Arrugas y cicatrices

Arrugas y cicatrices

Hace tiempo vi una serie que me removió bastante por dentro. Aquí dejo unas letras ya arrugadas, con la esperanza de sanar cicatrices…

Arrugas y cicatrices.

“Yo solo existo para los demás. Es fácil existir para ellos, porque nunca he sabido existir para mí. No sé cómo querer. Prefiero desangrarme frente a un muñeco que vivir delante de mi familia. Así es como crecí. Somos una familia que quiere a distancia.

– Pero querer a los demás a distancia significa que lo que te devuelven siempre queda lejos.

– De lejos soy mejor. De cerca estoy cubierta de cicatrices.

– ¿Conoces el Kintsukuroi? Consiste en crear arte rompiendo algo especial y recomponerlo pegándolo con oro. Las cicatrices no significan que estés rota, demuestran que te has curado. Romperse es curarse. Kintsukuroi”.

Escucho otra vez este diálogo que me ha traspasado. A veces veo series como quien oye llover, achacando la desatención al teléfono móvil o al propio desinterés, que hace que vea series o películas sin verlas. Con “Kidding” (Bromeando, engañarse, tomar el pelo) de Jim Carrey, también me ha pasado.

Pero de vez en cuando un diálogo o una situación concreta llaman mi atención. La confesión de esa creadora de marionetas me recuerda a mi propia visión de mí mismo. Me veo plasmado en esa definición, en la que no sé vivir delante de la gente y quiero a distancia, porque de cerca, como a las marionetas, se me ven las cicatrices. Siempre me ha dado miedo que me juzguen, o que me muestren su desprecio al verme, tanto físicamente como al plasmarme en letras. El miedo al rechazo ha sido siempre un freno para muchos aspectos de mi vida. Puedo entender a Deirdre.

No estoy tan de acuerdo en la segunda parte, en la que un actor asiático le explica a la creadora de marionetas el arte chino de recomponer las cosas de forma que se sienta orgullosa de esas cicatrices. Suena bien, pero creo que requiere de una madurez y una paz consigo mismo que yo ni de lejos he llegado a sentir.

Cada vez más a menudo me reconozco descubriendo arrugas en mi rostro o en mi cuerpo, y lo que es peor, en el alma, que toco con la intención de tapar, y que examino para ver si duelen al apretar. Pero en ningún caso pretendería resaltarlas, o remarcar esos hitos que han dejado arrugas indelebles en mi cuerpo o en mi ánimo. Como si fueran sábanas arrugadas, intento alisarlas para evitar que su marca se quede ahí para siempre. Como si fueran circunvoluciones cerebrales creadas por el aprendizaje o la experiencia que quisiera borrar, a modo de dulce amnesia, de relajada y feliz ignorancia.

Sé que es un ejercicio absurdo, porque las arrugas volverán, las cicatrices seguirán ahí, los recuerdos escocerán y, aunque no sean de oro, se marcarán bien visibles, sea para otros en la piel, o para mí, al abrirme el pecho y registrar.

Aspiro, no ya a que desaparezcan, sino a que no me incapaciten, ni a mostrarme, ni a sentir. Con que duelan menos, lo clasificaré como de oro. Mientras tanto, habrá que seguir “divirtiendo”, “bromeando”, “haciéndose ilusiones” o “engañándose”. Todavía no he decidido con qué traducción me quedo.

A punto de mar

Cuando necesito desconectar de todo y limpiarme por dentro de mierdas acumuladas me voy al sur. Conduzco hasta que la carretera deja de ver tierra en el horizonte, y el mar me saluda con la calma de quien sabía que volverías, como si su pausa te dijera «Otra vez por aquí, ¿no?».

No es mala costumbre huir hasta el mar para lavarse con agua salada las tristezas del alma. Es una forma como otra cualquiera de quemar las penas al sol y cicatrizarlas con sal marina.

Últimamente me he dedicado a engañarme diciendo que estoy mejor solo, que los amores duelen y que es más sano vivir sin estar eternamente colgado de un corazón. Supongo que era el dolor el que hablaba, porque no queda claro si el amor no me compensa, o es que yo no sé compensarlo para que quiera quedarse conmigo.

