Las Eras de la Energía

Aquí les dejo un cuento para que recarguen energías… Que les guste

 

Las Eras de la Energía

En tiempos inmemoriales, los antiguos humanos que asolaban la Tierra tenían la absurda idea de que podían esquilmar los recursos naturales en busca de energías que cubrieran sus necesidades de abrigo, alimentación, producción y progreso.

Con el tiempo y alguna bofetada de realidad en forma de cambio climático, catástrofes y demás avisos del planeta, los humanos se fueron convenciendo de que tenían que utilizar energías limpias, no contaminantes y más cercanas al equilibrio natural. El Sol, el viento y las mareas proporcionaron consuelo y esperanza a los humanos más desarrollados que establecieron lazos con la naturaleza.

Avanzada la evolución, en épocas más animadas, ciertas especies descubrieron combustibles más potentes: Las emociones. Se fijaron por defecto en el miedo, emoción común y dañina si se da en exceso, que provocaba picos de energía nunca vistos hasta entonces. Con una tecnificación propia de monstruos, exprimieron el miedo hasta extraer grandes reservas a costa del miedo de los exprimidos.

El siguiente paso en la evolución lo dio esa misma especie, centrándose por ironías del destino en otra emoción: la alegría. Si el miedo generaba cantidades ingentes de energía, la risa y sus añadidos provocaban un excedente que los seres vivos no podían soñar con tener. Gracias a la risa se provocó el primer banco planetario de energía, al que los planetas externos acudieron en busca de negociación y apoyo para paliar sus propias carencias energéticas.

Por medio de negocios interplanetarios se gestó una alianza entre mundos nunca vista. Por fin los planetas parecían encajar en un entorno mayor, siendo piezas del engranaje de una entidad universal superior.

Y en ese marco, en una reunión de esas entidades, iniciaron conversaciones dos gestores de energía de sus respectivos planetas. Por parte del planeta Oniria acudió una gestora soñadora y vivaz, que confirmaba el modelo de su mundo, lugar comunal de vivencia onírica que necesitaba de gran cantidad de energía para mantener vivos sus sueños colectivos. Por parte de Insomnia se personó un gestor estándar del planeta, solitario y con ojeras, necesitado de mucha energía para paliar el exceso de consumo ante las pocas horas de sueño acumuladas. Cada uno a su manera, buscaban cubrir sus necesidades energéticas. Pero el uso de la alegría ya había impregnado el mundo de los negocios de un talante más agradable y predispuesto a la solidaridad.

En cuanto se dio la presentación, las descargas de energía entre los dos gestores superó con creces la habitual en ese tipo de reuniones. Los acumuladores de energía, repartidos por toda la galaxia para registrar y recopilar la energía surgida de las relaciones interpersonales, marcaron una puntuación extrema en el gráfico. No había una razón muy destacable, el diálogo era entrecortado y estaba plagado de silencios y susurros. Ni siquiera había carcajadas que predispusieran a una sobredosis de energía, aunque sí sonrisas tímidas entre los gestores. Y suspiros. Había ciertos suspiros que provocaban saturación de luz y ruido de hipertensión.

Con el paso de los minutos, la abundancia de energía hizo imposible que la reunión continuara. A pesar de ello, dadas las buenas sensaciones que habían surgido del encuentro y el overbooking de energía generado, se decidió retomar conversaciones en un futuro cercano, ya fuera en planeta neutral, o a través de las telecomunicaciones.

No obstante, fue imposible reiniciar las negociaciones. En cada conversación, fuera en el formato que fuese, escrito, audiovisual, a través de versos o de sueños, siempre se daban episodios de hipertensión que provocaban la necesidad de terminar las reuniones de forma abrupta.

A modo de muestra, se adjuntan las cartas que ambos gestores se enviaron en algún momento de las negociaciones.

