por dany | Sep 15, 2019 | Versos
Aquí les dejo unas letras septiembreras… Que les gusten
Bocados de septiembre
He leído que septiembre
es el lunes de los meses.
Que los recortes son necesarios
más para unos que para otros
por lo visto.
He visto que en septiembre
las piscinas aparecen
moteadas de hojas secas,
y las puertas de los colegios
de lágrimas de niños
y de angustia de padres
que no saben
cómo educar en la esperanza
con tal desesperación
sentida.
He sentido en septiembre
la nostalgia que acecha
por las playas,
la soledad que abre brecha
la tristeza que descerraja
besos en los labios,
que busca las costillas,
que desinfla los pulmones
que eriza las cosquillas
en atascos de madrugones.
Bocados de realidad
en el lunes de los meses.
Muerdos de debilidad.
Septiembre me duele a veces.
Poema incluido en "Entre Cuentos y Versos"
por dany | Sep 7, 2019 | Cuentos
Ahí van unas letras dándole vueltas a las cosas… Que les guste
Bucle
Todos los días me siento en la misma silla, en la misma terraza. Suelo ser puntual a la cita. La tarde ya rebaja el calor del final del verano, y las farolas dan cierto aire íntimo al ambiente. Solo me rodea alguna pareja de parroquianos en busca de un refresco antes de cenar, y algún turista que se ha desviado del centro. El río aporta frescura, y el paisaje se vuelve propicio a las conversaciones íntimas en voz baja. Intento sostener la mirada al frente mientras me atrevo a arrancar con mi discurso. Debo intentarlo, aunque enfrente tenga a alguien que me intimide tanto o más que el primer día que cruzamos las miradas.
Como cada tarde, empiezo hablando con cariño, incluso con cierto tono de súplica, con intención de hacerme perdonar por errores pasados. Todos los días me convenzo a mí mismo
de que hay que intentarlo todo de nuevo para ser feliz, y así lo transmito. Por toda contestación, al otro lado solo encuentro silencio y, según se prolonga, aumenta mi desesperación.
La gente de alrededor se gira hacia esa visión incómoda y molesta. No es agradable escuchar un discurso quejumbroso y doliente. Empiezo a pensar que será inútil, que nunca habrá compasión. Dudo, como cada día, si debí no haber venido, aún con el rescoldo de esperanza de quien asume que no será indultado, pero que reclama clemencia. Imposible no sentir, desde otras mesas o desde la barra del camarero, cierta empatía por ese ser herido que demanda amor y perdón. Ruego una comprensión que recibe nada de vuelta.
La noche va cayendo y las farolas provocan luces y sombras en los rostros y en los tonos. Lo que empezó siendo un monólogo tierno, rememorando antiguos y bonitos recuerdos, se va oscureciendo en el acento para ser más punzante y gradualmente más hiriente. La tristeza da paso al enfado, y el discurso se endurece. Enfrente no hay réplica, y eso me enerva aún más.
La noche ha caído, y la terraza bulle en gente deseosa de cenar. Al final, los labios que ansiaban reconciliación y comenzaron rebosando dulzura, acaban escupiendo demonios, reproches cargados de odio y amor gastado. La ausencia de respuesta me provoca y acabo estallando en insultos y juramentos de amenaza, de ira, cometeré una locura, no aguanto más, no volveré…
Los clientes, no así los camareros, se asombran del giro, alucinan con el trato y dudan si intervenir. No entienden por qué aguantar esa humillación. Aun así, las palabras no parecen hacer mella ni provocar grietas. Al final, como tantas noches, acabo roto de dolor a la altura del corazón y de la garganta.
La charla acaba, como siempre, con una despedida apresurada y cortante, prometiendo no volver a molestar con aire de derrota y resignación. Los camareros parecen conocer el final de la historia, y se apresuran a pedir la cuenta, que pago tirando monedas con desprecio a la mesa. Me marcho indignado, deseando tener fuerzas para no caer en la tentación de volver a intentarlo mañana, de volver a recuperar lo que antes quise. Por respuesta, solo un muro inerte.