Por eso evito abrirle la puerta. No por miedo a que entre, sino por terror a dejarle entrar, que devaste todo a su paso, como suele hacer, y que deje vacío y destrucción cuando se vaya, como ha hecho cuando ha aparecido.

Así que, dejándome llevar por la imaginación y la ilusión, he cubierto los huecos que los amores perdidos dejaron con amores platónicos. Aunque no sean reales, los amores platónicos pueden ser muy intensos. Quizá no sean tan plenos, porque no se pueden llegar a materializar. Pero la ilusión que te generan puede ser incluso mayor, por idealizar aquello que no se puede conseguir. Y, al menos, pensé que darían menos quebraderos de alma. O eso creía yo.

Hace poco leí un verso que decía algo así como «si alguien puede hacerte sentir cosas tan increíbles sin siquiera tocarte, es amor del bueno». Y tristemente pensé «si alguien es capaz de dolerte tanto sin haber estado físicamente contigo, ese daño es muy profundo».

Visto que los amores platónicos también son capaces de doler muy hondo, huyo al sur en busca de la cura aprendida. Pero decía alguno de esos odiosos cantantes que «de qué me sirve huir, si de quien pretendo huir, seguirá dentro de mí, y eres tú»…

¿Hasta dónde tengo que llegar? ¿Cuánto tengo que hurgar en mis heridas para que dejen de infectarse y cicatricen?¿Cómo me alejo de mí mismo hasta despegarme de mi propia tristeza? ¿Cómo de profundo tengo que sumergirme en el mar para dejar de soñar con encontrarme a las musas platónicas al salir? ¿Cómo obviar el hecho de que huyo de mi vida para apartarme del dolor, si lo llevo conmigo como una mochila que cargo, cada vez más pesada y llena de insomnio, ardor en las tripas y tristeza en el corazón?

A veces creo que le pido demasiado al mar. Quizá porque, al ser tan inmenso, creo que, por dolorosa que sea mi carga, su grandeza podrá aliviarla. No debería contaminar el mar con mis mierdas, pero espero descubrir, en la soledad y la calma que me brinda, la cura que mi alma y mis entrañas necesitan. No les extrañe si desaparezco unos días. Estoy de puesta a punto en el mar.

Juan, el maestro

Juan, el maestro

Hoy no va de textos. O sí, porque aquí dejo un texto de un amigo. Hoy va de eso, de amigos que enseñan.

Juan es muchas cosas. Es el marido de Marga. El padre de Mauro y de Coco. Así al menos es la primera referencia mía de Juan al principio. Un señor serio, con bigote y rictus recio, alto y seco como buen Quijote, y algo distante como padre de un colega que es.

Juan no es trato fácil. No es amigo de todo el mundo. Ni siquiera yo, que suelo intentar tener buen rollo con todos de primeras, he tenido fácil acercarme a él.

Según he ido hablando alguna vez con él, y compartiendo espacios en la piscina en verano, en la barra de la Tajka o en alguna manifestación de esas de rojos, le he descubierto costuras a esa capa adusta y seca. Y al abrirle esas costuras resulta envolver a un tipo socarrón, algo gruñón en las formas, con sonrisa irónica las más de las veces, siempre con una valoración mordaz, sacándole punta a todo (como dice en su relato que enlazo). Y sobre todo, con una capacidad inmensa de asombrarme por su lucidez, y su pedagogía. Siempre aprendo cosas de Juan, ya sea en directo, leyéndole o escuchándole.

Hoy he vuelto a aprender cosas de él. Por eso se une a mi lista de imborrables mentales. Porque otra vez, Juan, me has dado una lección que me guardo encantado: Se puede ganar la guerra después de perder una batalla, ser divino siendo ateo, ser eterno siendo mortal, y robarme un trozo del corazón llamándome tú a mí bribón.

Yo no he sido ni tan lúcido como tú, ni tan coherente con tus ideas, ni tan valiente como para verte en el trance amargo. Me quedo con la imagen que tengo de ti siempre, la del maestro que con cada encuentro te deja una lección que aprender.

Que la tierra te sea leve, maestro