 

Querido gestor del planeta Insomnia,

Lamento comunicarle que, tras leer el documento que me adjunta en su anterior envío, no puedo hacerle una devolución crítica del mismo… 

Ha sido tal el ensimismamiento al leerlo que siento no poder ser objetiva en mi devolución. No obstante, le recomiendo buscar un analista más ecuánime para esta tarea. 

Por mi parte sólo puedo darle las gracias por crear tanta emoción con las palabras y por extraer, durante algunos segundos, toda la energía de esta realidad. Una vez más me ha hecho sonreír, soñar y amar con la lectura.

Para evitar un estallido energético que amenace a toda la galaxia me despido, no sin antes decirle que sería una lástima no compartir esta preciosidad con el resto de seres galácticos, y poder hacer partícipe al mundo de su teoría.

Con cariño, y predestinadamente conectados,

Oniria.

 

Estimada gestora del planeta Oniria:

Siento que no haya podido realizar la petición encomendada, entendiendo y asumiendo perfectamente sus razones. Durante la redacción del documento fueron muchas las emociones incontenibles que surgieron, y poco el control sobre la descripción de la situación que nos atañe, que yo mismo pude mantener.

Desde la gestoría de Insomnia trataremos de cotejar por otras fuentes el contenido del documento. Solo puedo reiterarle la veracidad de todo lo escrito, y verificar de nuevo que la crisis de energía llegará a su fin, puesto que lo generado entre nosotros ha supuesto una fuente perpetua e inagotable.

Con el solo hecho de imaginarla sonriendo, soñando y amando, cualquier documento, reunión, trabajo, tarea y hasta penitencia supondría una satisfacción.

En aras de la tranquilidad de la galaxia, intentaremos hacer partícipe al universo de los documentos aquí reflejados a su debido tiempo. Preferimos ceñirnos, de momento, al ámbito de lo privado, por la intimidad generada y por el celo de mantener la capacidad de control (el escaso control que podamos tener) sobre este overbooking de energía. Quede tranquila de que el universo disfrutará, en su momento, la desclasificación de estos documentos, por lo demás casi tan valiosos como una sonrisa de felicidad suya. Mientras tengamos esta, no nos preocupa la premura universal.

Irremediablemente suyo,

Insomnia

 

En tiempos de desarrollo tecnológico e investigación avanzada, alguna lumbrera quiso analizar el porqué de una reacción tan prolongada y extrema en los medidores. Visualizando las cintas del encuentro, así como en entrevistas individuales a ambos, se descubrieron como elementos más significativos taquicardias, ensimismamiento y suspiros continuados como las causas que explicaban esos picos registrados.

En última instancia, para corroborar las hipótesis, se provocó un nuevo encuentro entre ambos. La sobredosis de energía acumulada hizo temer a los estudiosos que fuera letal para ellos mismos y para la vida galáctica en general. Sucesivas exposiciones, ya intentando ser controladas a distancias prudenciales, provocaron más temor en los investigadores. Hubo que separarlos a la fuerza, en contra de su ya platónica y loca conexión, para evitar un estallido energético que amenazaba con volar el universo.

Tras varios experimentos, se confirmaron las sospechas: Los dos gestores estaban irremediablemente enamorados y predestinadamente conectados, a pesar del escaso tiempo compartido, la distancia sideral entre ellos y sus vidas aparentemente contrapuestas.

Este descubrimiento dio lugar a la elaboración de una teoría que, plasmada en posteriores investigaciones, confirmó lo que algunos ya sabían hace tiempo: El amor es la fuente de energía universal, completa e inagotable. Aún no se ha encontrado la forma de controlar esa explosividad, pero a través del estudio de las Eras de la Energía, gracias a la conexión de dos locos platónicos, se supo que el Amor era La Energía.

BSO: «Oniria e Insomnia» (Love Of Lesbian)

El Club de las Autoestimas Perdidas

Aquí dejo un regalo contra depresiones postvacacionales… Que les guste

El Club de las Autoestimas Perdidas

Se despertó en una habitación desconocida. Nunca recordaba lo que pasaba cuando la fiesta se desmadraba. Intentó recordar algún detalle a partir del entorno en el que estaba.