La escena se repite cada noche, y siempre duele a camareros, clientes y transeúntes. Nunca nadie había hablado tan mal a nadie, no desde ayer. Cualquiera diría que en algún momento hubo amor de por medio. Solo queda una silla desocupada, y al otro lado, el vacío.
Cada día, en la mesa pegada a la pared, se repite en bucle la imagen surrealista de un hombre suplicándose, reprochándose, gritándose y, finalmente, odiándose y abandonándose a sí mismo.
por dany | Ago 11, 2019 | Cuentos
Aquí les dejo unas letras hundidas… Que les gusten
No te me hundas mucho
Es la recomendación que hacen las personas queridas a quien tiene tendencia a regodearse en sus profundidades. Con frecuencia dicen que las situaciones de la vida no son aquello que pasa, sino la forma en la que se afrontan dichas situaciones.
Cuando va a la costa suele mezclar baños de sol y de agua, en busca de contrastes de temperatura y medio que remuevan por fuera hasta llegar bien dentro. Nada en las playas hasta llegar a zonas algo más profundas, para sumergirse y otear con sus gafas el fondo del mar. Nunca se consideró buzo, aunque le gusta fantasear con la idea de encontrar tesoros hundidos al sumergirse.
Ese descenso a las profundidades es común también en su análisis de las relaciones, en su búsqueda de porqués en relación a sus fracasos. Cuando se suceden situaciones que le llevan a lo más hondo, no busca con ansia el ascender hacia la superficie, sino que permanece en el fondo, otea y rebusca entre lo más recóndito y busca algo que justifique salir otra vez en busca de luz y aire. Ese estilo masoquista de proceder lo aplica tanto a la forma de afrontar situaciones que le afectan, como a su hobby marino.
En uno de eso descensos a sus simas más hondas, al revisar el fondo en busca de especies extrañas, encuentra una pastinaca. Sin saber nada de ella, no entiende que esa especie de manta-raya con cola es, además de un ser precioso con formas suaves, un animal peligroso y potencialmente mortal. Disfrutar de esa visión provoca la perplejidad en cualquiera, máxime en alguien que busca en los lugares más profundos las más bellas sensaciones.
La calma de la profundidad añade belleza al encuentro. A veces, entre el maremágnum de corrientes, de idas y venidas y de la inmensidad del universo o del océano, sea líquido o personal, encuentras un punto de quietud desde donde puedes ver, a lo que crees que es una distancia segura, un ser maravilloso. Sea en la situación que sea, encontrarse con algo tan especial como para paralizar latidos o inmersiones, hace el momento intenso aún en su brevedad.
La inexperiencia, o la inconsciencia, puede llevar de la valentía a la temeridad en un golpe de marea. Un buzo experimentado sabría que no hay que acercarse a un peligro tan letal hasta el punto de quedar al descubierto. Además de la calma tensa que transmite un ser ligero y delicado, hay que contar con el peligro de quedar al alcance del aguijón que finaliza sus finas formas. Un golpe certero en el corazón puede inyectar un veneno mortal en la sangre del curioso que quería llevarse una imagen inolvidable del fondo del mar. Un amante versado sabría, igualmente, que exponer el corazón a algo tan peligroso como un amor tan profundo como un océano sería una invitación a la catástrofe. Acercarse a algo tan hermoso como mortal fue el último regodeo de un corazón obstinado, y de un buzo inexperto.
“No te me hundas mucho”. El deseo de seres queridos cuando ven estados de ánimo deprimidos equivale a la advertencia ante la temeridad de ahondar en sus inmersiones hacia zonas más insondables y oscuras. Encontrar tesoros escondidos en el fondo puede ser la antesala de la pérdida de rumbo hacia la superficie, del regodeo en las profundidades, y de la locura innecesaria que paraliza la inmersión y el corazón.

“Buzo inexperto muere al ser picado en el corazón por una pastinaca”. Los periódicos, ávidos de noticias en el desierto noticioso veraniego, titularon poéticamente el suceso. Al buscar declaraciones de sus allegados, encontraron la famosa advertencia: “Cuando estaba triste le gustaba fondear en busca de situaciones inolvidables… Mira que le dije “no te me hundas mucho”…”.
