sus sombras, que jueguen a esconderse dejando galaxias enteras a oscuras…
Luego, los astrónomos y los meteorólogos dirán que fueron eclipses, alineación de planetas o fenómenos atmosféricos… La rueda del día y de la noche vuelve a girar… Hasta la siguiente duermevela sideral, en que los dos amantes vuelvan a encontrarse, aunque parezca imposible…

Escrito de «Entre Cuentos y versos». Publicado por primera vez el 16 de julio de 2013.
Mi nombre es Daniel López y soy el autor de Letropilatorio. Aquí encontrarás relatos, cuentos y poemas recogidos en mi blog, así como mis últimos trabajos publicados. ¡Gracias por leerme!