La habitación era señorial. Techos altos, edredón mullido, cama con dosel, madera en suelos y paredes… Desde luego, no era su apartamento. Al mirar debajo de sus sábanas y ver su desnudez se asustó. Solo se mantenía su ropa interior.

El resto de su ropa apareció sobre un banco de madera en la habitación, en apariencia recién lavada y colocada con cuidado. Sus vaqueros gastados, su camiseta descolorida y sus zapatillas raídas contrastaban con la elegante bancada de madera oscura donde alguien la había colocado con mimo. Su chaqueta roñosa colgaba de un elegante perchero de madera como una intrusa.

– “Eso no lo hice yo”. Cuando la noche se iba de las manos, tiraba la ropa en cualquier sitio al llegar, y dejaba el orden y la limpieza para su futuro yo, que la recogía y lavaba como parte de la penitencia de la resaca del día después mientras renegaba de su yo pasado.

Se vistió y salió del dormitorio, sintiéndose en la obligación de actuar con discreción. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni si tendría que salir por pies. Esperaba no haber ocupado sin permiso esa habitación tan poco acorde a su estilo, y no tener que dar muchas explicaciones de por qué estaba en ese sitio.

Al salir se topó con un pasillo afín a la estancia que abandonaba: enorme, ostentosamente decorado con madera y adornos dorados e iluminado con ventanales enfocados a un jardín ornamental lleno de verdor y de agua. Estaba en un primer piso desde donde se dominaba el vergel que ocupaba la planta baja, rodeado de un edificio rectangular con aspecto casi palaciego. Se asomó a una de las ventanas, y vio a algún paseante entre árboles bien cuidados y plantas decorativas. Se avergonzó y se apartó, temiendo descubrirse.

Avanzó por el pasaje admirando cuadros de personajes con gesto ilustre, pesados telares y otros adornos con apariencia cara y delicada de los que se iba apartando por temor a romperlos con su sola presencia. Encontró una escalera monumental, con dos bajadas curvas que confluían en un descansillo final enorme, un hall que podría ser del tamaño de su apartamento. La escalinata se delimitaba con pasamanos de mármol y estaba formada por escalones anchos cubiertos de una gruesa alfombra roja. Al final de la escalera se encontraba un ser que parecía inerte, alto y estirado, con un frac que realzaba su delgadez y su semblante inexpresivo.

– “Hola”, se atrevió a decir tímidamente. El ser inerte, que parecía ser un mayordomo, permaneció sin inmutarse.

Bajó la escalinata. En otro momento, hubiera bajado resbalando por el pasamanos, deslizándose hasta el final. Pero ni su ánimo, por lo demás confuso, ni la presencia de ese ser impasible, invitaban al juego.

– “Hola” repitió. El mayordomo, con el cuerpo rígido como un jarrón de los que adornaban el portón de entrada, y con igual apariencia de fragilidad, desvió ligeramente la vista.

– “Buenas tardes”. Debía ser suizo. Nunca había escuchado una voz tan neutra.

– “Disculpe, ¿podría decirme dónde estoy?”. El mayordomo no se inmutó. Podría estar acostumbrado a esa pregunta, o totalmente asombrado por dentro, pero su rostro permaneció impasible.

– “Si me acompaña, se lo explicaré mientras vamos al salón. Están esperando”. Tras recitar la frase como si fuera un robot, inició su marcha con pasos largos y rígidos a los que hubo de acoplarse para no quedarse atrás. Siguió por un enorme pasillo que salía del hall a ese ser que parecía un muñeco de cera apenas viviente.

– “Está usted en la sede del Club de las Autoestimas Perdidas” refirió el mayordomo como si leyera un prospecto médico. “Las nuevas incorporaciones del Club no suelen recordar cómo llegaron. Normalmente, un antiguo socio, al comprobar que es la persona adecuada, acompaña al aspirante hasta nuestras instalaciones”.