Fotografía de Glen Bowman from Newcastle, England – Tynemouth Blue Reef Aquarium 11-04-2007 15-46-43, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9534192
por dany | Jul 29, 2019 | Cuentos
Aquí les dejo unas letras caminantes… Que les gusten
De Camino
Parece un absurdo miedo, ese que te da a que se acabe una canción. Cuando está terminando, miras el listado y buscas el siguiente sonido que quieres escuchar, porque te da miedo que después llegue otro que no te guste tanto. Así que eliges otra melodía que se superpone a la anterior, para concatenar canciones que te apetece disfrutar.
Eso te pasa con múltiples cosas en la vida. Siempre que estás disfrutando de algo, te sientes ansioso por aprovecharlo, y temeroso de que acabe. Eso te hace andar como si tuvieras prisa, vivir las cosas previendo las que vendrán después y asustarte cuando están terminando o cuando crees que se acerca el temido final.
Tus seres queridos insisten en que no te centres tanto en el final y disfrutes del desarrollo de las cosas. Los amigos te animan a disfrutar de los momentos de seducción con las chicas en vez de asumirlo como un camino a un «no» seguro; del proceso de preparación de los planes y las vacaciones en vez de ansiar que se cumplan; y del boom del momento de fiesta, evento o situación que estés viviendo en ese instante sin preocuparte tanto por lo que viene después.
Dicen que en el Camino de Santiago cada uno encuentra lo que busca. Así que te propones arrancar las etapas con fuerza en busca de no sabes qué y, aunque en ocasiones intentas amoldar el ritmo al de tus compañeros, te sorprendes a ti mismo andando con rapidez, quedándote a solas con tus pensamientos. Sobre todo en las cuestas, subes a buen ritmo hasta notar los músculos tensos, el sudor goteando y tu respiración sonora y entrecortada. Te gusta apretar el paso en las subidas hasta quedarte sin resuello. Mientras tanto, sueles darle vueltas a los mismos temas, buscando entenderlos y entenderte y aprovechando la soledad para organizar tus ideas. Incluso entre amigos y en un entorno precioso, puedes reconcentrarte en ti mismo y en tus pensamientos recurrentes. Escuchas tu hilo mental como escuchas música, pasando temas como pasas las canciones que van acabando, por miedo a quedarte encajado en el final.
Es curioso cómo el camino te va ofreciendo metáforas de tus pensamientos. En alguna subida se te ve disfrutar entre regalos que las vacas dejan en el sendero, creando fundadas sospechas de que te manejas mejor cuesta arriba y entre mierdas. Además, tu lado iconoclasta te hace realizar paradas escasas, simples tomas de aliento o miradas furtivas para alucinar con paisajes de verdor exuberante, alguna construcción de piedra a quien algunos atribuyen misticismo y, en general, a darte algún alivio en tu carrera hacia el final.
En esos momentos, te ves embargado al levantar la vista de tus propias pisadas y verte, de repente, atravesando un túnel de vegetación, envuelto por la bruma o paseando sobre un mar de nubes. Incluso, por ponerle un punto de esperanza a tu tendencia al ermitañismo, cambias la necesidad brusca de buscar soledad con el ceño fruncido por fomentar el saludo y la compañía. Hasta en momentos de extremo sufrimiento y ofuscación, te ves siempre buscando otro sendero, otra flecha, otro paso y otro indicador que te muestre la ruta a seguir. Es fácil encontrar en el camino líneas paralelas con la vida en general.
Por fin, cuando llega el ansiado y a la vez temido final, te encuentras con la sensación del deber cumplido, la emoción y la nostalgia de lo dejado atrás, por mucho sufrimiento que hayas tenido, y la alegría de haber vivido y compartido esos momentos de descanso en el ajetreado camino. Sientes un nudo en el estómago y esbozas una sonrisa de medio lado que equivale a las lágrimas de emoción de tus compañeros de viaje. Aunque tú no has sido nunca muy de llorar, te acuerdas de los que están contigo, ya sea a tu lado o en la distancia, y de los que llevas dentro, y ese nudo te abrillanta los ojos y te alarga la sonrisa a los dos lados.