Había oído hablar del Club entre borracheras y discusiones de taberna. Pero no recordaba quién ni qué habían hecho que llegara hasta allí. Como si fuera un lector de mentes (o tal vez por la fuerza de la costumbre) el criado continuó respondiendo a preguntas que aún no había hecho:

– “Es lógico que no recuerde cómo llegó. La ubicación suele ser ocultada, y solo se accede en condiciones de embriaguez, tristeza extrema, ausencia de lucidez o inconsciencia. Debemos preservar la localización por la intimidad y la tranquilidad de nuestros socios”.

– “Pero… ¿yo pedí venir aquí?”. Según caminaba y hablaba empezó a recordar, como en sueños, un bar oscuro a altas horas de la madrugada, un viaje por carreteras recónditas y alguien comentándole algo parecido a una cura para sus males… Pero no podría asegurar haber elegido ir…

– “Puede marcharse cuando quiera” afirmó el mayordomo. “Pero normalmente las nuevas afiliaciones están predispuestas a conocer el proceso de admisión en el Club, porque ya tienen un bagaje que les empuja a quedarse”. Al llegar a una división de los pasillos, el mayordomo torció a la izquierda con la precisión de un guardia real.

Quería seguir haciendo muchas preguntas. Lo primero, si era muy cara la permanencia en el club. El aspecto del sitio, desde luego, daba la impresión de que la cuota no estaría a su alcance. Y segundo, qué requisitos tendría que cumplir para acceder, dato también inquietante, por no tener constancia de haber perdido su autoestima…

– “No debe preocuparse por el dinero, la estancia es gratuita”. El mayordomo se anticipó de nuevo a sus preguntas. “Y en cuanto a las necesidades de acceso, si ha accedido al Club es porque cumple con la premisa principal: Ha perdido su autoestima. El proceso de admisión se realizará para otorgarle el permiso de estancia”.

– “¿Permiso de estancia?”. La jerga técnica del Club sonaba algo extraña.

– “Hay miembros del Club con estancias intermitentes. Algunas personas acuden solo en fechas señaladas, como durante o tras las Navidades, en periodos posteriores a épocas de exámenes… El mismo San Valentín es una gran fecha para nosotros, el desamor es una fuente inagotable de socios… Tras rupturas sentimentales o en duelos… El Club estudia el caso de forma individual, y otorga carnets de forma minuciosa”. El mayordomo continuaba con su andar estirado y su charla protocolaria mientras seguía una dirección que parecía haber recorrido miles de veces. El camino parecía eterno, pero las dudas seguían surgiendo…

– “¿Y cómo mantienen todo esto? Parece caro. Un Club así lo esperaría en una sede ruinosa, lúgubre… Acorde al estado de ánimo de quien no tiene autoestima…”. Aún no creía que todo aquello fuera gratis.

– “Al contrario” –dijo el mayordomo. “La magnificencia de nuestras instalaciones sólo confirma que, por mucho que las necesidades materiales estén cubiertas sobradamente, una autoestima perdida impide disfrutar y disfrutarse aún en el mejor de los escenarios”. El mayordomo señaló el jardín, donde algún paseante con semblante taciturno parecía no ser capaz de deleitarse del bello camino entre plantas coloridas y árboles de hojas sedosas.

– “¿Y quién creo todo esto?”. Se seguían acumulando las dudas, y quería apurarlas antes de llegar al salón donde esperaban, sin saber qué o quién aguardaba.

– “Nuestro socio fundador fue el primer hombre en declarar perdida su autoestima”. Por primera vez pareció atisbarse un asomo de emoción en la voz del sirviente.  “Tras pasar años buscándola, invirtió lo que le quedaba de una cuantiosa fortuna en crear este Club”. Su voz seguía seca, pero ahora aparecían ciertos rescoldos de admiración. “Él y los primeros socios aportaron lo suficiente para que el Club pueda albergar a cualquier persona que necesite de sus cuidados”.

Caminar junto al criado transmitía tranquilidad, como una especie de guía reconfortante. Sin embargo, poco a poco notaba recaer de nuevo en el peso de sus problemas, en el recuerdo de su situación, mientras iba asumiendo que necesitaba ingresar en el Club. Sin pareja, en la ruina y sin amigos, más allá de los de taberna y los que le animaban a dar un giro a su vida por no poder soportar el agujero moral en que se escondía una y otra vez…. Empezó a pensar seriamente la idea de solicitar un carnet permanente…

– “De momento, se le otorgará un acceso intermitente”. O el mayordomo era médium, o tenía un serio problema para ocultar lo que pensaba. “Cuando el proceso finalice, se determinará qué tipo de acceso tendrá al Club”.

– “¿Y no hay forma de dejar de ser parte del Club? No es algo a lo que alguien quiera unirse para siempre…”.

– “No se preocupe. El Club sólo acoge a personas que lo necesitan. Si en algún momento alguien encuentra su autoestima, o si genera una nueva, se le invita a irse, aunque el carnet se mantiene, porque cuando se ha estado, se suele volver… A no ser que la autoestima encontrada o generada suponga un estado de amor propio tal, que derive en una autoestima permanente. Eso es un incumplimiento grave de las normas del Club, y provoca su expulsión ad eternum”.

– “Y ¿qué es lo que hay que hacer para que te expulsen para siempre? ¿Alguien lo ha hecho?”.

– “No debería decírselo. Va fatal para el negocio”. El sirviente había ido relajando un poco su tono, hasta parecer casi cómplice. La actitud de súplica pareció enternecer a ese ser adusto que había ido empatizando con su aspirante…

– “Encontrar el amor puro. El amor hacia un hijo, la lucha por una causa justa para la humanidad o el descubrimiento del amor verdadero son elementos que impiden que la autoestima se pierda nunca más”. Deteniéndose ante un portón gigante, el mayordomo invitó a entrar a su acompañante. Pero aún quedaba una pregunta…

– “¿Y qué pasó con el fundador del Club? ¿Aún sigue aquí?

– “Lamentablemente no… Encontró a su alma gemela. Hubo que pedirle que nos abandonara. Si la gente supiera que el fundador averiguó la forma de destruirlo para siempre… Sería el fin del Club”.

Calcetines

En estos días de frío les presto estas letras con calcetines… Abríguense, y que les guste

Calcetines

Solía tener unos calcetines enormes de pelo gordo cerca de su cama. Se los ponía antes de dormir, porque siempre se le quedaban los pies fríos.

Cuando empecé a quedarme a dormir en su casa, me sorprendía que pudiera desnudarse tan rápido para follar, y que sin embargo acabara poniéndose los calcetines después de hacerlo. Me parecía algo antierótico.

A mí los calcetines siempre me estorbaron. Me los pongo al revés, para no notar las costuras. Y en cuanto puedo ando descalzo, aún a riesgo de parecer un piesnegros al final del día.

Con el tiempo y la confianza, le pregunté por qué hacía eso. Por qué podía hundir sus pies desnudos en la arena húmeda de la playa, pasar el día en sandalias y hasta pasear por la casa en chanclas, pero tenía que refugiarse en esos calcetines al meterse en la cama. Me explicó que no conseguía dormir con los pies desnudos. De hecho, solía regañarme  cuando iba descalzo por la playa, por la casa y por cualquier sitio, hasta por la cama. A pesar de ser muy escrupuloso con mi higiene, y lavarme los pies antes de calzarme o de colarme en sus sábanas, ella me reprochaba en broma mi nudismo podal.