Al final, solo te queda intentar que los malos momentos queden pronto atrás, intentar no buscar con tanta ansia el final, celebrar los logros conseguidos, no saltar tan rápido de tema… y disfrutar, como deseas a quienes te cruzas, de un «Buen Camino».
por dany | Jun 25, 2019 | Cuentos
Letras en rojo, para retomar el hilo… que les guste
El hilo rojo.
Hace tiempo escuchó la teoría del hilo rojo, una leyenda oriental que cuenta que «Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper». «Así, dos personas unidas por el hilo rojo están destinadas a ser amantes, independientemente del momento, el lugar o la circunstancia».
Ya antes de conocer la leyenda pensaba que el amor era una suerte de mitología que enfocaba las ideas y la emociones hacia un destino superior, con el ánimo de hacer camino en la vida en pos de un fin utópico e inalcanzable.
Escuchó de boca de varios sabios que «la utopía no sirve para alcanzarla. Si camino diez pasos, ella se aleja cien. Si llego hasta la línea del horizonte, veré nuevos horizontes por recorrer. La utopía no se alcanza por más que camines». «¿Para qué sirve, entonces?», se preguntó. Y los sabios contestaron… «para eso… para caminar».
Así que cuando sufrió desengaños por amor pensó, en otra suerte de tópico autoayudesco, que «siempre que sucede, conviene». Y aunque siempre, tras una ruptura, se preguntó para qué demonios podía servir sufrir, expuso de forma cíclica su corazón al amor, a sabiendas de que el exponer algo, es el primer paso para que se rompa…
Cuando conoció la leyenda del hilo rojo, supuso que esa sensación de pesadez sobre sus hombros, ese lastre que le acompañaba y le hacía arrastrar una imaginaria y pesada carga de soledad, era consecuencia de la oxidación del cable, de la falta de lubricante hecho de ilusión, y de tirones que le traían neurosis innecesarias. Incluso se encontró, en alguna ocasión, echando de menos la cercanía y el cable tenso que hacía imaginar la proximidad, en el otro extremo, de ese amor verdadero que se presupone al otro lado. ¿Cómo se puede echar de menos algo que nunca se ha tenido?
Con embargo, o embargado sin embargo, llegó hasta puntos de tensión del cable que le hacían pensar que se acercaba a su utopía, al horizonte desde donde contemplar el bello paisaje que auguraba el fin del camino. Pero al llegar a esos puntos tensos encontró, en esas tiranteces, nudos y recodos donde el cable cambiaba de dirección, y le incitaba de nuevo a seguir su ruta sin culminación visible.
Incluso llegó a zonas donde descansó al albor de cuerpos y almas que, supuso, eran el final del cable. Pero los besos más amargos son los que nunca se dan, o peor, los que no tienen continuación en otros besos hasta el final. «Tristes los hombres, si no mueren de amores, tristes, tristes», decía Miguel Hernández.
Con cada nuevo desengaño, dudó si seguir la ruta del hilo, cortarlo y lanzarlo lejos o, simplemente, enlazarlo a la rama de cualquier árbol y que ese mismo cable le sirviera de horca, aparcando por fin el sufrimiento de cada nueva distensión, nudo o recoveco del destino. En esos momentos de tristeza tan infinita como un ovillo enmarañado, sintió que quizá la desesperación era la punta del otro lado, el necesario fin del camino que le hiciera descansar. Le costó horrores desenredar ese ovillo, para encontrar al fin un nuevo cordón suelto que le llevara de nuevo al camino.
Pero, para su suerte o su desgracia, siempre encontró un cabo suelto que desechara la idea de un final. Y es que las musas, siguiendo el hilo de sus pensamientos, ya le dijeron que «un final bueno no tiene por qué ser apoteósico. La clave está en la interpretación». Y si ese cabo suelto interpreta que no es el final, habrá que seguir tirando del hilo…
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