Llegado un momento, hicimos un pacto. Yo tenía que llevar los calcetines puestos durante el día, y ella se los quitaría al entrar en la cama. A cambio de que se los quitara, me comprometí a calentar su piel desnuda con la mía. Al fin y al cabo, pretendía hacer lo mismo cada noche con mis labios en los suyos.

Hubo noches de verdadero furor entre nuestras pieles. Desnudé sus pies, y las demás partes cubiertas, y  los acaricié como si fuera una costumbre, aunque en realidad era un vicio. Nuestros pies, y otros miembros, desprendían electricidad como si produjéramos energía. Provoqué calor desde sus capas más externas hasta sus entrañas. Se incendiaba entre mis dedos y mi boca desde el escalofrío del cariño al temblor del éxtasis, pasando por la tensión agónica de la lujuria. Su piel ardió hasta mojar mis labios con los suyos. Incluso logré provocarle una hipertensión y estiramiento de todos los dedos de los pies, en relación a cierto momento de placer. Pero sus pies seguían estando fríos.

Me llegó a doler el roce helado de sus pies en los míos, hasta el punto de pedirla que volviera a ponerse sus calcetines. Con ellos perdía naturalidad la caricia entre nuestros dedos, pero al menos ella entraba en calor y yo podía dormir. Lo consideré un mal menor.

Yo mantuve mi promesa de tener los pies cubiertos por mis calcetines, hasta llegar a ponérmelos para dormir, aunque mantuve mi manía de ponérmelos al revés. A veces, al cruzarnos, rozábamos nuestras prendas. Ya solo se notaba la electricidad estática por el roce de telas independientes.

No sabía que la vuelta de los calcetines envolvía nuevas costuras que, al final, nos deshilacharían de frío nuestras fibras.

Pedazos

Hoy es el día dedicado a la lucha por la eliminación de las violencias machistas. Para mí ese día debería ser cada día… Pero sirva esto como homenaje a todas esas Pedazo de Mujeres que conozco y para las que, aun sin conocerlas, luchan cada día contra esa lacra…

Pedazos

Era una mujer hecha pedazos. Las pérdidas, las parejas y la vida en general fueron arrancando fragmentos de sí misma hasta descomponerla en un puzzle de lágrimas y dolor. Paradójicamente, la gente le exigía rehacer ese rompecabezas para demostrar la entereza que no tenía.
Intentó resolver el puzzle a varias manos. Buscó apoyo y consuelo en quienes se ofrecieron a recomponerla. Sintió varias veces que reformaban su estructura, modelaban sus partes y reformulaban su cuerpo y su alma. Se sintió obligada a encajar en moldes que limaban sus aristas, exacerbaban sus curvas y rebajaban sus fisuras.
Una y otra vez deformó sus ilusiones por acoplarse a lo que el novio de turno, el mundo en general o las expectativas de allegados o alejados le marcaban. Y una y otra vez sintió resquebrajarse su voluntad y su forma, desmenuzándose de nuevo hasta derrumbarse como una escultura estampada contra la realidad. Es difícil encajar en marcos rígidos cuando la vida y la sangre se derraman por los bordes.
Tras tantas rupturas, fragmentada una y otra vez su silueta y su esperanza, decidió recoger sus trozos y ajustarse al único patrón que nunca había seguido: Sus propias ideas para formarse su opinión, y sus propias manos para acariciar las grietas que dejaban sus piezas. Empezó a elegir por sí misma quiénes ayudaban a formar su puzle, sugiriendo opciones en vez de imponiendo encajes. Tomó por costumbre mantener su forma aún a costa de no encajar en los estándares de belleza, asumiendo que su libertad desbordaba los cuadros y los pedestales para su exhibición, y se expuso desafiante al mundo como una pieza inacabada con resquicios, cortes y fisuras…
Y de esa amalgama de pedazos surgió, por fin y para siempre, un precioso y único Pedazo de Mujer.

En Toledo, a 25 de noviembre de 2018.

Tostada

Tostada

Lleva bastante tiempo tomando tostadas para desayunar. Se lo aconsejó una dietista para darle solución a su agobio con no sé qué sobrepeso. Ella siempre quiso perder lo que consideraba que eran kilos de más. Yo seguía encantado de disfrutar cada una de sus curvas.

Desde entonces desayuna tostadas. Suele embadurnarlas con algo de queso y mermelada. Lo hace de forma suave, como acariciando el pan. Por la forma en que esparce los ingredientes sobre la rebanada dorada parecería casi que va a exponer su obra una vez terminada, en vez de comérsela. Suelo ponerme nervioso por la calma con la que hace las cosas. Pero verla expandir el blanco del queso y superponer encima la confitura me transmite paz.

Admiro su dulzura hasta para la preparación del desayuno. Utiliza la misma ternura al extender la mermelada que para deslizar sus dedos sobre mi piel en los días fríos. Y la sensación de cariño y de escalofrío a la vez se entremezcla tanto entre las sábanas como entre las volutas de miga del pan.

Yo suelo realizar el mismo proceso, pero desde la premura y la violencia. Acuchillo el pan con la cucharilla, pretendiendo impregnar lo antes posible los poros del panecillo. Relleno los huecos, termino la preparación cuanto antes, devoro con ansia las tostadas y engullo el café con rapidez. Ella me mira, entre somnolienta y curiosa, mientras ensarto con mi arma redondeada al pobre chusco que suele ser machacado y rellenado antes de hacerlo desaparecer con mi hambre ansiosa.

Siempre la meto prisa para que acabe de desayunar, pero ella no cede en sus pretensiones. Desayuna tranquila y vive sosegada. Solo ella decide qué cala hondo en su ser. Mi estrés y mis prisas se quedan en su superficie y le resbalan como resbala la mermelada en su pan. A veces la descubro llorando por una flor muerta o por los colores de un atardecer. Y sin embargo, mi ira y mi ansiedad no le provocan el más mínimo efecto. Igual que al rellenar mis tostadas, me gustaría calar hondo y deprisa en sus pensamientos, en sus entrañas y en sus vergüenzas. Pero no consigo impregnarme en ella tan pronto y tan profundo. Al fin y al cabo, solo estamos en el desayuno.

La delicadeza en sus formas y la suavidad en su actitud me condena a veces a la desesperación. En varias ocasiones la he puesto en duda, comparando su piel dorada y su mente calmada con su desayuno, “no sé quién está más tostada”. Invariablemente, ante esta invitación a la lucha, ella me mira con cuidado, termina de masticar y ejecuta la sentencia con la que se acaba la discusión: “mejor tostada que quemada”.

Ruinas

Ruinas

Aquí les dejo un cuento en formato de ruina, para que lo construyan cuando quieran

Ruinas

A este paseo no se llevó a nadie, porque no sabía cuándo volvería, ni el camino a seguir. Ni siquiera tenía claras las fuerzas que tenía para emprender ese viaje. Simplemente se dejó llevar.

A ratos el camino le resultaba familiar, no en vano había salido desde zona conocida. Los primeros compases fueron cómodos y a buen ritmo. Pronto dejó la parte reconocible del camino y se vio ante la coyuntura de seguir por terreno inexplorado o volver al territorio que ya controlaba, repasar pasos ya pisados y encontrarse con los lugares bonitos que le ofrecían sus pasajes cotidianos.

Aun así, una fuerza interior le empujó por la senda peligrosa. Ante la duda de estar preparado para el viaje, fue dejando alguna marca por si se perdía en el camino.

A medida que se adentró más en el camino desconocido, el ambiente se fue haciendo más escabroso y triste. Costaba creer que esa ruta, cercana a zonas luminosas y rebosantes de vida, tuviera un aspecto tan lúgubre y desangelado. Poco a poco el recorrido fue haciéndose más estrecho, los zigzags escondían más oscuridad tras cada recodo, y lo que antes era curiosidad por algo nuevo empezaba a ser angustia por lo que pudiera encontrarse.

Tras una de las curvas del camino, la angostura dio paso a un claro enorme, donde se apilaban montones de bloques de lo que antes pareció ser una fortaleza. En diversas zonas se agrupaban enormes estructuras semiderruídas, algunas con cierta forma aun de lo que anteriormente pudo ser un fortín indestructible. A la vista del presente, no parecía tal. Se asemejaba más a un vestigio de épocas antiguas por el que sentir compasión, dado el estado de destrucción y abandono, más que respeto por lo imponente de la antigua fortificación.

Ante el destrozo observado, la primera reacción fue abandonar ese triste reducto del pasado. Pero, a la vista que era algo que le tocaba más de cerca de lo que creía (era un lugar muy próximo a sus lugares comunes) se imaginó reconstruyendo el antiguo edificio.

Tras las dudas iniciales, pronto se decidió a convertirlo en un recuerdo de triunfos pasados, y como gesto de que las ruinas bien podían servir como cimientos de un nuevo esplendor.

Dudó si pedir a alguien que le ayudara en su empeño. En principio desechó la idea. Quizá las antiguas ruinas no eran dignas de atravesar ese camino tortuoso, pero la nueva edificación que planeaba crear sería algo digno de mostrar.

A partir de entonces, regularmente se desviaba de sus rutas comunes para atravesar el camino tenebroso que conducía a sus ruinas. Poco a poco fue aclarando zonas y levantando antiguos muros. A veces pensaba en dejarlos opacos, sin huecos, para que no hubiera posibilidad de ataque o daño interno. Pero cuando levantaba demasiado los tabiques le agobiaba la cerrazón, la desconexión con el exterior, y siempre dejaba algún resquicio por el que se colara el aire.

Con el tiempo fue tomando forma una nueva fortaleza. No parecía tan imponente como lo pudiera ser la pasada, pero tenía cierto aspecto de firmeza y seguridad. Cuando se vio preparado, incluso permitió que alguna compañía le ayudara a continuar la construcción. Siempre fue reacio a confiar su secreto, así que permitía a los foráneos, por más confianza que tuvieran, acceder con cuentagotas y sin saber muy bien cómo llegar hasta allí.

Según llegaba el fin de su construcción, recorría los senderos zigzagueantes y tenebrosos como guiado por una luz interior. Ya no le asustaba cruzar esos caminos angostos. Había una meta que cumplir, una obra por culminar.

Cuando la fortaleza estuvo lista, se sintió orgulloso en secreto. Tenía un aspecto robusto, era agradable a la vista, quizá algo parca en detalles, pero resistente y con aspecto de funcionar bien como cobijo para quien se acercara.

Se vio en la tesitura de cualquier creador ante su obra: ¿Guardarla para sí mismo, a salvo de miradas furtivas, críticas feroces y posibles ataques, y así disfrutarla en soledad? ¿O enseñarla al mundo, exponer su creación para el disfrute de todos, y enorgullecerse por haber hecho algo grande de una ruina? Ambas decisiones le daban miedo. Quienes le habían ayudado tenían derecho a ver la creación terminada, y quizá a personas desconocidas podría gustarles lo creado. Pero el sentimiento de posesión y orgullo interno eran difíciles de compartir. Casi le daba más vergüenza ahora compartir su fuerte, que mostrar las antiguas ruinas.

Es lo que tiene adentrarse en tu interior más oscuro. El camino hasta allí es difícil y tortuoso. Tus ruinas no te parecen dignas de ser mostradas. El trabajo para reconstruirlas es duro, y hasta la forja de tu fuerte te da vergüenza. Solo puedes esperar que haya quien te ayude a reconstruir, que te veas con fuerza para rehacer lo que se destruyó, aunque pareciera indestructible, y que decidas si quieres enseñar al mundo tu fortaleza.

Escrito en San José, Almería, el 30 de julio de 2018.